02. Sangre y ceguera

1890 คำ
La transformación de Azrael lo golpeó como un trueno. En cuestión de segundos su cuerpo humano se disolvió, los huesos se expandieron y cambiaron, músculos se reacomodaron. El dolor de las heridas se multiplicó durante el proceso, pero la adrenalina era más fuerte. En segundos, un león de melena dorada rugió en la cama, con sus ojos grises ardiendo con rabia. El primer ataque vino de Radina. Ella saltó hacia su garganta, como buena depredadora que era, sus colmillos buscaron la yugular. Azrael rodó en el último segundo, sintiendo cómo las garras de ella rasgaban la piel de su cuello, pero sin lograr el golpe letal. Se puso de pie tambaleándose, con su pierna herida y envenenada apenas sosteniéndolo. Kaelor atacó desde el otro lado. Azrael lo esquivó, pero Maelis aprovechó la distracción para saltar sobre su espalda. El peso hizo colapsar al rey, y al instante, los colmillos del que supuestamente era su amigo se hundieron en su hombro. Azrael rugió con mucha fuerza y con un movimiento desesperado, sacudió su cuerpo violentamente hasta que Maelis salió volando lejos de él. No le dieron tregua. Tres leones se abalanzaron sobre él en un revuelo de pelaje y garras que abrieron nuevos surcos en sus costados. Azrael luchó con lo que le quedaba: mordiendo, rasgando, golpeando con una furia desesperada y todos se preguntaban ¿Cómo es que todavía seguía en pie y no había muerto? En medio de la pelea, Azrael en su forma de león logró atrapar la pata de Soren entre sus mandíbulas y apretó hasta que el crujido de los huesos rompiéndose llenó la habitación. El león retrocedió con un aullido de agonía. Pero eran demasiados. Envenenado y desangrándose, aunque era impresionante su defensa, él no era inmortal, su resistencia se estaba agotando. Su única esperanza seguía estando en que las leonas de Radina no se unieran a la matanza; si aparecían, no tendría salvación. Por ahora, parecía que su hermano confiaba en que el veneno y sus antiguos amigos terminarían el trabajo sin más ayuda. —¡Terminen con esto! —gritó Rhaegor desde la esquina de la habitación, aún en su forma humana, observando la masacre con demasiada satisfacción. Azrael sintió cómo las fuerzas lo abandonaban. Sus patas temblaban. Su visión se oscurecía. Iba a morir aquí. En este palacio que había ayudado a conquistar, a manos de aquellos en quienes había confiado. No. No iba a morir así. Jamás lo iba a permitir, a pesar de todo, su orgullo era muy grande, más grande que el dolor de la traición, mas grande que el dolor de sus heridas. Por eso, al instante el suelo bajo sus patas comenzó a temblar. Las paredes de piedra del palacio vibraban como si estuvieran en medio de un temblor natural. Azrael invocó el don de su sangre, el poder que los Litharcan habían heredado del dios de la tierra. Podía sentir cada roca, cada piedra en el edificio. Podía sentir la montaña bajo el palacio, la tierra misma respondiendo a su llamado. Por eso, en cuestión de segundos, las rocas del techo comenzaron a desprenderse. No eran grandes—no tenía la fuerza para más—pero fueron suficientes. Piedras del tamaño de puños llovieron sobre los leones atacantes. Radina recibió una en la cabeza y retrocedió con un gruñido de dolor. Kaelor esquivó varias, pero una golpeó su costado. El caos se desató en la habitación. Azrael no esperó. Reuniendo cada gramo de fuerza que le quedaba, saltó hacia la ventana. El cristal se hizo añicos bajo su peso, y por un segundo, voló. Luego cayó tres pisos hasta los jardines del palacio donde se encontraban. El impacto le sacó todo el aire de los pulmones y reabrió las heridas, incluso las empeoró, pero rodó con el impulso y se puso de pie. Corrió. Sus patas golpearon el suelo de piedra de los jardines, dejando manchas de sangre en el mármol blanco. Escuchó los rugidos de persecución detrás de él, pero no miró atrás. Saltó la muralla del jardín, aterrizando en el camino empedrado que rodeaba el palacio. —¡No lo dejen escapar! —la voz de Rhaegor se escuchaba fuerte en medio de la noche. Azrael corrió hacia el bosque que bordeaba la costa, así la sangre se mezclaría con la tierra y les sería más difícil hallarlo. Los árboles se cerraron a su alrededor, las ramas ahora le arañaban su cuerpo de león herido, las raíces amenazaban con hacerlo tropezar. Podía escuchar a los otros leones detrás de él, podía oler su intención asesina en el viento. Pero él conocía estos bosques. Había cazado en ellos durante las grandes conquistas y memorizado cada sendero, arroyo y escondite. Su especialidad siempre fue barrer el terreno antes de la batalla; aprenderse el mapa de memoria era lo que lo mantenía un paso por delante de sus enemigos. Ahora, ese conocimiento acumulado era su mejor arma para sobrevivir. Azrael corrió hasta que sus patas sangraron. Corrió hasta que el amanecer pintó el cielo de rosa y dorado. Corrió hasta que los sonidos de persecución se desvanecieron en la distancia. Corrió hasta que su cuerpo al fin se rindió. Colapsó junto a un arroyo, su forma de león estaba demasiado débil para mantenerse consciente. La transformación de vuelta a humano sucedió de manera involuntaria, dejándolo desnudo y sangrante en la orilla del agua. El veneno seguía quemando sus venas. Las heridas seguían sangrando. Lo último que vio antes de que la oscuridad lo reclamara fue el cielo azul sobre él, tan indiferente a su dolor como la piedra que lo había