9 Wulf El beso se volvió carnal mientras tomaba lo que ella me ofrecía. Su boca. Su lengua. Simplemente ella. Su sabor, su sensación, su aliento. Sentada en mi regazo, la acurruqué y la levanté para poder acariciar desde la parte posterior de su rodilla hasta su muslo, sobre su suave y redondo trasero, la curva de su cadera, su cintura y el lado de su pecho. La devoré mientas la acariciaba, memoricé la sensación de su suavidad más detenidamente y disfruté la manera en que su cuerpo se ajustaba al mío, acomodándose en mí como si completara cada pieza faltante con su calidez. —Wulf, los niños —dijo en un susurro apenas audible, pero reconocí el deseo en su voz, la tentación de lo prohibido—. ¿Y si se despiertan? —Entonces tendrás que ser silenciosa cuando te haga llegar. Su respuesta f

