Se sentía extraño tener a un invitado que no fuese uno de sus clientes. No era muy experta cocinando. De vez en cuando miraba a Damián por el rabillo del ojo, intentando descifrar sus intenciones. Todavía seguía sin creer que él la hubiese salvado así por así, no estaba acostumbrada a ese tipo de amabilidad por parte de nadie, esperaba a que él le dijera que tenía que darle algo a cambio de que la salvara, lo que sea, pero algo, no quería deberla nada a nadie. Él se hallaba sentado en el viejo sofá de la casa de la muchacha, sus ojos pasaban de una esquina a otra. Habían más colillas de cigarrillo arrojadas en el suelo de las que él era capaz de contar, habían muchas botellas de licor acumuladas, otras dispersas por todo el suelo, algunas con contenido. —¿Qué le gusta comer? Para acom

