Marcelo deseaba entrar a la habitación y sostener la mano de Alessandra, asegurarle de que todo estaba bien, de que todo saldría bien; sin embargo, no debía entorpecer el trabajo del médico, no deseaba robarle a Alessandra y su hijo la atención del profesional. Eso no hacía que su corazón estuviera tranquilo, todo lo contrario. Estaba lleno de miedo y de dolor, si perdía a su hijo, él… El golpe de un puño golpeando la pared hizo estremecer a la enfermera que se apresuraba en su dirección. —¡Señor! —exclamó entre asustada y preocupada. Marcelo no se giró para verla, su mano estaba herida, pero nada era comparable con la herida que llevaba en el corazón. —Será mejor que vuelva a la sala de espera, tendrá noticias pronto —le dijo, sin moverse de su sitio, temerosa de convertirse en la

