Liam Carter era el tipo de hombre que dominaba cualquier habitación en la que entraba, no solo por su imponente presencia, sino por la confianza que irradiaba en cada paso que daba.
Era un hombre que había construido su imperio desde cero, no solo había alcanzado el éxito empresarial, sino que lo había conquistado de una manera impresionante lo que pocos podían siquiera imaginar.
Su figura alta y esbelta, vestida siempre con trajes a medida, lo convertía en el centro de atención donde quiera que fuera. Las mujeres lo miraban como si fuera un dios, y los hombres lo observaban con una mezcla de respeto y envidia.
Liam no era solo un millonario, un magnate, un imán de los negocios, era el hombre al que todas deseaban y al que todos temían.
Pero para Liam, las mujeres eran solo un pasatiempo, algo que él disfrutaba sin ataduras ni compromisos. No creía en el amor, ni en las relaciones duraderas.
Había probado y descartado suficientes parejas para confirmar qué ninguna valía la pena. Para él, las mujeres eran como accesorios temporales en su vida perfectamente estructurada, piezas que se añadían cuando él lo deseaba y desaparecían cuando su interés se desvanecía.
Esa noche, Liam había ido a tomar unas copas a un bar exclusivo y halló una bella mujer con la que pasar la noche.
Ellos ya se conocían, frecuentaban los mismos lugares, y ya se habían acostado un par de veces antes de esa fría noche. Esa noche él decidió quedarse en su lujoso apartamento, un penthouse en el centro de la ciudad.
El lujoso lugar era el lugar de sus conquistas, ya que en su mansión nunca llevaría a ninguna mujer.
Su lujoso penthouse tenía vistas panorámicas que reflejaban su éxito. La decoración era moderna y minimalista, igual que su vida: sin adornos, sin emociones innecesarias.
El sonido suave de la lluvia golpeaba las ventanas complementaba la serenidad de su espacio. Esa noche él deseaba no pensar, su atención la pondría la mujer que yacía sobre el sillón de cuero blanco, sumida en la quietud de su propio placer.
Rachel, una joven modelo, que había entrado en su vida como tantas otras, con una mirada fija en su objetivo y un cuerpo que cualquier hombre desearía tener a su lado.
Después de una hora de sexo desenfrenado, Liam estaba más que satisfecho, levantándose del sofá dejó a Rachel con deseos de más.
Pero Liam nunca había sido de esos que se detenían a profundizar. Ella era simplemente un rostro bonito, un cuerpo perfecto, y una compañía agradable para las noches solitarias que tan a menudo se presentaban en la vida de un hombre tan exitoso.
Ya había obtenido lo que deseaba de ella, así que lo que Rachel hiciera no le interesaba. Pero por alguna razón aquella noche él no quería quedarse solo.
"¿Te quedas esta noche?" Liam preguntó, sin siquiera mirarla, mientras revisaba algunos papeles en su escritorio.
Rachel, con el cabello alborotado y aún parcialmente desnuda, lo miró con una sonrisa de satisfacción, sabiendo que la pregunta no implicaba ninguna forma de compromiso, pero sí un poco más de diversión y placer.
Su relación siempre había sido clara: placeres temporales, sin la necesidad de promesas o expectativas.
"No tengo problema en quedarme, siempre y cuando no interrumpa tus negocios", dijo ella, acomodándose en el sillón mientras tomaba una copa más de vino. "Pero ya sabes que soy el tipo de mujer que nunca se queda demasiado tiempo."
No te estoy pidiendo matrimonio Rachel, te pedí quedarte, pero sino quieres… Me da igual…
Liam tenía sus ojos fijos en su teléfono móvil mientras contestaba un par de correos importantes. Sabía lo que ella quería, y no había problema enn dárselo.
Solo debía hacer una llamada y una joya costosa llegaría hasta su penthouse. Las mujeres como Rachel nunca se quedaban más de una noche, a menos que recibiera un lindo y costoso regalo.
Sabía que a Liam no le interesaba nada que se alargara más allá de lo estrictamente necesario.
Duerme en mi cama, yo tengo trabajo que hacer… Por la mañana tendrás un lindo collar como recompensa", dijo Liam sin levantar la vista.
Ella sonrió, complacida con la confirmación, y volvió a su bebida, disfrutando de la calma de la noche, del vino y losb exquisitos bocadillos.
Pero a pesar de la indiferencia que Liam mostraba, había algo en el fondo de su ser que se sentía vacío. Algo que ni el dinero, ni el poder, ni las mujeres hermosas a su alrededor podían llenar.
Era como si estuviera atrapado en su propio imperio de éxito, pero sin nada real que lo motivara. Las mujeres venían y se iban, sus negocios prosperaban, pero dentro de él, había un vacío que nada podía llenar.
