4 | Confusión de gemelo

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Dos días después de la contienda en la mansión de su padre en Ámsterdam, Theo y Enzo regresaron a sus trabajos en Estados Unidos. Theo trabajaba en una aerolínea bastante comercial ubicada en reino Unido. Un par de veces al mes, Theo aterrizaba en alguna ciudad de Estados Unidos, y aprovechaba para ver a su hermano. Sus vuelos eran altamente comerciales, además de trabajar durante un tiempo para políticos y personas influyentes que viajaban en sus aviones privados rodeados de champaña. Eran sus vuelos favoritos porque le dejaban una cuantiosa cantidad de dinero en sus bolsillos, pero lidiar con personas que pensaban que el universo estaba en la palma de su mano, era asfixiante. Esa tarde que Theo viajó en un vuelo comercial a San Francisco, lugar donde su hermano se encontraba trabajando por un tiempo, lo primero que Theo hizo cuando bajó con su maleta y su traje de piloto, además de guiñarle a las mujeres y tocar el mentón de una de las aeromozas, fue dirigirse a la cafetería por una taza de americano y llamar a su hermano gemelo para informarle su llegada. Theo moría por celebrar su cumpleaños número veintinueve con su hermano después de años separados. Ansiaba demasiado compartir más que un pastel de calabaza con él, y aunque no deseaba soplar una vela, si compartir una mujer, aun cuando sabía que su hermano era demasiado puritano y santo como para compartir una mujer con él o siquiera verlo hacerlo. Theo arrastró las ruedas oscuras de su maleta hasta una de las sillas donde la dejó mientras pedía su café. La chica, muy amable, le sirvió el café y Theo le sonrió. Era un maldito mujeriego que conseguía lo que se proponía, y eso incluía cuanta mujer estuviera a su entera disposición para acabar con su soledad. Eran relaciones fugaces, ardientes, vibrantes, pero nada lo bastante fuerte como para que Theo sentara cabeza aun cuando estaba al borde de los treinta. Su vida también era el trabajo y los viajes, pero las mujeres eran su verdadero talón de Aquiles, y más las que no se resistían. Theo sonrió al ver el número de teléfono de la chica que le entregó el teléfono, justo en uno de los costados del vaso de papel. Theo dejó su vaso sobre la mesa y abriendo su saco oscuro, extrajo el teléfono y buscó el nombre de su hermano entre los contactos. Theo estaría menos de una semana allí, y esperaba contar con él, pero a diferencia de Theo, la vida de Enzo no giraba en torno a las mujeres, ni la promiscuidad. Su vida giraba en torno a ser el mejor, a liderar, a tener personas que hicieran su trabajo de ese momento mientras él no hacía más que sentarse a ver a los demás hacerlo, por eso cuando su teléfono vibró en el escritorio, no atendió en el primer timbrazo, sino que esperó hasta que la llamada terminó y volvió a sonar. Enzo solo desvió la mirada dos segundos al teléfono y continuó escribiendo en su computadora el informe que debía entregarle a la junta directiva ese viernes por la tarde. Theo colgó cuando al tercer intento su hermano continuó sin responder. Theo lo conocía tan bien, que en lugar de enviar un mensaje o insistirle, se comunicó con la secretaria de su hermano. La mujer, bastante agradable, irrumpió a Enzo cuando le informó por el comunicador que su hermano estaba en la línea dos. Enzo cerró los ojos y soltó un suspiro. Si no lo atendía, haría hasta lo imposible para conseguirlo. Fue por ello que pulsó el botón para que por las bocinas se escuchara la pregunta de su hermano. —¿Ahora eres tan importante que no atiendes tu propio teléfono? —le preguntó Theo—. ¿Necesito cita para hablar contigo? Enzo continuó tecleando y Theo lo escuchaba al otro lado de la línea. Theo era como un molesto barrito en la punta de la nariz. —¿Qué quieres, Theo? —le preguntó mirando el computador. —¿No tienes tiempo para tu hermano? —No tengo tiempo para nadie —le respondió mientras escribía—. Dime rápido lo que quieres, o tendré que colgarte y pedirle a Emma que no acepte otra de tus llamadas. Theo frunció el entrecejo y se recostó en la mesa. —Amanecimos enojados. —Son la cinco de la tarde —respondió Enzo—. Habla rápido. Theo llevó el vaso a sus labios y sorbió un poco de café. —Estoy en la ciudad y necesito quedarme en tu apartamento —le soltó mientras observaba a un par de aeromozas en la mesa continua—. Tengo toda la tarde para que me des una respuesta. A Enzo no le molestaba que se quedase con él. Le molestaba que cogiera con sus aeromozas en su cama, o que hiciera fiestas estratosféricas en las dos horas que lo dejaba solo en el apartamento. Enzo se preguntaba cómo era posible que una persona que viviera en el Reino Unido y solo viajara a Estados Unidos por trabajo, tuviera tantos amigos como para llenar el apartamento de personas, su baño de vómito y su cama de semen. Era impresionante lo que una linda sonrisa conseguía. —¿Por qué no pagas un lugar para quedarte los días que estarás en la ciudad? —preguntó Enzo sin dejar de teclear. —Porque tengo un hermano con un enorme apartamento con vista a la ciudad, comida, una cama que no usa, internet y un lugar donde no pagaré ni un dólar, además, es momento de celebrar un cumpleaños —dijo—. ¡Estamos acercándonos a los treinta! Si no cogemos todo lo que se mueva a esta edad, fracasaremos como Novak. Tenemos que usar el apellido que Baltazar nos dejó. A Enzo no le preocupaba ni un poco que día era, o si era o no su cumpleaños. Le era tan irrelevante, que no le importaba si lo pasaba en su oficina hasta las doce de la noche, al contrario de Theo, que sentía que la vida se le escurría entre los dedos y aun no alcanzaba acostarse con cien mujeres diferentes, siendo esa su meta para los treinta. Tenía mucho terreno que explorar aun, y poco tiempo. —No celebraremos —dijo Enzo—. Sabes que no me gusta. Theo soltó un suspiró. —No te gusta nada que no sea el trabajo —le dijo el hermano mientras bebía café—. ¿Cuándo aprenderás a divertirte un poco? Enzo dejó de teclear. —Cuando mi hermano deje de ser un puto —le respondió. Theo sonrió y se tocó los dientes con la punta de la lengua. Había conseguido el primero de sus objetivos: que su hermano dejara el teclado y jugara un poco con ese humor n***o que los caracterizaba. Ese era el primer escalón para llevarlo a una discoteca o cualquier lugar donde pudieran beber y bailar. —Buscaré una silla para esperar ese momento —le dijo Theo. Enzo sonrió levemente y soltó un suspiro recortado. Era cierto que su vida era el trabajo, y qué no tenía demasiado tiempo libre desde que tomó ese trabajo en San Francisco. Su vida en Ámsterdam era muchísimo mejor cuando tenía dieciséis años, pero no siempre se quedaría bajo el ala de su padre, y cuando decidió mudarse para estudiar y forjarse su propio futuro, renunció a su vida tal como la conocía y sentó cabeza para convertirse en un hombre respetable, honorable y el próximo empresario importante. Una noche no cambiaría el rumbo de su futuro, o eso pensó cuando Theo le repitió que una noche lejos del trabajo no le costaría su futuro ni cambiaría su vida. Solo era un cumpleaños. —Vamos, anímate —animó Theo con el café en su mano izquierda—. Vamos a beber unas cervezas y conseguir universitarias legales de las que no recordaremos el nombre. Había algo en eso que sonaba peculiar y atrapante, no obstante, había algo en la vida de Enzo que le impedía aceptarlo. —No puedo hacer eso —le dijo al teléfono. Theo se tocó la barba de cuatro días. —¿Alguna vez dirás que sí? —le preguntó—. Pienso que si no fuera por mí, serías virgen y en lugar de trabajar en un hotel, estarías dirigiendo un monasterio y tendrías la mitad de la cabeza rapada sin una razón en específico. Hermano, si no usas lo que la genética nos dio, se te caerá a pedazos, así que dirás que sí. Enzo miró el documento que llevaba. Vivía solo en su apartamento gracias a las visitas de su hermano, y porque aún no se concretaba su relación. Había mucho espacio, y quedarse sentados en un sillón a ver un juego mientras bebían cerveza, no era un mal plan para un fin de semana. Por esa parte la idea era buena, siempre que Theo aceptara sus condiciones. —Diré que sí a tu estadía en mi apartamento, no a emborracharme y terminar en la cama con mi secretaria. Theo sonrió. —¿Tu