Narra Alina
—Cuidado cortas tus dedos, debes hacerlo como te dije para que no te lastimes —dice mi nana Rebecca quitándome el cuchillo de las manos.
—Puedo hacerlo, Rebe, ya no soy una niña, ya soy una mujer capaz de cortas en cubos una zanaho… ¡auch!
—Te lo dije.
Mi nana toma mi mano y me lleva hacia el grifo para lavar mi dedo, ahora que la observo con más detalle me doy cuenta que los años se le notan demasiado, ¿en qué momento le salieron tantas canas?
—No es tan grave, es un pequeño aruño, ni me duele —respondí haciéndome la fuerte—. Puedo seguir ayudándote. Este tipo de herida es muy superfi… ¡Auch! —grité de nuevo por el alcohol que cae en mi aruño.
—Para mí siempre serás una pequeña indefensa.
Vi como Rebecca curó mi dedo y dejó un beso después de poner una bandita. Ese beso es la curación perfecta para todo.
Que ella haga eso me trae lindos recuerdos de mi infancia, las veces que me caí, ella estuvo allí para sanarme; fui afortunada porque mis padres me dejaron con la persona indicada.
—¿Ya te dije que te amo Rebe?
Salté al cuerpo de Rebe y le di un abrazo, la rodeé con mis brazos y empecé a decirle cuanto la quería.
Esta mujer es la única figura paternal que tengo, mis padres murieron cuando solo tenía seis años. Según ella me ha contado, antes vivíamos todos en Rusia, en una casa mucha más grande que esta. Rebe cada noche me contaba cosas de mi padre, de recordarlo se me hincha el corazón, ella me decía a cada momento que:
—El señor Vladimir era muy bueno, les ayudaba a las personas que lo necesitaban —decía Rebecca mientras arrullaba en las noches—. Te quería mucho, recuerdo que por las noches te arropaba y dejaba un beso en tu frente, para él era muy difícil cuando tenía que irse a trabajar o hacer largos viajes, siempre te extrañaba a ti y a tu madre. Siempre fuiste su pequeña Masha.
Masha era el apodo que mi padre tenía para mí, creo que recuerdo eso, no estoy segura; sé que esa pequeña palabra significa “amada de Dios” me hubiese gustado recordar su tono de voz llamándome de esa manera. Por alguna razón no tengo recuerdos de esa etapa de mi vida, no hay memorias de mi antigua casa y los años cortos que viví con mis padres.
Mi padre, Vladimir Volkova, antes de morir quería traer a España sus negocios, por lo que preparó esta mansión en la que vivo y me envió con mi nana, ellos vendrían a los pocos días, pero tuvieron un terrible accidente que terminó apartándolos de mi lado. Rebecca se hizo cargo de mi hasta entonces, me enseñó tantas cosas que le debo a ella todo lo que soy.
—Señorita Volkova, en diez minutos vendrá el auto por usted.
—Gracias, Marcelita. Por favor, dígale a Diego que estaré lista.
En mi vida, a pesar de no tener a mis padres, ellos se encargaron de dejarme absolutamente todo. Tengo una mansión muy hermosa, es amplia y tengo un jardín con piscina, hay una cancha de baloncesto; es muy completa. Tenemos a un grupo de personas que me ayudan día a día a mantener este lugar reluciente y a mantener mi estómago lleno. Tengo varios autos a mi disposición, un conductor que me lleva a todos lados, un grupo de hombres que cuidan de mi bienestar y lo mejor de todo, tengo a Rebecca.
Mi padre me heredó una fortuna, no era consciente de nada de eso porque era muy pequeña, aún recuerdo aquel día cuando conocí al señor Lorenzo Berlusconi Russó. Un hombre con una enorme calva y un espeso bigote que llegó a la mansión portando un traje muy impecable, el señor Lorenzo era el abogado de mi padre, fue quien me dijo que esta mansión y todo lo que había dentro de ella me pertenecía.
—Sé que eres muy pequeña para entenderlo, pero una vez tengas la mayoría de edad, serás consciente de todo lo que tu padre ha dejado para ti. Mientras tanto, yo me aseguraré de que todo se mantenga seguro.
El señor Berlusconi llegó conmigo a través de Giovanni Giordano, era un buen amigo de mi padre que me visitaba en las fechas especiales, al parecer tuvieron una buena amistad porque este hombre prometió cuidar de mí. Tanto, que vi al señor Giovanni y al abogado en mis fechas más importantes; cumpleaños, navidad, mi graduación de la escuela. Giovanni reafirmó durante el tiempo que también fue mi amigo, lo bueno que era mi padre; no paraba de halagarlo y decir lo mucho que lo admiraba. Era una época muy bonita de mi vida, tuve personas especiales conmigo, aunque, luego dejó de venir; no supe más de él, solo que tuvo que irse y no planeaba volver.
