5. Teatro

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Caminamos un rato por el centro comercial hasta llegar a un pequeño restaurante de comida italiana. El lugar es acogedor: mesas redondas con manteles de cuadros blancos y rojos, un florero de cristal con una flor amarilla en el centro y paredes rojas decoradas con pósters de pizzas que le dan un aire casero. Nos sentamos sin siquiera revisar el menú; ambas pedimos ravioles y refrescos, como si fuera un ritual aprendido de memoria. Cuando nuestros padres vivían, solíamos ir una vez al mes a un restaurante italiano. Danae y yo siempre pedíamos raviolis. Mi padre nos llamaba las “niñas raviolas” y se reía de su propio chiste. Después de que ellos fallecieron, dejamos de hacerlo tan seguido, aunque a veces los cocinamos en casa para sentirnos un poco más cerca de ellos. —¿Estás emocionada por tu salida con Cristian? —pregunta en cuanto empezamos a comer. —No voy a negar que sigue siendo muy guapo —admito—, pero me sorprende que no esté casado. Siempre tuvo mucha suerte con las mujeres. —Tal vez no ha encontrado al amor de su vida —se ríe—. Hasta ahora, claro. Su entusiasmo me provoca una sonrisa. Le hace ilusión que salga con alguien, como si fuera una victoria personal. —Tampoco es que nunca haya tenido citas —digo, llevándome un ravioli a la boca. Danae me mira levantando las cejas, con ese gesto que usa cuando está a punto de burlarse de mí. —Tomar un café en nuestra cafetería con algún chico no cuenta como cita —detiene el tenedor antes de llegar a su boca—. Además, los dejabas solos mientras ibas a atender clientes. Por eso ninguno te invitó a salir después —asegura antes de saborear su bocado. —Puede ser —concedo. —Leah, a veces pienso que eres una anciana atrapada en el cuerpo de una mujer joven. Me encojo de hombros. No puedo contradecirla; a veces yo también me siento así. —Por cierto —digo, limpiándome los labios con una servilleta—, tengo que agradecerte por invitar a Yeimi a la boda. Tenía muchas ganas de verla. —Siempre haces todo por ayudarme y complacerme. Esta vez quería darte una sorpresa —responde sin dejar de comer. —Fue una sorpresa muy grata. —¿Yeimi no tiene hijos? —pregunta mientras bebe un sorbo de refresco. —No lo sé, no le pregunté. Estaba tan emocionada por verla que se me pasó. Me siento un poco avergonzada. Ella se tomó el tiempo de preguntar por mí y yo olvidé algo tan importante. —Su esposo es muy guapo —comenta Danae, sacándome de mis pensamientos. —Es que ella también es hermosa —declaro—. Siempre lo ha sido. Terminamos de comer y salimos del restaurante. Ya es algo tarde, así que aceleramos el paso para regresar pronto a la librería. Ahí quedé de verme con Cristian y, aunque esté cerrada, sé que Danae se sentirá más cómoda ahí que en la casa, parece que para ella también es un refugio. —Mientras tú te das una ducha, yo preparo todo para maquillarte —anuncia Danae, subiendo las escaleras hacia el apartamento. —Primero voy a llamar a Natty. No quiero que te quedes sola. —Leah, ya no soy una niña. Puedo cuidarme —refuta, exasperada. Vuelvo a marcarle a Natty, pero no contesta. Debí llamarle más temprano para pedirle que se quedara con Danae. Ahora me siento culpable por haber pasado por alto algo tan importante. Subo y voy directo al baño. Me meto a la ducha y me aplico una crema exfoliante para dejar la piel más suave. Tener tanto tiempo sin una cita formal me pone nerviosa, aunque también me emociona. Cristian siempre ha sido de esos hombres que atraen miradas… y yo no soy la excepción. Cuando salgo, encuentro la ropa perfectamente acomodada sobre la cama. Incluso escogió un conjunto de ropa interior bonito. Me siento en el borde de la cama y suspiro. ¿Por qué tengo esta sensación extraña en el estómago? Tal vez no debí aceptar la invitación de Cristian. Tengo demasiadas cosas pendientes: dejar lista la cafetería para el lunes, preparar espacio para los libros nuevos que llegan, reorganizar las estanterías… Mi mente empieza a girar como un carrusel descontrolado. —¿Aún no te cambias? —cuestiona Danae entrando con su bolsa de maquillaje. Respiro hondo y empiezo a vestirme. Ella seca mi cabello con cuidado y luego hace unas ondas suaves. Después me maquilla de forma sencilla, resaltando mis ojos, que parecen más oscuros por el color del enterizo. —¡Ya estás lista! —exclama orgullosa. Me miro en el espejo y me sorprende el resultado. No soy la Leah de todos los días. Incluso mis mejillas están sonrojadas… por los nervios, claro. —Gracias, pequeña —le digo, dándole un beso en la frente. Bajamos a la cafetería para esperar a Cristian. Es algo tarde y con los locales cercanos a punto de cerrar, las calles están casi vacías. —Natty no me contestó —le digo, preocupada—. Si algo se ofrece, me llamas, por favor. —No se va a ofrecer nada —rueda los ojos—. Mejor disfruta la velada, te estaré esperando ansiosa para que me cuentes todo. En ese momento, un coche deportivo se detiene frente a la cafetería. Es moderno, brillante, opulente. La puerta se abre y Cristian baja. Lleva