—Le diré —prometí, aunque por dentro no sabía de dónde sacaría las fuerzas. —Esta noche tenemos una cena. Se lo diré entonces.
—Me parece lo correcto. Ahora, trata de despejarte. Tienes muchos pacientes hoy, pero te prometo que no pasarán de las cinco de la tarde para que puedas ir a prepararte.
—Gracias, Fátima. Hazlos pasar según su turno, por favor.
Me acomodé en mi silla, coloqué el estetoscopio alrededor de mi cuello y me preparé para enfrentar el día.
Dirá te todo el día estuve viendo a pacientes que recién acababan de enterarse d Edu embarazo, otras que ya lo sabían, y otras que estaban avanzadas, me había especializado en atender partos de alto riesgo.
Finalmente, las cinco de la tarde marcaron el final de mi jornada, pero no el final de mi ansiedad.
El reloj de pared de mi consultorio parecía burlarse de mí con su tictac incesante mientras me quitaba la bata blanca.
Me miré al espejo, retocando un poco mi labial, tratando de ocultar la palidez de mi rostro tras una máscara de normalidad.
—Lista para irme— Dije intentando sonreír. —Fátima te veo mañana, cuídate.
—Suerte amiga esta noche.
Salí de mi consultorio, iba a ir por el auto pero antes de marcharme, una pulsión extraña me llevó a desviarme de mi camino habitual hacia la salida.
Necesitaba ver a John. Necesitaba recordarme que, a pesar del diagnóstico médico, él seguía siendo mi ancla.
Caminé por el ala de ortopedia hasta llegar a su consultorio. Empujé la puerta sin previo aviso, una costumbre de confianza que hoy me devolvió una imagen que me hizo tensar la mandíbula al instante.
Su secretaria, una mujer joven que siempre me había parecido demasiado solícita, estaba inclinada sobre el escritorio de John, invadiendo su espacio personal.
Lo que me detuvo en seco fue ver que los dos primeros botones de su blusa estaban desabrochados, dejando a la vista mucho más de lo que el código de vestimenta del hospital permitía.
—Amor, ya me regreso a casa —dije, elevando la voz lo justo para marcar territorio.
John se sobresaltó ligeramente y se levantó de su silla de inmediato, dedicándome una de esas sonrisas que solían derretirme.
—Yo también he terminado por hoy, cielo —respondió él, guardando unos documentos en su maletín.
—Entonces nos iremos juntos —sentencié, sin quitarle la vista de encima a la mujer, que ahora intentaba disimular su postura.
—Sí, vamos. —me dijo y luego se giró hacia ella. —Por favor, organiza la operación que tengo mañana a primera hora. No quiero retrasos.
—Por supuesto, doctor Cooper —respondió ella con una voz que pretendía ser profesional, pero que a mí me sonó a puro almíbar.
Justo cuando estábamos a punto de cruzar la puerta, me detuve.
Me giré lentamente, clavando mis ojos en la secretaria con una frialdad quirúrgica.
—Por cierto —dije, señalando con un gesto vago. —se te olvidó cerrarte la blusa. Podrías pescar un resfriado con el aire acondicionado.
No esperé a ver su reacción. Salimos del hospital bajo el cielo teñido de naranja del atardecer.
Caminamos en silencio hasta el auto, pero en cuanto nos sentamos y cerré la puerta, el silencio explotó.
—¿Por qué le dijiste eso a mi secretaria, Lorena? —preguntó John, encendiendo el motor con una expresión de desconcierto.
—¿Es que no lo notaste? —le pregunté, girándome hacia él. —Tenía la blusa desabrochada a propósito. Estaba claro que buscaba seducirte, John, no seas ingenuo.
Para mi sorpresa, John soltó una risita que me hizo sonrojar.
—¡Lorena, por Dios! —dijo entre risas. —Sabes que solo tengo ojos para ti. Ni siquiera me fijé en eso. Estuve demasiado ocupado con las radiografías de la cirugía de mañana como para andar mirando botones.
Lo miré con los ojos entrecerrados y le propiné un pellizco rápido en el brazo, haciéndolo quejarse entre risas.
—Más te vale que solo tengas ojos para mí, John Cooper —le advertí, aunque por dentro una parte de mí se sentía pequeña y rota, pensando que si yo no podía darle hijos, otras mujeres intentarían ofrecerle lo que yo no podía.
Finalmente después de unos minutos, llegamos a la casa, a nuestro hogar.
—Tomaré una ducha rápida —le dije mientras subía las escaleras.
Me encerré en el baño y dejé que el agua caliente golpeara mis hombros, tratando de disolver el nudo en mi pecho.
Cerré los ojos, sintiendo el vapor rodearme, cuando de repente la puerta de cristal se deslizó.
Unas manos cálidas y conocidas me rodearon por la cintura desde atrás.
Era John, me giré bajo el chorro de agua, encontrándome con sus ojos llenos de deseo.
Lo besé con una desesperación que él confundió con pasión, pero que para mí era un grito de auxilio.
Nuestros cuerpos mojados se fusionaron bajo el calor de la ducha. John me elevó contra la pared de azulejos, y en ese momento, el mundo exterior dejó de existir.
Me acariciaba y me gustaba tanto que mis gemidos lo excitaba aún más.
Fue un encuentro intenso, sentía como su cuerpo era uno conmigo, estaba inmersa de placer entre sus brazos.
Nos arreglamos para la salida con una energía renovada.
Finalmente después de una hora, llegamos al teatro.
La obra de teatro era una pieza romántica envuelta en un halo de misterio. Durante toda la función, John mantuvo su mano entrelazada con la mía.
La trama era absorbente, llena de giros inesperados que nos mantuvieron al borde del asiento.
Al salir del teatro, no pudimos quedarnos callados con respecto a esa obra.
—Me gustó mucho la obra, fue fantástica —comenté mientras caminábamos hacia el restaurante.
—A mí también me gustó —coincidió él. —excepto la parte donde el protagonista muere. Me sentí fatal. Pero luego, cuando resultó que no era él, sino su hermano gemelo, todo cobró sentido. Fue un buen giro.
—Sí, estuvo realmente intensa —respondí, aunque mi mente ya empezaba a divagar hacia el tema que me aterraba.
—Vayamos a cenar a ese restaurante de aquí cerca, el que es al aire libre —sugirió él, señalando hacia una terraza iluminada con guirnaldas de luces.
A los pocos minutos estábamos sentados en una mesa pequeña, rodeados por el murmullo de otras parejas y el aroma a jazmín de la noche.
Tras ordenar la cena, John se inclinó hacia delante, tomó mi mano sobre el mantel y me miró con una seriedad que me hizo temblar.
—Lorena, sabes que te amo mucho —comenzó a decir. —Deseo pasar el resto de mi vida a tu lado.
—Yo también te amo, amor —respondí, tratando de mantener en calma.
—Por eso... creo que es momento de que ya no seamos dos, sino tres —dijo él con una sonrisa llena de esperanza. —Creo que es el momento perfecto para que tengamos un bebé.