―Querido ―saludó al acercarse a su sobrino y depositar un beso en su mejilla―. Meses sin saber de ti. ¿Te olvidaste de tu tía? —Giró en mi dirección—. Alteza. Ella se acercó a mí, mas no tuvo la osadía de tocarme. En su lugar hizo la habitual reverencia que todos acostumbraban ante mi presencia. Dejó el aroma de su perfume en mi piel, cuando acarició leventemente uno de mis dedos. Sus grandes y redondeados ojos café me sumergieron en un mundo que no conocía, junto a la azucarada voz que enviaba oleadas de tranquilidad por todo mi cuerpo. Ella transmitía paz. —Es un placer tenerla en mi casa, Alteza —proclamó con una sonrisa. Cerró los ojos unos segundos. Los abrió de forma abrupta, pestañeó un par de veces y respiró profundo. Ella sentía algo dentro de mí, aunque nunca cambió su rostr