coronado rey. Tan indiferente como su hermano al traicionarlo. A LA MAÑANA SIGUIENTE Cuando Dalia salió de su casa esa mañana, no esperaba que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Era un día como cualquier otro. Se despertó con el canto de los pajaritos que siempre se asomaban por la ventana de madera de su pequeña habitación. Se vistió por tacto, sus dedos ya conocían cada pliegue de su vestido sencillo de lino. Trenzó su cabello castaño sin necesidad de un espejo—los espejos no servían de nada para alguien que nunca había visto su propio rostro. Ella era ciega de nacimiento. —Abuelito, voy al río —anunció, tomando la cesta con ropa sucia que ya había preparado desde anoche. —Ten cuidado, niña —respondió Thoran desde la cocina, donde preparaba el desayuno—. Los leones han estado más activos estos últimos días. Dicen que conquistaron otra isla la semana pasada y vinieron aquí a su lugar de descanso para celebrar. Dalia asintió, aunque la preocupación de su abuelo le parecía exagerada. Los leones de Lionburg no se metían con humanos de aldeas tan remotas como la suya. Estaban demasiado ocupados conquistando ciudades importantes, más que todo las ciudades que estaban cerca de la costa y expandiendo su reino. Su pequeña aldea de apenas treinta familias no era de interés para nadie, ni siquiera para los humanos nobles. Manchas, su burro, la esperaba afuera. Dalia acarició su cuello áspero antes de montar, equilibrando la cesta frente a ella. El animal conocía el camino al río tan bien como ella. Habían hecho este viaje cientos de veces, tanto que no necesitaba ver para saberse el camino. El aire mañanero era fresco y llevaba el aroma de las flores silvestres que crecían a lo largo del sendero. Dalia respiró profundo, dejando que los sonidos del bosque la envolvieran. El trino de los pájaros, el susurro de las hojas con la brisa, el paso constante de Manchas sobre la tierra compactada. Estos eran sus ojos. El mundo le hablaba en sonidos, en aromas, en texturas bajo sus dedos, se había acostumbrado así desde que nació, ella no sabía como eran los colores, pero si sabía el olor y el sonido de todo. Cuando llegaron al río, Manchas se detuvo justo donde siempre lo hacía. Dalia desmontó con la práctica de años, amarrando las riendas al árbol de siempre. La rutina era su mejor amiga. Tomó su palo—una rama gruesa y lisa que usaba para orientarse—y la cesta de ropa. El sonido del agua corriendo y el olor humedad la guio hasta la orilla. Sus pies conocían las piedras, sabían dónde pisar para no resbalar. Se arrodilló en su lugar habitual y comenzó a sacar las prendas. Pero algo estaba mal. El aire había cambiado. Había un olor que no debería estar ahí—metálico, fuerte, imposible de ignorar para ella que tenía un buen olfato, incluso decían que era demasiado bueno para ser de una humana. Y ahora, en ese momento sentía el mismo olor que aparecía cuando su abuelo destazaba un animal para la cena, pero más intenso. Y los pájaros se habían callado. El bosque entero parecía como si tuviera miedo de hacer ruido. Algo no estaba bien… —¿Hay alguien ahí? —llamó, en un hilito de voz asustado. Silencio. Dalia extendió su palo, moviéndolo en círculos lentos frente a ella, lo que sea que olía así estaba cerca de su perímetro. Entonces, en medio de su tanteo, la punta de su palo golpeó algo sólido. Algo que no era piedra ni madera. Algo que cedió un poquito bajo la presión y luego se quedó inmóvil. Su corazón comenzó a acelerarse. Dejó el palo a un lado y extendió las manos que comenzaron a temblar por el miedo. Sus dedos tocaron piel. Fría. Húmeda. Definitivamente humana por la textura, pero... diferente. Más dura, más densa de lo normal. Y enorme. Dalia extendió sus brazos, tratando de medir el ancho de los hombros del hombre inconsciente, —supo que era un hombre porque toco su pecho y no encontró senos— ese extraño tenía unos hombros muy, pero muy anchos. —Por el dios de la tierra... —susurró. Sus manos no dejaban de examinar mientras exploraba más y más. Hombros grandes, brazos gruesos musculosos, era muy duro mientras su torso subía y bajaba a duras penas. Estaba vivo. Pero se veía que luchaba por estarlo. Ella siguió tocando, y cuando bajó a sus piernas tocó su pene y se estremeció, ese sujeto estaba completamente desnudo. —¡Ah, lo lamento! —exclamó cuando tocó sus partes íntimas sin querer. Como no hubo respuesta Dalia tragó saliva, con su rostro ardiendo de vergüenza mientras continuaba su inspección. No tenía opción. Necesitaba saber qué tan herido estaba. Sus dedos encontraron algo húmedo y pegajoso en su costado. Sangre. Mucha sangre. La herida era profunda, los bordes rasgados. Cuando tocó su pierna, encontró otra herida similar. Y había algo más. Algo en la sangre que hacía que sus dedos hormiguearan. Como si estuviera contaminada con algo que no debería estar ahí. Ella se llevó ese líquido viscoso a su nariz y al instante lo sintió. Sangre con veneno. —Señor —lo sacudió con suavidad—. ¿Puede oírme? Nada. Ni un gemido, ni un movimiento. Dalia se puso de pie de un salto, con su decisión tomada. No podía dejarlo aquí. Quien fuera, necesitaba ayuda. Encontró a Manchas más por instinto que por cualquier otra cosa, montándose torpemente en su lomo mientras colocaba su palo en esa área que tenía en su burrito para ubicarlo. —¡Vamos! ¡Rápido! ¡Manchas, regresemos a casa!
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