(Campeche 1997)
Rocío Montero acaba de cumplir veintidós años, es una joven tan hermosa como entusiasta, y portadora de un carácter que parece endulzar a cada persona apenas la conocen. Su madre murió cuando ella cumplió quince años, y su padre se desvivía por consentirle todos sus caprichos. Pero había uno que no le había podido conceder, y era conseguir que Fernando Carvajal se casara con ella.
Gregorio y Sara Carvajal eran sus padrinos de bautizo, ella y Fernando se conocieron desde niños, pero él siempre la vio como si fuera su prima pequeña, sólo se veían cuando sus padres la llevaban a la hacienda Carvajal.
Ya hacía más de seis años que no se veían, él se había ido a estudiar medicina a la ciudad de México y ella se había quedado en la universidad local, estudiando veterinaria, aun así sus padrinos, no perdían la esperanza de que su hijo, algún día se casara con ella.
Estaba muy entusiasmada porque su madrina le había llamado… Para avisarle que Fernando regresaba a la hacienda a quedarse definitivamente, con la intención de montar un dispensario médico en Palizada.
Ella contaba los días en el calendario, faltaban sólo dos semanas para volver a verlo. Su padrino le había ofrecido trabajar en la hacienda, haciéndose cargo de atender al ganado y a los caballos, era una gran oportunidad para estar cerca de Fernando; pero le dolía dejar solo a su padre, él nunca se volvió a casar y temía que le afectara si se iba.
Una tarde cuando volvía a casa con Graciela, su amiga con la que había almorzado, se alarmó al ver que su casa estaba rodeada de policías.
— ¿Qué pasa? ¿Por qué hay policías en mi casa? ¿Mi papá está bien?
Corrió hacia adentro escuchando el ruido de la ambulancia mientras sentía su corazón golpearle el pecho, presintiendo que algo muy malo le había pasado a su padre; un policía le impidió el paso, pero ella forcejeó hasta que logró entrar. La escena era espantosa; su padre estaba sentado en su despacho, con una bala en la frente. Y el grito de la joven se escuchó en toda la manzana.
Un policía le entregó dos cartas, tenía que leerlas para descartar un homicidio. Increíblemente todo parecía indicar que se trataba de un suicidio.
Rocío lloraba desconsoladamente con manos temblorosas, abrió la carta que tenía su nombre:
«Hija mía.
Perdóname por no haber tenido el valor de decírtelo a la cara, fracasé en la vida, cómo padre y cómo hombre. Lo he perdido todo, la empresa ya no me pertenece desde hace un tiempo. Quise recuperarla hipotecando la casa, pero también la he perdido, ya nada de lo que hay en ella es nuestro. Por favor ve a la hacienda de tus padrinos, y entrégale la carta a mi compadre Gregorio, estoy seguro, de que ellos no te van a desamparar.
Me voy, no se culpe a nadie de mi muerte, sólo a mi incompetencia cómo hombre. TE AMO HIJA MÍA, siempre estuve muy orgulloso de la gran mujer en la que te convertiste.
No llores mi muerte, no lo merezco, soy un cobarde»
Cayó al suelo de rodillas fulminada por el llanto, su padre era lo único que tenía en la vida; y se había suicidado sin pensar en el gran dolor que le causaría.
Los nuevos dueños de su casa le dieron sólo los días del novenario para desalojarla, y estuvieron pendientes de que sólo sacara su ropa. Sacó de su tocador un pequeño estuche de madera, allí guardaba lo poco que quedaba de las joyas de su madre, sólo unos pendientes y una medallita de la virgen, su padre había acabado con todo: su vicio por el juego y sus malas decisiones lo habían llevado a la muerte.
Por vergüenza veló sola a su padre, no quería enfrentar habladurías de la gente, tampoco le gustaba que la compadecieran o que le tuvieran lástima. Así que tomó su maleta y el poco dinero que le quedaba, su padre le depositaba una cantidad mensual para sus gastos, en eso sí solía ser responsable. Y cómo ella tenía el hábito de ahorrar, le quedaba al menos para moverse y para comer.
Tomó un autobús para llegar a Palizada, sólo llevaba dos maletas (toda su vida le cabía en dos maletas), lo único que la consolaba era que sus padrinos la querían mucho, y que iba a poder estar cerca de Fernando.
El viaje del autobús sumado al del taxi la dejaron exhausta, pudo ver que en la entrada de la hacienda se veían los adornos multicolores. La fiesta para recibir a Fernando era en grande, la música comenzó a tocar cuando su taxi llegó a la entrada de la casa grande, todos pensaron que Fernando iba en él.
Su padrino le abrió la puerta, y su madrina corrió a abrazarla cuando vio que era ella.
— ¡Rocío, hija! Qué bueno que estás aquí, mira nada más, estás preciosa. Estoy segura de que mi hijo se va a llevar una hermosa sorpresa cuando te vea.
— Gracias madrina, yo estoy muy triste, mi papá… mi papá se fue.
— ¿Cómo que se fue? — Don Gregorio se preocupó por su compadre, sabía de sus problemas económicos, y por más que le insistió en que dejara de apostar, nunca le hizo caso. Él muchas veces tuvo que pagar sus deudas, para evitar que lo mataran, o lo golpearan.
— Mi padre murió, se quitó la vida — dijo entre sollozos.
— ¡Dios bendito! — Exclamó Sara, sin dejar de abrazar a su ahijada— ¿Por qué no nos avisaste hija? Hubiéramos viajado a la ciudad, para acompañarte, no debías haber pasado por eso tu sola.