secretaria es sexi? —le preguntó bromeando. —Cállate. Ambos rieron sin producir una estruendosa carcajada y Theo le dijo que si era una mujer soltera con menos de ochenta años, él entraba. Enzo amaba a su hermano, aun cuando era un loco sin remedio. Amaba que su sentido del humor jamás cesara, y que siempre encontrase la manera de aliviar sus días. Theo no solo era la persona con la que compartió líquido amniótico y un saco embrionario, sino que fue su más leal amigo, su defensor, su solapador, su escolta, su aliado más fiel y la única persona en todo el hemisferio al que le confiaría su vida con un ojo cerrado. —Vamos, Enzo —animó de nuevo cuando terminó su café y desechó el vaso con el número y eso rompió las ilusiones de la chica—. ¿Cuándo aprenderás que la vida es una? —Y el hígado también, así que deja el alcohol —replicó Enzo. Theo soltó un bufido y se colocó de pie para caminar hasta uno de los ventanales desde los que podía ver los aviones y la pista de aterrizaje. El lugar era enorme, y era como el segundo hogar de él. —Qué aburrido, pero en fin, me quedaré en tu apartamento —le soltó seguido de una pregunta—. ¿Cuándo estarás allí? Enzo retomó su trabajo en el teclado. —Estoy en el trabajo. Llegaré en un par de horas —le dijo mientras tecleaba y miraba lo que redactaba con facilidad—. Conoces la dirección, y la llave esta bajo una de las macetas. Theo guardó una mano en el bolsillo de su pantalón. —¿No te aterra que un ladrón de macetas descubra tu llave? Enzo revoloteó los ojos. —Me preocupa más que mi hermano jamás madure —le dijo. —No soy un aguacate que necesite madurar —replicó Theo semi ofendido por el comentario—. Te veré esta noche. Enzo detuvo el dedo en el espaciador. —Por favor, no rompas nada ni te acuestes con una extraña en mi cama en las horas que tardaré en regresar al apartamento —le dijo—. No quiero tener que deshacerme de mis sábanas favoritas. Theo le sonrió a uno de los aviones que comenzaba a despegar. —¿Significa que el sofá esta disponible? —le preguntó en tono jocoso—. Solo te puedo prometer que limpiaré la encimera. Enzo quiso decir algo más, pero Theo colgó y guardó el teléfono de regreso en su saco. Amaba molestarlo con el tema del sexo y las mujeres que llevaba al apartamento. Era bastante divertido ver como su hermano se debatía entre regresar su llamada o persignarse al otro lado antes de abrir la puerta y encontrar el desastre que su hermano haría. Jamás iba al apartamento solo, ni se quedaba un fin de semana sin romperle la vajilla nueva. Sin embargo, por azares del destino, esa tarde Theo, en lugar de buscar una persona con la cual molestar a su hermano, decidió que lo mejor era ir al apartamento después de una breve parada en un bar. Las mujeres jamás le faltaban. Él solo debía lanzar el anzuelo con un poco de cebo y las tendría en su regazo pronto. Y aunque esa noche no le faltaron mujeres que le sonrieron al piloto que arribó al bar, Theo solo bebió un par de tragos de bourbon, fumó dos cigarrillos y subió a un taxi que lo llevó hasta el apartamento. Solo estuvo un par de horas en el bar mientras esperaba que Enzo terminase su trabajo y regresase al departamento para divertirse. Su hermano vivía en un enorme edificio de ventanales de cristal, en una buena zona de San Francisco. La cuota para vivir allí era más de lo que Theo ganaba en dos semanas de trabajo, sin mencionar las reglas estrictas de buena conducta y silencio que debían acatarse. Entre el costo del lugar y sus reglas, ese no era un buen lugar para Theo vivir, mientras para su hermano era el paraíso. Lo realmente bueno del apartamento era la vista que le ofrecía la terraza, desde donde podía ver las luces titilantes de la ciudad. Theo se había quitado su gorra y su saco, había aflojado su corbata y llevaba lentes oscuros sobre su nariz. Llevaba la maleta oscura que arrastraba, y unas inmensas ganas de ordenar una pizza y sentarse en ropa interior en el sofá a ver cualquier juego en la televisión. Theo subió los siete pisos en el ascensor, arrastró sus ruedas por el amplio e iluminado pasillo blanco hasta la puerta y notó la maceta junto a la ausencia