4. El primer coqueteo

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Sofía Siempre he sabido mantener mi papel, desde que tengo memoria hago lo que se me pide. Las notas en un promedio destacable, un circulo de amigos decente, modales perfectos. No era vulgar. No podía hacer nada que estuviese fuera de lugar, eso incluía seducir a mi padrino. Pero las cosas en mi cabeza estaban trabajando, mi menté había ideado un plan y pensaba cumplirlo a como de lugar. Iría por Alejandro y lo haría hoy. Mi semana termino bien, la universidad no tenía mucho para mí en estos días. Seguía con mi nueva amiga, charlando, paseando de un lado al otro mientras intentaba dejar de pensar en Alejandro. No me resulto fácil, ni siquiera pude tener mi mente en sintonía con mis estudios, todo porque no deje de pensar en él, no tenía como. Me había insinuado, observé sus pupilas dilatarse, lo vi inspirar profundo y luego volver a ser un tempano de hielo. Tal vez por eso, estaba poniendo mucho de mí esta noche. Mis labios estaban de un rojo carmesí, mis ojos delineados para hacerlos más profundos y llamativos. Mi cabello caía en ondas relajadas y bien cuidadas. Llevaba un vestido rojo, corto, con escote en forma de corazón y dos pequeñas mangas en forma de globo. Estaba lista para esto, verlo de nuevo e intentar algo más. La brisa cálida del verano soplaba suavemente mientras caminaba hacia la terraza del club. La ciudad, con sus rascacielos imponentes y sus calles bulliciosas, parecía un mundo paralelo al del ambiente relajado del lugar. El club privado, al que mi padre me había invitado para cenar esa noche, estaba lleno de mesas de mármol y luces tenues que daban un aire de exclusividad, pero lo que más me llamaba la atención era la figura que permanecía en un rincón, aparentemente perdido en sus pensamientos. Alejandro. Estaba allí, como siempre, impecable. Su traje oscuro, que parecía estar hecho a medida, destacaba sus hombros anchos y su figura esculpida por años de gimnasio y control. Siempre tan perfecto, tan distante. Su mirada fría parecía escanear el lugar sin realmente ver nada. Como si cada movimiento que hacía estuviera cuidadosamente calculado. Pero, a pesar de todo, algo había cambiado desde la gala de hace unas noches y aquel almuerzo. Esa chispa en sus ojos, la sombra tormentosa que había aparecido en su rostro al verme, me había dejado el camino libre para lo que venía. Desde aquella gala, había algo en el aire que me mantenía inquieta, como si el universo hubiera comenzado a girar más rápido, arrastrándome con él. Al menos así parecía cuando me observaba, tal y como lo hacía ahora. La manera en que sus ojos se cruzaron con los míos, y esa mirada fugaz, tan intensa, que parecía querer decir algo más me erizo la piel. Había algo inconfesable en su actitud que me hacía sentir viva de una manera extraña, y ahora, en este lugar lleno de lujo estaba dispuesta a hacer que aquello tomara el rumbo correcto. — Buenas noches —sonreí y sus ojos pasaron por mi cuerpo. — Sofía —miró a todos lados —¿Qué haces aquí? Algo me decía que estaba esperando ver a mi padre conmigo, al menos eso parecía en este momento. Lo que me hacía preguntar, cuál era el sentido de ello, habíamos estado solos en otras ocasiones. — Soy socia del club —moví la mano llamando al mozo —¿Puedo unirme a ti, Alejandro? —mi voz salió más suave de lo que esperaba, pero suficiente para romper la tensión que nos rodeaba. Giró lentamente, su mirada encontrándose con la mía, pero en sus ojos no había más que una calma inquebrantable que siempre me había desconcertado. Estaba segura de que me había observado con deseo, tan segura de ello que no comprendía del todo su repentina frialdad con mi persona, no me gustaba. Quería causar algo en él. — Por supuesto, Sofía —respondió sin mostrar ningún signo de incomodidad, aunque pude notar una pequeña tensión en su mandíbula. Quizá, solo quizá, estaba tan consciente de mi presencia como yo lo estaba de la suya. Me senté frente a él, cruzando las piernas con una gracia que sabía que atraía la mirada de los hombres, pero en este caso, sabía que no tenía que hacer un esfuerzo demasiado grande. Alejandro ya estaba prestando atención a mis movimientos. Podía sentir su mirada sobre mí, aunque él intentara disimularla con una sonrisa cortés. — ¿Cómo has estado? —hable como si nada y me observó. — Algo estresado —movió el vaso de whisky en su mano. — Hay algunas cosas que se pueden hacer para solucionar eso —pase la lengua por mi labio e incline levemente hacia adelante. — ¿Sí? —sus ojos recorrieron mi rostro. — Claro —me incline de nuevo hacia atrás —, charlas, por ejemplo. Regla número uno, nunca te veas desesperada, a los hombres no le gustan las mujeres así. Bueno, tal vez sí, pero solo para pasar el rato. Yo no quería un rato con él, quería todo el festín. — ¿Hablar? —afirmé. — Dime, que te ha pasado. — Señorita, buenas noches. Mis ojos fueron al mozo, curve mis labios en una sonrisa encantadora obteniendo una en respuesta por parte de él. Me di palmadita mentales al ver como Alejandro observaba al sujeto que estaba frente a mí como si quisiera