Capítulo cuatro. Júrame que no sientes nada por ella

1083 คำ
Enzo miró a Atenea sonrojarse ante las palabras dichas por Anastasia, mientras que Florencia buscaba refugiarse en sus brazos. —Estás dando por hecho, muchas cosas, Ana, quizá Atenea no sea tan perfecta como quieres hacerle creer a todos —Florencia intentó devolverle el golpe. —Nunca dije o insinué que mi hija fuera perfecta, dije que Enzo sabe del talento que Atenea posee, depende de él aprovechar y explotar ese talento. Pero si no es Enzo y, si no es en la casa Lombardi, mi hija puede hacerlo en cualquier otro lugar que sepan apreciarla —respondió Anastasia con tal seguridad que Atenea se sintió profundamente orgullosa de la madre que tenía. —Será mejor que vayamos a casa —intervino Olimpia al ver las intenciones de Florencia de discutir con Anastasia en el aeropuerto. —Será lo mejor —concedió Ana tomando el brazo de Atenea y saliendo del aeropuerto. —¿Qué tal estuvo el viaje? —preguntó Olimpia una vez en la camioneta. —Todo bien, mamá, ¿Cómo has estado tú? —preguntó Anastasia. —Bien, hija. Y tú, cariño, ¿cómo estás? —preguntó la mujer dirigiéndose a Atenea. —Estoy bien, feliz y nerviosa al mismo tiempo. Cuando papá me dijo que Enzo había aceptado mi solicitud no podía creerlo —soltó con emoción. Enzo apretó los puños y rogó porque Florencia no dijera nada al respecto. Ella sabía que su madre había sido quién aceptó en su nombre la solicitud de Atenea y por un momento pensó que se lo haría saber a la joven. —No tienes por qué estar nerviosa, Enzo será un magnífico tutor y en caso de que él no pueda serlo, puedo llevarte a Roma —dijo viendo de nuevo a Enzo por el retrovisor. —¿Roma? —preguntó Ana y Atenea al unísono. —Sí, en Roma está Adriano De Santis, es el sobrino político de Massimo y sé que puedo confiar plenamente en él, aunque me temo que no será necesario, ¿verdad cariño? —preguntó. —Hemos hablado al respecto, mamá, y fui más que claro —espetó Enzo en un tono molesto que captó la atención de Florencia. —Lo sé, lo sé, es simplemente un recordatorio. De una u otra manera Atenea no volverá a Grecia hasta no haber culminado su pasantía —dijo Olimpia como si nada. El resto del trayecto fue una vaga conversación, Atenea miraba de vez en cuando las manos de Enzo y de Florencia, ella había tomado sus dedos en algún momento y ella trató de ignorar el dolor en su corazón. «No estás aquí por él, Atenea, estás porque quieres ser una profesional, ya que necesitas ganar experiencia y que nadie ponga en duda que lo has logrado únicamente por el apellido de tu familia», se obligó a pensar la joven. «Si las cosas se ponen difíciles, también puedes elegir irte a Roma», se consoló mientras Enzo estacionaba el auto frente a la gran mansión Lombardi. Atenea cerró los ojos, la última vez que había estado allí se fue con un amargo sabor de boca y con el corazón destrozado. —Hemos llegado, pedí a la cocinera que preparara un almuerzo para celebrar el inicio de un nuevo proyecto en la vida de nuestra Atenea —Olimpia en ningún momento dejó de mostrarse complaciente con la tímida joven. —Gracias, eres muy amable conmigo —susurró Atenea sonrojándose. —No tienes nada que agradecer, mi pequeña, eres como una nieta más para mí, aunque nuestros lazos no sean de sangre, te siento en mi corazón como un m*****o más de nuestra familia. Atenea asintió, mientras bajaron del auto. Sus ojos buscaron a Enzo, era algo que no podía evitar, el hombre parecía tener un imán que captaba su atención de una u otra manera. Con intención o sin ella, no obstante verlo fruncir el ceño, le preocupó al verlo discutir con su novia. Algo que le llevó a preguntarse si la causa era su presencia en Italia. —No voy a soportar esta situación por mucho tiempo Enzo —se quejó Florencia con tono afligido—. Ni siquiera sé en qué momento tu hermana dejó de verme como su cuñada. —Te daré un solo consejo, Florencia —respondió Enzo—. No te metas con Atenea, para mi madre es una nieta y para mi hermana es una hija —dijo tajante. —¿Y para ti? ¿Qué es Atenea para ti, Enzo? —preguntó mirándolo fijamente. Esperando estar equivocada. Esperando que su sexto sentido le estuviese fallando y que la expresión de molestia que miró en su rostro el día que Valentino habló de Atenea con tanto interés no fuera otra cosa más que un tío preocupado por su sobrina. Pero sabía que había algo más. El corazón se lo gritaba y ella no estaba ciega. —Atenea es mi sobrina, Florencia, no hay nada más —dijo el hombre—. No hay nada que temer, tú eres la mujer que amo —aseguró tomándola de los hombros y pegándola a su cuerpo. —Júrame que no sientes nada por ella —le pidió en medio de un sollozo. —Te lo juro —aseguró Enzo besando los labios de la mujer. —Entonces, ponle fecha a nuestra boda, Enzo —pidió haciendo que Enzo la viera con asombro. —¿Fecha para la boda? —preguntó casi sin darse cuenta. —Sí, vivimos juntos desde hace tres años, Enzo, ¿no consideras que es hora de formalizar nuestro compromiso y dar el siguiente paso? —cuestionó Florencia—. Es lo que mis abuelos han estado esperando desde que hablaste con ellos, somos italianos y para nosotros lo más importante es la familia y yo no estoy honrando a mis abuelos viviendo contigo en unión libre. Enzo se mordió el labio, levantó la mirada y se fijó en los hermosos ojos de Atenea, ella había escuchado la conversación, ni siquiera fue consciente que la joven se había acercado a ellos. —Atenea… —La abuela te espera en el comedor, tío —pronunció Atenea. Ella jamás se había dirigido de aquella manera a Enzo, pero si para él ella era una sobrina, él sería para ella un tío. Atenea estaba convencida de que olvidarse de su amor unilateral era lo mejor. Era mucho mejor olvidar y no sufrir por alguien que amaba a otra mujer y que jamás se fijaría en ella…
อ่านฟรีสำหรับผู้ใช้งานใหม่
สแกนเพื่อดาวน์โหลดแอป
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    ผู้เขียน
  • chap_listสารบัญ
  • likeเพิ่ม