— Tu madrina tiene razón hija, debiste avisarnos, somos tu única familia.
— Gracias padrino, de hecho, traigo esta carta de mi padre, la dejó para ti.
Gregorio leyó la carta de su compadre, en ella le pedía perdón por no haberle pagado todo el dinero que le debía, le agradecía su apoyo de tantas ocasiones, y le suplicaba, para que no abandonara a Rocío, le pedía que no la desamparara, porque se había quedado sola y en la calle.
— ¡Aghh! Mi compadre ¿Dónde tenía la cabeza? ¡Dios lo tenga en su gloria! Tú no te preocupes mija esta es tu casa de hoy en adelante, y eres una hija para nosotros.
— ¡Gracias padrino! Te prometo que no tendrás ninguna queja de mí.
— Entonces basta de tristeza, la muerte ya no tiene remedio, la vida sigue y hay que sonreírle, para que no nos joda tanto. Hoy es un día de fiesta en esta casa, estábamos solos; y para esta noche mi mujer y yo, nos sentaremos a la mesa con dos hijos.
Sara acompañó a Rocío a la que sería su habitación, pidió que llevaran sus maletas.
— Vamos a la fiesta hija, no quiero perderme el momento en que llegue Fernando, después te ayudo a desempacar.
Iban bajando la escalera, cuando una sirvienta subía corriendo.
— ¡No salgan patronas! ¡No salgan! ¡Llegaron los sicarios!
— ¿Los qué? No entendían lo que pasaba, pero una ráfaga de balas se escuchó estruendosamente, haciendo volar los cristales, que caían en pedazos.
Las tres mujeres, regresaron a la habitación, se escondieron en el baño, el terror se apoderó de ellas.
Afuera los gritos habían cesado, pero la voz de un hombre, que al parecer era el jefe, se escuchaba cada vez más cerca.
Rocío le tuvo que tapar la boca a su madrina para que no gritara, no sabían qué pasaba, ni qué era lo que buscaban esos maleantes, las tres pusieron la cabeza entre las piernas y cerraron los ojos cuando la puerta se abrió de un solo golpe.
— ¡Aquí no está! — Gritó el hombre y se dio la vuelta, Rocío sólo pudo ver que llevaba jeans y botas, pero también un arma larga.
Era obvio que esos hombres buscaban a alguien, y por alguna razón creían que podía estar escondido en la hacienda.
Los minutos pasaban lentamente, Rocío, su madrina y la sirvienta, salieron del baño temblando de miedo cuando escucharon los arrancones de los vehículos que se marchaban a toda velocidad.
Cuando bajaron, encontraron a Gregorio sentado en una silla, pálido y con la mirada perdida.
— ¿¡Padrino qué pasó!? ¿A qué vinieron esos hombres?
El panorama era devastador, las mesas y la comida de la fiesta estaban regados por el suelo, todos los cristales de la propiedad estaban rotos y los trabajadores e invitados a la fiesta, tirados en el piso con las manos en la cabeza; poco a poco la gente comenzó a ponerse de pie, las mujeres lloraban y trataban de consolar a los niños, afortunadamente no había heridos.
— Algo muy malo pasó con nuestro hijo mujer, esos hombres lo están buscando para matarlo.
Sara comenzó a llorar, algo le decía que no volvería a ver a su hijo, a lo lejos, vieron cómo los maleantes quemaban los postes de la compañía telefónica y provocaban el corte de la energía eléctrica, dejando la hacienda totalmente incomunicada.
Fue entonces cuando llegó una mujer caminando entre los pastizales, arriesgándose a ser embestida por el ganado, a medida que se acercaba, se veía que llevaba un bulto en sus brazos, y que cada vez le costaba más trabajo caminar.
Se trataba de Amalia, la abuela de Mariana y de Sergio, su nieto se puso furioso porque ella lo golpeó para ayudarle a escapar a Fernando, y sin ninguna consideración, le clavó un puñal en el vientre.
La mujer tomó un trapo y se vendó la herida, con sus últimas fuerzas fue con su vecina, quien le iba a cuidar a la bebita, mientras ella llevaba a la gemela al médico, la tomó en sus brazos y emprendió el camino hacia la hacienda Carvajal, tenía que llevar a la bebé con su familia, aunque fuera lo último que hiciera en la vida.
Gregorio ordenó que la ayudaran, todos se sorprendieron al ver que llevaba un bebé recién nacido en sus brazos, mientras las ropas de la mujer estaban teñidas de sangre.
Apenas llegó frente a los dueños de la hacienda cayó al piso, Rocío tomó al bebé entre sus brazos.
— Mi…Mi nieta, salven a mi nieta, es hija de Fernando Carvajal, Sergio la quiere vender, lo están buscando para matarlo.
La mujer murió sin dar más explicaciones, los sicarios habían ido a buscar a Fernando, porque pensaban que él tenía al bebé.
Todos en el pueblo sabían que el jefe de la policía estaba coludido con los delincuentes, así que sepultaron a la mujer en la hacienda y les prohibieron a los empleados hablar del asunto.
Viajaron a la Ciudad de México, buscaron un laboratorio y le hicieron pruebas de sangre a la niña, confirmaron que era su nieta. Esa pequeña niña era hija de Fernando, pero era muy peligroso que la criaran en la hacienda. Gregorio compró un departamento en la ciudad de México y Rocío, se ofreció a hacerse cargo de la niña, la registraron como hija suya y la llamaron Fernanda, en honor a su padre.