matarlo. Pedí mi trago, coquetee un poco con él y de nuevo miré al sujeto frente a mí. — Te ves diferente, Sofía. Comentó sin mucho énfasis, mientras tomaba un sorbo de su copa. Sus palabras eran las mismas que dijo cuando nos cruzábamos en el evento. Nada fuera de lo común. Pero esta noche, su tono parecía más… introspectivo. — ¿De qué manera? Pregunté, sin poder evitar una sonrisa traviesa. No era la típica respuesta que esperaría de alguien como yo, pero de alguna manera me sentía más audaz hoy. Había algo en el aire que me incitaba a desafiarlo, a ver si podía romper ese control tan absoluto que parecía tener sobre mí. — Más madura, tal vez. Respondió, sin que sus ojos se movieran del todo de la copa. Pero pude ver la leve tensión en sus hombros. Tal vez lo estaba inquietando, tal vez no. Posiblemente fuera a causa de su estrés, pero era evidente que algo había cambiado. Me incliné un poco hacia adelante, aprovechando la oportunidad para acercarme, justo en ese punto de su desconcierto. No sabía exactamente qué quería lograr, pero sentía que debía poner a prueba la paciencia de Alejandro, hacer que rompiera un poco su fachada de frialdad. — ¿Madura? —repetí, riendo ligeramente —. No estoy tan segura de eso, Alejandro. Simplemente he atravesado esa etapa que te convierte en lo que soy una mujer —subí mis hombres —, creo que el problema es que todavía no te acostumbras a verme tan grande. Necesitaba que me viese como lo que era, una mujer, no necesitaba más esa imagen de niña pequeña por parte de él. — Al menos no queda nada de esa niña. Mis palabras flotaron en el aire entre nosotros, con una carga eléctrica que hizo que la distancia entre nosotros pareciera más corta. Podía notar cómo él se tensaba al escucharme, la manera en que sus ojos, aunque aún fríos, se estrechaban ligeramente. Estaba jugando con fuego, lo sabía, pero era un juego que me excitaba. La idea de hacer que él cediera, aunque fuera un poco, me llenaba de una curiosidad ardiente. Alejandro se inclinó hacia mí, y aunque no me tocó, la proximidad entre nosotros se volvió más palpable. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa, una que no era completamente amable, pero tampoco completamente indiferente. — Creo que sabes muy bien cómo hacerme perder la calma —su voz fue más baja de lo habitual. Fue una respuesta sorpresiva, pero gratificante, me hizo sentir que estaba más cerca de lo que imaginaba de conseguir lo que quería. — Creo que puedo hacer que la pierdas de muchas maneras. Mi corazón latía con más fuerza, no por miedo, sino por la satisfacción de haber logrado algo que ni yo misma esperaba: provocar una reacción en él. Pero no era suficiente. No podía quedarme con eso. Quería más. — ¿Perder la calma? —consulto entretenido. — Exacto, cada parte de ella puede desaparecer —reí suavemente, inclinándome un poco más hacia él. — Estás jugando con fuego —me dejaron el vaso con mi Manhattan y bebí de él. — Tal vez solo estoy empezando, Alejandro —mis ojos volvieron a él —. Y quizás te parezca interesante ver hasta dónde soy capaz de llegar. Mis palabras, claramente desafiantes, eran el primer paso en un juego que había comenzado sin que ninguno de los dos lo supiera realmente a que nos enfrentábamos. Yo no estaba acostumbrada a sentirme de esta forma, tan vulnerable y, a la vez, tan llena de poder. La sensación de tenerlo al borde de perder el control me excitaba de una manera inconfesable. Alejandro respiró hondo, como si estuviera tomando aire para calmarse. Se apartó ligeramente, pero no lo suficiente como para evitar que mi perfume se quedara en el aire entre nosotros. Lo había descolocado, y aunque no lo demostrara abiertamente, podía verlo en su postura, en su mirada más intensa. Algo había cambiado. — Sofía —esa palabra sonó como un límite. Un límite que sabía que iba a romper tarde o temprano, pero que no quería cruzar todavía. — Oh, te dio miedo —me acomodé de nuevo —, puede pasar. — No sigas por este camino. Esto no es un juego. No podía evitar sonreír. No lo tomé como una advertencia, sino como una invitación velada, aunque intentara esconderla detrás de su tono firme. — ¿Quién dice que no es un juego, Alejandro? —respondí con una sonrisa juguetona —. Tal vez es una invitación, quizás, un poco de diversión —moví mi vaso de nuevo —, o quién te dice y solo quiero transpirar un poco. El silencio que siguió estuvo cargado de tensión. Yo sabía que el control de Alejandro se deslizaba entre sus dedos, pero también estaba al corriente que él tenía suficiente fuerza para sostenerse en pie, por ahora. La cuestión era cuánto más podría resistir. Esté era mi primer coqueteo, si es que se podía mirar de esa manera. Solo necesitaba que dejase de lado la niña y me viese como una mujer. Tenía su riesgo y lo sabía, Alejandro podía ir con mi padre y decirle, pero algo en mí sabía que no lo haría. Sentía su atracción y yo había comenzado. Y aunque mi corazón palpitaba con fuerza, sabía que este sería solo el inicio de algo mucho más complejo. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me sentí invencible.
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