de una alfombra de bienvenidos. Su hermano era tan hermético, que el color y la vida no era lo suyo, y menos cuando estaba tan cerca de su propósito. Theo se inclinó para elevar la maceta que pesaba unos seis kilos y sacó la llave plateada. Su hermano miró a los lados en el pasillo y luego volvió a mirar la llave pendiendo de sus dedos. Era tan pequeña y tan importante a la vez, que era casi gracioso. Y no, no estaba ebrio, solo se preguntaba qué ocurriría si su hermano, por estúpido, una noche regresaba a su apartamento y solo encontrase las cuatro paredes limpias, sin nada, por ser demasiado confiado al imaginar que en el edificio nadie querría robar sus cosas. —¿Por qué no dejas la llave en otro lugar? —le preguntó al silencio—. Sé la respuesta. Porque eres demasiado confiado o demasiado estúpido. Y como te conozco, sé que eres la segunda. Theo insertó la llave en la cerradura y giró la manija. El interior del apartamento estaba incluso más oscuro que la última vez. Su hermano siempre dejaba la luz del pasillo principal encendida, al igual que la luz de la cocina. Encontrarse una oscuridad tan grande como esa, fue casi aterrador para Theo, quien le temía a la oscuridad desde que era un pequeño. Theo sintió una corriente en su cuello cuando sus ojos intentaron enfocar algo cuando entró y miró al balcón a la derecha del apartamento. Se podían observar los sofás, al igual que la calefacción, pero continuaba oscuro. —¿Estás tan ocupado que no pagaste el recibo? —le preguntó Theo a la oscuridad—. No me agradas, así que encenderé la luz. Los dedos de Theo buscaban el apagador, cuando el fulgor de la luz azotó sus ojos y un grito lo hizo trastabillar hacia la salida. —¡Sorpresa! —gritó una mujer desconocida. Los pies de Theo se fueron solos hasta la maleta y tropezó sin caer. La mujer le mantuvo la enorme sonrisa mientras él intentaba procesar que había alguien en el apartamento y que no era Enzo. —¡Jesucristo! —chilló Theo con el corazón en la boca. Ella movió los hombros y mantuvo su sonrisa. —Quisieras que fuera Jesús, pero no, soy yo —le dijo ella mientras abría los brazos para él y dejaba ver la lencería roja que apenas cubría su cuerpo—. ¡Feliz cumpleaños! En medio del impacto de la sorpresa, de la mujer, del grito, de la oscuridad y todo lo sucedido en esos segundos, la parte morbosa de Theo salió a relucir cuando vio a la joven lucir tan ardiente con la lencería, que su corazón en lugar de calmarse, se aceleró para que la sangre descendiera por su torso hasta el vientre. Theo contempló el cabello rosado y ondulado de la chica, así como el color claro de su piel, sus ojos grandes, su nariz no tan perfilada, y los pómulos alzados mientras mantuvo la sonrisa de perversión que le encantó. —Y eso que el desgraciado me dijo que no se divertiría —dijo Theo entre sus dientes mientras la contemplaba. Ella frunció un poco su ceño y miró al hombre que no esperaba asustar por encontrarla allí, cuando supuso que sabría que iría. Ella planeaba sorprenderlo, no matarlo de un ataque al corazón, y menos que lo trastornara tanto como para hacerlo decir idioteces. —¿Qué dices? —le preguntó ella. Theo la miró a los ojos y ella tembló. —Nada —le dijo Theo al tirar de la maleta a un lado y empujar la puerta con la punta del zapato—. ¿Eres mi obsequio? Ella le sonrió y se mordió el labio inferior. Dejando de lado que el hombre llevaba una maleta y que casi lo mató del susto, lucía sexi. —Entera —le dijo quitándose el camisón transparente que llevaba sobre sus hombros y descubriendo su cuerpo por completo antes de acercarse a él, tocar su pecho y elevarse en puntillas—. Esta noche puedes hacer con tu obsequio lo que quieras. Theo jamás imaginó que su hermano fuese de esa clase, y menos con él. Él no esperaba que lo sorprendiera con una mujer, y menos que fuese alguien tan sexi como la jovencita de cabello rosado que se arrojó sobre él como si estuviese ansiosa por que la tocara. Era preciosa, y su piel era suave en la palma de las manos. Theo, siendo el cazador de mujeres que era, llevó sus manos hasta la cintura de la mujer y posteriormente a su trasero desnudo. Ella