El maremoto de su confesión Más tarde esa noche, en la quietud de su habitación, Emilia sentía el eco de la batalla librada en el comedor. La maleta, un símbolo de su impulso de huida, permanecía cerrada en el armario, pero su presencia era un recordatorio constante de lo precaria que era su posición. El alivio de haber sido creída era una corriente cálida que luchaba contra el terror helado de la guerra que acababa de desatarse. Una guerra de la que ella era, innegablemente, el epicentro. Se acercó a la ventana. La luna bañaba los rosales con una luz plateada y fantasmal. —Lionel… —murmuró al cristal frío, el vaho de su aliento empañando la imagen—. Espero que esta guerra te ayude a tomar el control de tu vida y de tu empresa… Un sollozo seco se le escapó del pecho, un sonido ás