Por otro lado, el señor Lorenzo, el abogado; cumplió aquellas palabras y el día que cumplí la mayoría de edad, me mostró las cuentas bancaría a mi nombre que tenía en Rusia, Italia y aquí, en España; también, las propiedades que ahora me pertenecían, joyas, autos, eran tantas cosas que no las puedo recordar a detalle, era una cantidad tan grande, que sumarla nos llevaría mucho; sería imposible leer una cifra tan extravagante. Ese día mi cumpleaños lo pasé rodeada de un montón de papeles que debí firmar, llegué a un punto que no leí más y solo firmé y firmé todo lo que él me daba, pues pasábamos a mi nombre legalmente lo que mi padre me había dejado. Todo parecía normal, pues confío mucho en Lorenzo, lo conozco desde que tengo uso de razón; de eso, solo algo me pareció extraño, que de pensarlo de nuevo vuelvo a tener esas dudas, y es que me pareció leer algo un poco raro, había un papel que decía algo sobre nupcias, no recuerdo exactamente hasta pongo en duda eso, pero la palabra nupcial estaba por allí escrita y con eso el nombre de un hombre llamado Leonardo; pensé que estaba delirando por tantas letras y números, pero en fin, solo lo pasé por alto y ese día me convertí en dueña de todo esto.
Esa herencia fue la razón para que quisiera estudiar finanzas, quiero cuidar el esfuerzo de mi padre y abrir muchas empresas. Actualmente voy en la mitad de mi carrera, estudio todos los días queriendo ser igual que Vladimir Volkova, mi papá.
—Estudia mucho, no te olvides de comer tu fruta.
—Gracias Rebe, nos vemos por la noche.
—¿No vendrás a almorzar?
—No, iré con mis amigas a un café, terminaremos un trabajo y allí comeremos algo, te traeré donas, sé que te gustan.
—Cuídate mucho, mi niña.
Antes de subir al auto, me aseguré de tener todo conmigo; mis libros, mi laptop, mi móvil y, por último, toqué mi pecho para saber si sentía el collar que nunca me quito. Es un obsequio que me dieron mis padres el día que se despidieron de mí, mi nana dice que ellos mismos lo colgaron en mi cuello, es tan lindo y delicado; es un rubí en forma de lágrima o gota.
Subí al auto y fui llevada a la universidad, me gusta escuchar música en el camino, Diego y yo tenemos el mismo buen gusto por las canciones antiguas.
Al llegar a la universidad, le dije a mi conductor que no pasara por mí, pues me quedaría con mis amigas y ellas me llevarían a casa. Así mismo, les pedí a los de la vigilancia que se tomaran la tarde, no todo el tiempo me gusta tenerlos detrás de mí, pues hoy veré a mi novio y nos gusta tener un poco de privacidad.
Fui a todas clases a tiempo, soy muy responsable y disciplinada con mis cosas, voy al día con mis proyectos y siempre recibo elogios de mis maestros.
—¿Listas chicas? ¡aish! Ya quiero terminar el ensayo del señor Brócoli y poder disfrutar de la noche.
—Sí, tampoco he dormido bien pensando en eso, así que vamos a terminar lo que nos falta.
Subimos al auto de Abigail, pusimos algo de música y hablábamos de todo un poco, las chicas son como las hermanas que no tuve, me la llevo tan bien con ellas; son mis mejores amigas.
—¿Ustedes irán a la fiesta de Julieta?
—No lo creo, mi padre tiene un viaje de negocios y se le ocurrió la idea de llevarme a mí y a mi hermana.
—Yo iré —dice Abby algo entusiasmada—. Me dijeron que Jhon irán y si Jhon estará, también yo.
—También iré, Fabio me pidió que lo acompañara, así que supongo que nos encontraremos allí.
—Oh, veo que Fabio va por buen camino.
Fabio es mi novio, hace dos meses empezamos a salir, es un chico lindo. Hace unas semanas me pidió ser su novia y claro que acepté.
—Sí, es tan lindo que es imposible no…
Me quedé callada al ver que detrás de nosotras venía un auto demasiado cerca.
—Termina lo que ibas a decir.
Volví a lo que decía e ignoré aquel auto gris que pensé nos seguía.
—Nada, creo que ya lo olvidé —respondí en medio de risas.
Estábamos a solo unas calles del café en el que siempre nos reunimos, solo nos quedaba un semáforo por pasar y luego estaríamos en el lugar.
—Esta vez no saldré soltera de esa fiesta, les aseguró que Jhon será mío.
Abby nos contaba sus cosas mientras esperaba que el semáforo le diera la señal para pasar, cuando el color cambió y tuvimos vía libre para seguir, ella pone en marcha el vehículo; todo parecía normal hasta que vimos cuando aquel auto gris que antes vi detrás de nosotros, aparece de la nada atravesándose en nuestro camino. Cerré mis ojos al pensar que nos chocaría, estaba por esperar el impacto, estaba prácticamente encima de nosotras.