Calientes Impresiones

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Creí que en mi primer día de trabajo no pasaría nada espectacular; pero me equivoqué. En una de las cámaras me encontré con una de las mujeres rubias que habían subido conmigo en el ascensor. Trasladé esa imagen a la pantalla principal y puse a prueba algo que aprendí del tutorial: Al hacer clic en un rostro, apretando una tecla, se iniciaba un escáner de reconocimiento facial. Algo que en aquel entonces me parecía de ciencia ficción, y que hoy en día me resulta de lo más normal. Gracias a eso descubrí que la chica en cuestión se llamaba Carolina, tenía veintidós años y contaba con una hermana mayor, de veinticuatro, llamada Jessica. Esa era la segunda rubia que había conocido ese día. Lo que me sorprendió es que cuando Carolina entró al ascensor, éste no empezó a bajar, que era lo más lógico, sino que subió. No podía ver lo que ella estaba haciendo allí dentro, pero sí sabía que subiría hasta el piso 38. Busqué alguna cámara que me diera imagen sobre ese piso y en pocos segundos la vi aparecer otra vez. Sinceramente no sé muy bien por qué la seguí, ya estaba dudando de si yo era buena para este trabajo, porque si me guiaba tanto por la curiosidad no aprendería a prestar atención a las cosas verdaderamente importantes. Carolina tocó timbre en uno de los departamentos del piso 38 y aguardó, mientras acomodaba la minifalda fucsia que traía puesta. Imaginé que era nueva. Además tenía puestos unos tacos negros y un top haciendo juego con la minifalda. Su atuendo era como para salir a bailar, se me hacía raro que estuviera vestida de esa forma tan temprano, apenas era el mediodía. La puerta fue abierta por un tipo, intenté aplicar el reconocimiento facial sobre él, pero la computadora me decía que no había datos. Seguí intentando, creyendo que era un error, y aquí ocurrió algo que me cambiaría la vida para siempre. De tanto toquetear conseguí activar otra cámara… pero no era una ubicada en el pasillo, sino que ahora podía ver al tipo de espaldas, saludando a la rubia que estaba entrando. Me di cuenta que esa cámara se encontraba en el interior del departamento. No lo podía creer, esto sí que tenía que ser un error. Estuve a punto de tomar el teléfono y llamar a Danilo; pero una vez más me venció la curiosidad. Apreté la tecla que me permite cambiar a las cámaras cercanas y pude ver el living del departamento desde otro ángulo. Así descubrí que había un segundo hombre. Sobre éste sí conseguí datos, se llama José y tenía cincuenta y dos años. Por un momento pensé que podría ser un tío, o incluso el padre de Carolina. Los dos tipos parecían rondar más o menos la misma edad. No se me ocurría otra razón para la que una chica tan joven se juntara con señores treinta años mayores que ella. Este día me marcó profundamente, no solo por descubrir que tenía acceso a unas cámaras localizadas dentro de un departamento, sino por lo que ocurrió después. José le preguntó a la recién llegada si quería algo para tomar… porque sí, también tenía acceso al sonido. Me asusté mucho cuando escuché la voz. La rubia respondió que no necesitaba nada, que así estaba bien. En ese momento vi que el hombre que le abrió la puesta se le acercó y la tomó por la cintura, esa mano empezó a bajar y se metió por debajo de la minifalda. El tal José se acercó a ella por delante y sin mucho preámbulo, sacó la v***a del pantalón. Me quedé atónita. Rápidamente repasé la información que tenía sobre él, leí un poco más y vi que no tenía hijos y era soltero. Definitivamente no estaba emparentado con Carolina… y la razón de la visita de la rubia era muy distinta a la que yo tenía en mente. Ella parecía estar tan decidida como los dos tipos, no lo dudó ni por un segundo. Se puso de rodillas y empezó a chuparle la pija a José. Sí, Amelia, como estás escuchando. Si te molesta que me ponga demasiado gráfica, te pido perdón; pero para que entiendas lo que yo sentí en cada momento, tengo que contar todo con lujo de detalles. Porque soy mujer y porque me molestó la actitud de Carolina cuando la conocí, pensé: “Esta rubia debe ser muy puta”. Sin embargo ella superó mis expectativas. Cuando el segundo tipo le ofreció la v***a, se la llevó a la boca con