RELATO DE AUTOR. Dejó todo ahí y procedió a salir, subió a su habitación por su cartera y salió de casa. Caminaba abrazada a sí misma, a paso lentos con los pensamientos en blanco. Estuvo así por mucho tiempo, y cuando llegó al trabajo recibió una regañada. —Tú ¿Quién te has creído para gritarme? —No te estoy gritando. Solo te estoy haciendo ver que no puedes ir y venir cuando se te dé la gana. Ayer te di media hora para que fueras a almorzar y no volviste, me quedé con todo el trabajo. Y hoy llegas tres horas tarde. —Oh, pobre. ¿Y cuando yo no venía a trabajar, que hacías con todo el trabajo? ¿O es que de repente te volviste un inútil que no se da abasto para el trabajo diario? Aike, recostado en el asiento de cuero, el codo derecho asentado en el borde, su pulgar sosteniendo el men