apenas llevaba una fina tanga de encaje que se escondía en su trasero. —Cabello rosa —dijo Theo mirándola—. Mis favoritas. Ella frunció el entrecejo tan solo un poco. —Nunca lo habías dicho —le dijo al llevar sus manos hasta su cuello y frotar sus pezones en el pecho de Theo. Theo inclinó la cabeza a un lado y se acercó a sus labios. —Nunca te había visto —le dijo Theo honesto. La chica, quien estaba asombrada de que él actuara como si estuviera drogado, lo miró a los ojos e inhaló el aroma a licor en su boca abierta, y eso respondía algunas de sus preguntas. —¿Estás ebrio? —le preguntó ella. —Bebí un poco, pero tranquila, aun puedo responderte —le dijo Theo con una sonrisa distinta a la que ella recordaba. La chica de hermoso cabello rosado, sintió el roce de los labios de Theo sobre los suyos. Había una gran diferencia entre ese hombre que estuvo con ella dos días atrás, y el que se encontraba en el recibidor en ese momento. No solo era el olor de su cuerpo, era la forma en la que la apretaba, como la miraba, como sentía que la deseaba, sin mencionar el olor a nicotina en la ropa y en la piel. —¿Fumaste? —preguntó ella en tono suave. Theo apretó su trasero y ella gimió leve en sus labios separados. —Un poco —le dijo él en un graznido. Ella apretó el cuello de Theo y rozó su nariz con la suya. —Creí que no te gustaba fumar —le dijo. Theo sintió que ella lo conocía, pero él nunca la había visto. Por un momento pensó que su hermano le contó sobre él, y que por eso ella suponía que lo conocía. Ella por su parte pensó que por ser su cumpleaños, él estaría más desinhibido de lo que acostumbraba. El que bebiera unos tragos y fumara unos cigarrillos no le molestaba, al contrario, eso activaba una parte salvaje en ella. —Esto esta confuso —le dijo Theo rozando sus labios. Ella, cansada de hablar, decidió tomar el control. —¿Y por qué en lugar de enrollarnos no desenrollas tu regalo? —le preguntó en tono lascivo—. Me excita el olor a nicotina. Theo se acercó a los labios de la mujer solo para tirar del inferior y apretarlo entre sus dientes. Ella arrastró sus uñas por el cuello y saboreó el olor a deseo y lujuria danzando entre ellos. —A mi me excita donde tendrás los dedos en un momento —le dijo antes de separar sus labios y hundir la lengua en su boca. La intromisión extrajo el aire de los pulmones de la chica y la hizo apretarse más a él. Los dedos de Theo se hundieron entre las hebras del cabello de la chica y apretaron la piel de su trasero con tanta fuerza, que la marcaría por un par de días. Ella sintió la necesidad pulsando en el pantalón de Theo, así como la ansiedad cuando sus lenguas se encontraron y los gemidos de ella comenzaron a hacerse presentes tras correr a un lado su tanga y deslizar los dedos de Theo entre sus muslos apretados. La humedad era palpable, el sudor casi visible y el orgasmo una invitación a la encimera. Theo empujó a la mujer por sus muslos y la elevó con una mano antes de arrojar al suelo las frutas plásticas que Enzo mantenía como adornos sobre la encimera. Theo la sujetó por la cintura con fuerza y la dejó caer en la encimera fría al tiempo que separaba sus muslos para descubrir el botón del placer que la llevaría a un lugar del que no habría retorno. —Qué ardiente —gimió ella en sus labios. Theo le sonrió. —Conmigo el frío no existe —respondió antes de besarla. Los dedos de ella le sacaron la camisa de dentro del pantalón y comenzaron a desabrocharla. Sus lenguas continuaban jugando entre sí, llevándola a la absoluta humedad que Theo ansiaba probar, pero no sin antes jugar un poco con ella. Mientras de la boca de ella brotaban leves gemidos, las manos de Theo fueron al broche de su corpiño y liberó sus senos. Theo se separó de la mujer solo para quitarle el cabello del pecho y contemplar su cuerpo casi desnudo. Sus senos eran pequeños, alzados, con sus pezones rosados y la piel tan pálida como un vampiro de mil años. Theo la miró a los ojos antes de inclinarse tan solo un poco para deslizar su lengua por el piercing que llevaba en sus pezones. Si había algo sexi en las mujeres que se pintaban el cabello de rosa, era que