Había despertado hace unas cuatro horas aproximadamente, no había podido dormir, gracias a los vecinos de la habitación de al lado. Por la forma en como sus gritos se escuchaban, parecía que lo disfrutaban mucho. Sin embargo, fue desagradable escucharlos.
Dominik se encargó por años de que lo odiará, no solo a él, sino también al sexo. Jamás disfruté la manera en como me obligaba a entregarme a él, y jamás aceptaré su manera de amarme. Porque sí… Según él, me amaba. Algo que nunca creeré.
Escondo todo el dinero que tenía en mis manos en uno de los mejores escondites que tenía esta asquerosa habitación, detrás del televisor. Verán… El televisor que tenía frente a mí, no es de los actuales, sino uno muy antiguo. Por tanto, pude destaparlo y esconder el dinero junto con la memoria USB.
Si llegaba a encontrarme, no podrá encontrar ni el dinero — algo que es insignificante para él — como la memoria, la cual contenía todo lo necesario para destruirlo.
Vuelvo a dejar el televisor como estaba para no despertar sospechas. Tomo la cantidad de dinero que dejé por fuera y salgo de habitación. Aseguro la puerta con llave, rogaba a los cielos, para que nadie entrará y encontrará mis cosas.
Salgo rápido de aquel sitio, sin embargo, traté de no verme sospechosa. Cuando estaba por llegar al estacionamiento que había en toda la entrada principal, consigo detallar a algunos de los hombres de Dominik. Trato de cubrirme el rostro con mi gorra y los lentes, camino despacio por el lado de todos esos hombres, sin dar sospechas.
— ¿Han visto a esta mujer? — escucho a uno de los hombres, mientras enseñaba una foto mía.
— No, lo siento. No la hemos visto — responde una mujer.
— Muy bien, puede irse — responde el hombre.
Mi corazón latía con mucha fuerza, sentía que en cualquier momento me descubriría.
Estaba cerca de escapar de ellos, cuando de repente me agarran del brazo.
— Señorita, ¿ha observado a esta mujer por este lugar? — me pregunta y yo niego con la cabeza —. ¿Está segura? — asiento —, gracias — se aleja.
Cuando se alejó, pude soltar el aire que estaba reteniendo.
Me alejo de todos estos hombres que estaban buscándome y camino rápido para tomar distancia.
Apenas consigo llegar hasta el pueblo más cercano, comienzo a analizar todo a mi alrededor. Entro en el bar, que estaba a unos pasos de distancia para averiguar información, los borrachos suelen soltar más fácil la lengua, que alguien sobrio.
— ¿Qué vas a tomar? — me pregunta un hombre de barba larga.
— Vodka — respondo.
— Enseguida — me responde.
— ¿Puedo preguntarle algo? — menciono mientras él servía mi bebida.
— Pregunta — responde.
— ¿Sabes de alguien que haga documentos falsos? — pregunté en voz baja.
— ¡Baja la voz! — parece que mi nivel de voz, no era lo suficientemente bajo.
— ¿Qué documentos exactamente necesitas? — pregunta mientras deja la bebida frente a mí.
— Identificaciones — respondo.
— Bebe tu trago y ven conmigo — menciona.
Me bebo el trago de un solo golpe, me pongo de pie y lo sigo de una forma prudente. Él entra por una puerta un tanto extraña. Todo era oscuro, bajamos por unas escaleras angostas y al llegar al último escalón, pude observar a muchas personas contando unas cantidades de dinero. Otros consumían drogas, otros apostaban, otros simplemente se follaban a mujeres como les complacía.
— Ven, es por aquí — expresa el sujeto de la barba cuando ve que me quedo atrás por ver a estas personas.
Vuelvo a seguirlo y entramos en otra habitación, en esta solamente había personas que estaban frente a computadoras y máquinas.
— Señor verdugo, tenemos una nueva clienta — comenta el de la barba.
— ¿Qué quieres preciosura? — me pregunta un hombre de estatura baja y con una gran calva sobre su cabeza.
— ¿Falsificas documentos? — pregunto fingiendo mi acento.
— Por supuesto, el que tú quieras preciosura — me responde.
— Bien, entonces necesito identificaciones falsas y pasaportes falsos, todos con nombres diferentes — expreso.
— Bien, los tendrás en cinco días — enciende un cigarrillo.
— Eso no será posible — menciono un poco enojada.
— Lo siento, pero no será… — se calla al contemplar la cantidad de dinero que pongo frente a él —, posible — completa su frase.
Él iba a llevar sus manos hasta el dinero, sin embargo, lo detengo antes de que lo haga.
— Entonces, ¿para cuándo lo tendrás? — pregunté.
— En una hora, si lo deseas — responde y se ríe.
— Comienza — ordeno.