Rachel era una chica tan fría como él, a ella solo le interesaba pasar un buen rato con un hombre rico, y después buscar otra aventura. Ella era el tipo de mujer con la que Liam podía disfrutar sin tener que preocuparse por nada.
Después de servirse otra copa, Liam se dedicó a revisar algunos documentos que había traído a casa.
En ese momento, su teléfono vibró con una nueva notificación. Era un mensaje de su asistente.
"El abogado de Edward Ainsley quiere hablar contigo. Ha llegado el momento de actuar sobre el caso. El pago es inminente."
Liam frunció el ceño. Era el recordatorio de que su poder no solo se construía sobre relaciones superficiales, sino también sobre decisiones difíciles, en las que no cabía la duda ni la compasión. Aquel hombre, Edward Ainsley, había sido solo una pieza en su tablero de ajedrez, y ahora que su muerte era inminente, Liam se sentía más cerca de lo que deseaba lograr.
Está bien, mañana a las 9 am… Murmuró mientras apagaba su teléfono.
Rachel lo miró, con su expresión vacía mientras tomaba otro sorbo de vino.
"No tienes corazón Liam, ese tipo acaba de morir y tú construyes sobre su tumba", le dijo con una sonrisa torcida, como si fuera una broma.
Pero Liam sabía que lo decía en serio. Sabía que para ella, él no era más que un hombre de hierro, un ser sin emociones que la utilizaba para su propio placer.
"Y tú, querida, eres la única que no lo entiende", dijo Liam, levantándose del sillón y alejándose hacia su oficina, dejando a Rachel atrás.
En su mente, estaba totalmente centrado en lo que debía hacer con Ainsley, en el próximo movimiento que lo llevaría a tomar control total de su empresa.
Ya tenía el comprador y las cartas de despido de todos los trabajadores de Ainsley, esa empresa no solo era salvable sino un excelente negocio, y a Liam Cárter eso era lo único que le interesaba.
La muerte de ese hombre solo había agilizado todo, y a Cárter eso era lo único que le importaba. Debía actuar cuando antes y cerrar el trato con el comprador. Él la compraría al triple de su precio original, eso era un negocio muy rentable.
Pero en el fondo de su ser algo lo inquietaba. Y era el hecho de que Victoria Ainsley, la hija del hombre que había muerto, había aparecido en su mente como un problema a resolver o alguien al que quitar de su camino.
No estaba seguro del porqué pensaba en ella. Pero por alguna razón, le daba un leve y molesto sentimiento de inseguridad pensar en ella.
Solo la había visto una vez. Una tarde en la que él pasaba por la carretera en su Lamborghini. La vió caminar con una gran sonrisa en sus labios.
Se veía tan serena, tan feliz, su aura irradiaba una luz que él nunca había visto en una mujer en toda su vida. Sus ojos la siguieron hasta verla llegar hasta Edward Ainsley y llamarlo: Papito…
Esa belleza era la hija de Ainsley.
El semáforo parecía haberse detenido más de lo habitual, porque Liam pudo ver cómo le hablaba a su padre, y como él la llamaba: Victoria.
Su ternura al hablarle a su padre con tanto cariño y dulzura se le había quedado grabada en su cabeza. Esa chica era sincera en su cariño por su padre, esa trasparente autenticidad le era extraña a Liam que estaba acostumbrado a ver el rostro del interes y la hipocresía.
La hermosa imagen de Victoria Ainsley y su dulzura se quedaron en su memoria todo ese día, luego, sus asuntos y negocios absorbieron ese recuerdo enterrándolo en su memoria.
Pero después de conocer la noticia de la muerte de Ainsley su imagen había vuelto a su memoria, como si la hubiera visto esa mañana.
Ella le había parecido muy hermosa, se había detenido a contemplarla como nunca lo habia hecho con alguna mujer. A Liam le llamó la atención la forma en como trataba a su padre, como lo miraba y como le hablaba, todo eso se había grabado en su memoria sin querer.
Pero a pesar de ser un bello recuerdo Liam no había vuelto a pensar en eso hasta esa noche. Él nunca perdía el tiempo, si algo que no le generará algún beneficio o ganancia, le parecía un desperdicio de tiempo.
Pero desde que se enteró de la muerte de Edward Ainsley no podía sacarse de su cabeza la imagen de Victoria y la sensación que rodeaba su bella imagen.
Molesto por no poder quitársela de la cabeza trajo a la bella modelo a su penthouse y durmió con Rachel, pero después de hacerlo, lo único que logró fue tener un dolor de cabeza.
Dormir con Rachel no fue un remedio para su mal, pues la imagen de Victoria divagaba en su cabeza.
Algo en la hija de Ainsley lo inquietaba, algo que ni su éxito, ni sus conquistas, ni sus armas de poder podían borrar. Un aura la rodea que le causaba una sensación extraña, que no lograba descifrar, enojándose aún más, consigo mismo y con el recuerdo de Victoria que se negaba a salir de sus pensamientos.