Elena ElenaEl coche de Abby era más apto para una pista de carreras que para la autopista; las ventanas estaban tan polarizadas que nadie podía ver el interior y yo me sentía agresiva. El violento rugido del motor me sentaba muy bien. A mi lado, en el asiento del pasajero, el pobre Tane tenía sus largas piernas dobladas como un pretzel y el cuello inclinado, haciendo que su barbilla casi tocara su pecho. Sin importar lo que hiciera, su cabeza rozaba el techo. No había forma alguna en el mundo de que pudiera conducir, lo cual le había hecho maldecir y exigir que nos lleváramos otro coche. Desafortunadamente para mi hombre, no había otros vehículos disponibles. El señor Gregg había guardado todos los juegos de llaves, excepto las de Abby, en su caja fuerte personal. Meter a Tane en este c