un traje azul marino y lentes oscuros. Parece salido de una telenovela y por supuesto, es el protagonista. —¡Se ve tan guapo! —suspira Danae, con las mejillas encendidas—. Pero ya no hay sol para que traiga lentes. —Danae —la regaño, pero sonrío ya que tiene razón. Estoy por salir cuando mi teléfono vibra. Es Natty devolviendo la llamada. —Hola, Leah, ¿me marcaste? —Natty, sí, qué bueno que me devuelves la llamada —respiro aliviada—. Voy a salir con el hermano de mi amiga Yeimi y… —Pero qué excelente noticia —me interrumpe—. Por fin, hija. —Natty, no quiero que Danae se quede sola. —No te preocupes, ya voy para allá, estaba pensando en pasar para ayudarlas a dejar todo listo para el lunes. —Gracias, Natty. —Nada que agradecer —se ríe—. Disfruta tu cita. Colgamos y guardo el teléfono en mi bolso. —Natty viene en camino —le informo a Danae. —Perfecto, me pondré a practicar con ella mis maquillajes —sonríe—. Ahora ve, que te están esperando —señala la puerta con una sonrisa cómplice. Le doy un beso y respiro hondo antes de acercarme a la puerta. Mis nervios me regresan varios años atrás, cuando Cristian era el sueño de todas mis compañeras y suspirábamos solo con verlo pasar, imaginando que algún día nos haría caso. Abro la puerta y él me sonríe. —Te ves muy guapa —me halaga, dándome un beso en la mejilla. —Gracias —respondo, sintiendo cómo la voz se me quiebra un poco. Cristian siempre me ha impuesto; saber que es abogado me hace imaginarlo como alguien serio, inalcanzable y seguro de sí mismo. Me abre la puerta del coche y, al subir, me sorprende el interior: asientos de piel, impecables, con ese olor a nuevo que todavía flota en el aire. Él se sienta, enciende el motor y sonríe con orgullo. —Es mi última adquisición —comenta, con entusiasmo. —Es muy bonito —asiento. —Tengo muy buenos gustos —bromea, riéndose. —Ya veo —continúo con su broma. La familia de Cristian siempre ha tenido una buena posición económica. Al verlo tan elegante, en ese coche tan moderno, me siento un poco cohibida, como si yo perteneciera a un mundo más sencillo. —¿Te parece si vamos a un concierto de ópera? —pregunta mientras conduce. —Claro —respondo, aunque mi voz suena nerviosa. Nunca he ido a la ópera, solo espero que sea una buena experiencia. —¿Tienes novio? —interroga de pronto. —No —contesto, sorprendida ante su pregunta—. Si tuviera novio, no habría aceptado tu invitación. —Tienes razón —asevera—. Solo me sorprende que sigas soltera. —Yo podría decir lo mismo de ti —replico. —Para ser sincero, dedico demasiado tiempo al trabajo —confiesa—. A la mayoría de mis parejas no les agrada eso, creo que sienten que las dejo en un segundo plano. Su comentario me resulta familiar, casi como si hablara de mí. —Te entiendo —afirmo—. Yo me he dedicado a mis hermanas y a la librería desde que fallecieron mis padres. No me he dado tiempo para mí. Llegamos a un teatro muy reconocido en Nashville, aquí se presentan artistas de todo el mundo. Siempre quise venir a ver a Beyoncé cuando era más joven, pero conseguir boletos era imposible, sin decir que eran demasiado caros. Cristian deja el coche con el valet parking y me toma de la mano para entrar. Recuerdo una ocasión en la universidad, cuando me ayudó a bajar un escalón muy alto y sentí una electricidad recorrerme el cuerpo. Ahora, extrañamente, no siento nada o serán mis nervios los que me tienen bloqueada. Entramos al teatro y me impresiona ver a tantas personas tan elegantes; parece que la crema y nata de Nashville decidió reunirse esta noche en el mismo lugar. De pronto entiendo por qué Danae insistía tanto en un vestido más formal. Cristian pudo haberme dicho sus planes… ahora me siento un poco fuera de lugar, además de que todas las miradas se posan en mí, mirándome como si fuera un bicho raro, y es probable, Cristian lleva un traje que parece hecho a su medida y yo… suspiro resignada. Toma dos copas y me ofrece una. —Es champagne —explica antes de beber. Doy un sorbo. Las burbujas explotan en mi boca de una forma extraña, aunque agradable. Es la primera vez que lo pruebo; en la boda compramos champagne para brindar y ni siquiera tuve oportunidad de probarla. Anuncian que el concierto está por comenzar. Dejamos las copas y entramos. El teatro es impresionante: elegante, majestuoso, con tres pisos de palcos ocupados por familias que claramente pertenecen a otro nivel social. Nos sentamos en la segunda fila, justo frente al escenario, miro a Cristian y está sonriendo, parece estar en el mundo al que pertenece y en el cual se desempeña con soltura. A los pocos minutos, la música empieza. Es espectacular, pero por alguna razón me dan ganas de llorar. La interpretación remueve cosas que creía guardadas: mi piel se eriza, mi corazón late más rápido, siento una mezcla de nostalgia y vulnerabilidad difícil de explicar. La obra termina dos horas después. Cristian me ofrece la mano para ayudar a levantarme. Al caminar, coloca su mano en mi cintura y nos dirigimos hacia la salida del teatro.
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