adoraban perforarse zonas erógenas que los hombres adoraban idolatrar como si ellas fueran diosas, y la rendición de esa noche era la lengua de Theo por el piercing y el resto del pezón. Ella echó la cabeza hacia atrás tan solo un momento antes de elevar los muslos y sentir las manos del gemelo explorando su interior. —Qué delicia —gimió ella cuando él deslizó su lengua. Si había algo que Theo amaba era que las mujeres se sintieran complacidas con lo que les ofrecía. No solo se trataba de ser un mujeriego, sino de cumplir con sus mujeres como era debido. Por ello, ver como ella gemía levemente mientras él sorbía, chupaba y lamía un pezón y luego el otro, lo excitaba. Su pantalón estaba abultado, y la necesidad por cogerla se volvía más grande cada segundo que transcurría. Ella, ansiosa porque pasara a tercera base, elevó su rostro hasta sus labios y volvió a besarlo. Theo, quien había mantenido sus dedos ocupados bordeando su ropa interior, frotó su clítoris sobre su ropa interior. La tela era tan fina, que ella sintió sus dedos en cada terminación nerviosa, sus muslos temblaron y los dedos de sus pies se enroscaron ante el toque. Ese hombre le fascinaba, pero la forma en la que la tocaba esa noche, la enloquecía muchísimo más. Era como si hubiese cambiado para bien, dejando de lado esa persona cuadrada que era y abriéndole paso a lo que solo dos personas harían a solas. Theo deslizó sus labios por el mentón de la mujer hasta su cuello al tiempo que corría su ropa interior y usaba la humedad para deslizarse entre sus labios y alrededor de su entrada. Ella cerró los ojos y gimió un poco más rítmico a medida que él deslizaba sus dedos y lamía y mordía su cuello y su clavícula. La explosión de placer comenzaba a manar de su pelvis hasta sus muslos y la hacía moverse levemente sobre los dedos que deseaba que introdujera. —Fuera camisa —le ordenó ella. Theo se enderezó un poco y miró sus labios mientras ella terminaba de desabotonarla y la arrojaba al suelo. —No hacía falta —le dijo Theo y ella sonrió. Volvieron a besarse y los dedos de ella exploraron el pecho de Theo. Sentía que tenía más músculos, pero supuso que era la tensión y el deseo del momento que no encontraba siquiera un defecto en él. Theo continuó besándola antes de que ella mordisqueara su mentón y lamiera desde el borde del mentón hasta el centro de los pectorales. Su boca se sentía caliente, y sus dedos fríos. El cinturón estaba bien ajustado, pero su fuerza fue suficiente para arrojarlo al suelo con el pantalón. Theo miró abajo al camino que ella hacía con sus labios y su pene palpitó cuando ella se acercaba a él. Deseaba tanto que lo metiera en su boca, que cuando ella se detuvo, él se preguntó qué ocurría. Ella se detuvo cuando observó la calavera con las rosas negras enroscadas en ella, saliendo de sus ojos, entre la boca y bajando por el cuello. La persona que ella recordaba, con la que estuvo dos días atrás, no tenía un tatuaje antiguo en la parte derecha de la cadera. —¿Hace cuánto tienes un tatuaje? —le preguntó ella. Él se quedó un instante en shock. El tono de voz y la entonación que usó para preguntarle no era normal, no era al calor del momento, ni era acorde al morbo que se respiraba en el aire. Ella se detuvo, con las manos en la cintura de él y los ojos aguardando una respuesta que Theo supuso que debía decirle para continuar. —No lo sé —le dijo él—. Unos tres años. Ella se petrificó en la encimera, con las manos en la piel del desconocido y los ojos más abiertos que un búho. —No puede ser —susurró—. No puedes tenerlo hace tres años. Theo no entendía lo que ocurría con ella. A simple vista era una mujer liberal, o lo suficiente para perforarse los pezones, pero le aterraba alguien que tuviera un simple tatuaje que se hizo en una borrachera, y era algo que ni siquiera contenía un significado. —¿Qué ocurre? —preguntó Theo preocupado por ella. —Eso es lo que me pregunto —dijo una voz varonil que provenía de la puerta y que observaba con confusión lo que sucedía mientras ellos estaban vulnerables—. ¿Qué carajos haces con mi novia?
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