— A tus órdenes — se rasca la cabeza —. Tenemos trabajo, ¡comiencen! — le grita a un grupo de personas que había tras él.
— ¡Sí, señor! — responden.
— ¿Qué nombre quieres preciosura? — pregunta sonriendo.
— Cualquiera, solamente procura que sean cuatro pasaportes y cuatro identificaciones. Todas con fechas de nacimientos, nombres y lugar de nacimiento diferente — ordeno.
— Por supuesto — responde.
— Consigue tres pelucas, todas diferentes y lentes de contactos, al igual que ropa — le tiro más dinero en su escritorio.
— Ve a conseguir lo que la dama ha solicitado — ordena a una mujer alta que había al lado del hombre de la barba larga.
— Sí, señor, enseguida — responde ella.
La mujer toma el dinero que el asqueroso hombre le extendía. Sale casi que corriendo a conseguir lo que se le había ordenado.
— Toma asiento preciosura, tardaremos un poco — señala un asiento frente a él —. ¿Deseas algo de comer o beber? — me ofrece cuando me estaba sentando.
— Una coca cola fría, con suficiente hielo y un emparedado, eso estaría bien — respondo —. ¡Ah! — exclamo —, que la bebida esté sellada, el hielo lo puedes traer por separado — exijo.
— Trae su pedido — ordena al hombre de la barba —. ¿Cómo te llamas? — pregunta cuando el otro sujeto se ha ido.
— Eso no importa — respondo con voz fría.
— Claro — se ríe.
— ¿Cuál es tu nombre? — ahora era yo quien preguntaba.
— Todos me llaman el verdugo — me resisto las ganas de burlarme por su estúpido apodo.
— Muy bien señor verdugo, espero que haga excelente su trabajo. Si lo hace, usted y yo podremos hacer más negocios — declaro.
— Será un placer — me responde.
Ambos nos quedamos callados y él comienza a contar el dinero que había frente a sus narices. Diez minutos después, llega el hombre de la barba con mi pedido.
En una mano traía un emparedado de jamón, en la otra traía mi bebida y el vaso con hielo.
Me coloca las cosas enfrente y me aseguro que la bebida esté completamente sellada.
— No le haremos nada, no tiene de qué preocuparse — comenta el verdugo.
— Eso es problema mío — respondo sirviendo mi bebida para qué se colocará fría.
— Como desees — responde.
Cuando terminé de comer mi desayuno, veo que el señor verdugo aún contaba el dinero. No dejaba de sonreír desde que le entregue el dinero, es claro que es un hombre avaro.
— Señor verdugo, he traído lo que me ha pedido — menciona la mujer de antes un poco agitada.
— ¡¿Por qué tardaste?! — le grita.
— Lo siento mucho señor, no lograba conseguir los lentes — responde agachando la mirada.
— No importa, déjala — expreso cuando observo sus intenciones de golpearla.
— Lamento su ineptitud — menciona.
— No importa — repito —, dame eso — extiendo mis manos y ella me lo entrega.
— Ya podemos comenzar con las fotos, pronto estarán los documentos que ha solicitado — responde con una maldita sonrisa que solo me provocaba ira.
— Bien — respondo.
Me coloco de pie y sigo a la mujer para que tomen las fotos.
Entro en el baño — el cual me hacía dar ganas de vomitar — y me cambio de ropa. Me puse una de las pelucas, los lentes de patito feo y los lentes de contacto, para después salir.
Me siento donde me indican y toman las primeras fotografías. Posteriormente, hago lo mismo de antes, me cambio tanto de ropa, como de peluca y lentes. Me vuelvo a sentar y toman otras fotos. Repetí el patrón dos veces más.
Una vez que terminamos, me quito las cosas y me coloco la ropa con la que había llegado. Tiro todo en un cesto que tenían junto a los envases plásticos que contenían mis huellas. Le prendo fuego y nadie menciona una sola palabra. No quería dejar ni una sola evidencia.
— Solamente es prevención — sonrío.
— Por supuesto — responde el señor verdugo.
— ¿Cuánto tarda para que esté todo listo? — pregunto mientras observo las cosas hacerse cenizas.
— Treinta minutos — responde.
— Dijiste que en una hora estaría listo, te quedan quince minutos — declaro al observar el reloj de mi muñeca.
— Discúlpeme, le pido quince minutos más — mueve sus manos para expresarse.
— Diez — respondo.
— ¡Apresúrense, están haciendo que la dama pierda su tiempo! — lanza un vaso de vidrio contra la pared.
— Dígame, señor verdugo — llamo su atención.
— Si señorita, ¿qué desea? — la forma en cómo me hablaba y trataba, me daba a entender, que él no era más que un farsante y con eso me refiero a que no es el jefe de jefes.
— No importa — comento ignorándolo.