total naturalidad. La situación no tardó mucho en escalar. Pocos minutos después Carolina estaba en cuatro patas, en un sillón. Se la seguía chupando al que abrió la puerta y José le clavó la pija… no pude ver esto ya que el ángulo de la cámara era perfecto para apreciar cómo al rubia tragaba v***a; pero no podía ver lo que ocurría detrás de ella. Toqué el botón para cambiar de cámara y me encontré con una, que parecía estar casi a la altura del techo, que me mostraba perfectamente la penetración. Ella tenía la concha prolijamente depilada y estaba muy húmeda. Empecé a sospechar que Caro tal vez fuera una “Puta VIP”. Mis poderes deductivos aún no estaban muy bien afinados, porque en poco tiempo me di cuenta de que estaba equivocada. Los tipos cambiaron de lugar y cuando el segundo se posicionó para penetrarla, éste dijo: —¿Querés que te la meta por el orto? —¡Ay, sí! —exclamó ella—. Me encanta que me hagan el orto… Y así fue, la pija empezó a meterse por ese agujero y mi incredulidad seguía creciendo. A ver, Amelia, si de pronto te enterás que, por alguna razón, tenés acceso a cámaras en el interior de un departamento, es lógico pensar que alguna vez te vas a encontrar con una escena s****l. Sin embargo lo más probable es que sea una pareja cogiendo normalmente… no dos tipos rompiéndole el culo a una pendeja puta. Para mí fue sumamente impactante que este fuera mi primer contacto con las cámaras que estaban dentro de los departamentos. Porque sí, como ya estarás sospechando, este no era el único lugar en el que había cámaras escondidas… cámaras que supuestamente no debían existir, a las que solo yo tenía acceso. Reynaldo Noriega era un pervertido que le encantaba espiar a la gente en sus casas. Pero ahora no es el momento de ponerme a explicar cómo y por qué hizo esto. Basta con que sepas que para mí fue el día que lo cambió todo. Al ver esas imágenes me invadió una de las calenturas más grandes que experimenté en mi vida, no solo porque estaba viendo cómo a esa chica se la cogían entre dos tipos (lo cual ya era algo digno de ver), sino porque ellos no sabían que yo estaba observando. Esa sensación de poder es increíble. Es muy difícil explicarla, si nunca la experimentaste. Tuve que sacarme el pantalón, abrir la piernas y comenzar a pajearme de inmediato. Si hubiera sido una chica responsable, en ese momento debí llamar a la policía. Sin embargo la situación me dio tanto morbo que no pude hacer otra cosa. —Y pensar que te hacías la difícil, pendeja —dijo José, mientras Carolina le chupaba la pija—. Y mirá ahora… estás entregando el orto como una tremenda puta. —Ay… es que yo no sabía que tenían pijas tan lindas. —¿No era que no te gustaba la pija? —Preguntó el segundo tipo—. Me acuerdo que cuando sugerimos que debías ser muy puta, te hiciste la ofendida y dijiste que vos no andabas probando pijas por ahí… y mirá ahora, vos solita viniste a comer poronga. —También decías que ni loca cogerías con viejos como nosotros… —No sé cómo hicieron para convencerme… pero acá me tienen… rómpanme el orto entre los dos. —Vení, putita… José se sentó en el sillón, con su v***a bien erecta. A Caro no tuvieron que explicarle lo que tenía que hacer, ella solita se sentó sobre ese m*****o erecto, con las piernas bien abiertas. Gracias a las cámaras que tenía seleccionadas pude ver cómo esa pija se deslizaba al interior de su culo. El segundo tipo se colocó delante de ella y se la metió por la concha. Carolina no estaba ahí por dinero, sino por pleno gusto. Se la pasó gimiendo y gritando que quería que le dieran mucha v***a por el orto. Yo llegué a uno de los orgasmos más potentes de mi vida. Esa rubia no dejó ese departamento hasta que los dos tipos le acabaron por todo el cuerpo, quedó desnuda, toda transpirada, y con abundantes líneas de semen sobre sus tetas y su cara. Una imagen sumamente morbosa, especialmente si a esa persona la viste personalmente en algún momento. De momento voy a dejar la historia por acá, Amelia. Espero que te animes a mirar el video que seguirá a éste, porque todavía me quedan muchas cosas para contar sobre mi trabajo en SpyCam… y sobre Carolina. Te mando un beso grande, hija. Te amo mucho. Hasta la próxima.
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