—Despierta mamita. —Alguien frota suavemente mi frente. Aprieto mis ojos e intento abrirlos. Una luz cegadora me recibe y debo cerrarlos nuevamente—. Eso querida, así. Despacio, abre esos ojitos despacio. La voz es suave y melodiosa, me tranquiliza, vuelvo a abrirlos siguiendo sus instrucciones, una sombra entra en mi visión, cuando por fin puedo enfocar bien, me encuentro con la sonrisa de una mujer con un velo blanco. Oh Dios, he muerto. —Eso, muy bien querida. Bienvenida. —Oh no, ¿me está dando la bienvenida al cielo? —chillo. Mi voz es raposa y me duele la garganta al hablar. La mujer consagrada me sonríe y vuelve a acariciar mi cabeza. —No querida. No estás muerta. Estás en la clínica y acabas de dar a luz a una bella criatura que está esperando por su madre. Ella te necesita. —

