Y tu sueño será grato

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La sensación de quedarme poco a poco descubierta me erizó la piel y calentó el rostro; intenté cubrirme con rapidez pero amarga fue la sorpresa al caer en cuenta de que no podía mover ni un solo músculo, lo que significaba que ahora mismo estaba completamente a merced de esa fuerza desconocida y material que subió mi dobladillo hasta dejar mis piernas expuestas al frío ambiente que me hizo estremecer. «Tienes que despertar, ¡despierta!» me decía, pero las cosas no parecían tomar el rumbo que yo esperaba o rogaba que tomaran. Interrumpiendo mis desesperados pensamientos, un agradable calor me envuelve como producto de un par de brazos dotados de una fuerza que me hizo sentir indefensa entre ellos; me sentía tan pequeña y manipulable que cuando la tibieza de una húmeda lengua trazó un lento camino desde la base de cuello hasta perderse detrás de mi oreja no pude hacer más que soltar un quejido. La confusión nublaba mi mente, estaba volviéndome dócil a su descarado tacto que, como si supiera de este hecho, se dió la tarea de desabrochar uno a uno los botones de mi vestido bajo el que no llevaba ninguna prenda más que cubriera mi agitado tórax. Cuando sentí que se abrió hasta mi ombligo, cerré los ojos con fuerza a pesar de no poder ver nada, de todas formas. Mis pechos quedaron expuestos de un momento a otro y no tardaron en ponerse rígidos ante la falta de cobertura y protección; picaban, las sensibles puntas dolían al contraerse de tal forma que cuando el par de manos amplias y atrevidas los acunaron, estos condujeron una sensación electrizante que afectó directamente a mi vientre bajo. El hormigueo era algo que jamás creí sentir en ese preciso lugar. Un suspiro abandonó los labios que tenía pegados a mi cuello, como si se hubiera enterado de mi reaccion, y sus manos no se quedaron quietas por más tiempo, amasaron a su antojo, separándolos y juntándolos a su conveniencia sin olvidarse de apretar entre sus dedos los delicados y duros botoncitos que se resentian y me hacian querer retorcerme para evitar el contacto. No sabía cómo nombrar lo que estaba sintiendo, estaba molesta al ser deshonrada de esta forma, que mi cuerpo, aquel que se había mantenido a salvo de cualquier tacto que no fuera por mera higiene, ahora estuviera con la ropa abierta a voluntad de un extraño que se había apoderado de él y lo impregnaba de su lujurioso rastro desesperado. Pero, ¿qué podía hacer? Le dejé hacer lo que quería mientras solo pude hervir de rabia y vergüenza a la respuesta carnal de mi propio ser. Como si lo que habia hecho hasta el momento no fuera suficiente, una mano deja uno de mis pechos para tomarme del cuello y presionarme hacia adelante, donde di con una superficie plana en la cual se apoyó mi frente. Mi boca se entreabrió ante el cambio brusco de postura y justo cuando creí que todo terminaría, lo que parecía ser un pie separó mis tobillos, poniendo a ebullir mi rostro por la humillación. Estaba ahí de pie con el vestido alzado, mi pecho descubierto y ambos senos magullados y profanados mientras mis piernas acababan de ser abiertas por la fuerza. Inluso la palabra humillante se quedó vana. Me enfureció el estar agradecida de no poder ver nada. Ambas manos; ásperas, grandes y fuertes; se deslizaron por mis costillas con lentitud hasta detenerse un poco a cada lado de mis caderas las que masajeó suavemente antes de seguir su recorrido por mis glúteos, cubiertos por nada más que mis delgadas bragas de algodón, y acarició con sus pulgares la marcada línea que los separaba de mis muslos. Tocaba como si tuviera todo el tiempo de mundo, como si se deleitara tanto en el tacto como en el temblor que había empezado a experimentar por sus acciones. Para mi mala suerte, no tardé en sentir horrorizada cómo el calor de una respiración se instaló en el hueco al inicio de mis piernas. Mi cerebro dió un brinco y se puso en modo emergencia para lograr a toda costa devolverme el control de mis sentidos pero al rostro que tenía casi pegado a mi zona íntima poco le importó. Sus dedos separan mis glúteos provocando que la tela de mi ropa interior se encaje entre mis labios y, justo cuando el aumento drástico de calor me preparó para lo que venía a continuación, el sueño empezó a difuminarse hasta que me dejó ir. Tan pronto como desperté, me levanté de un salto de la cama sin importarme las mantas que arrastré mientras tomo grandes bocanadas de aire. Escuché a Lucía despertarse y tantear la mesa en busca de los cerillos, cosa que me puso alerta. — ¡Vuelve a dormir! —ordené, deteniendo sus intenciones. Se quedó en silencio por un momento antes de que escuchara que había vuelto a cubrirse con las mantas y no tomar parte en este asunto. Mi rostro ahora mismo era un libro abierto, ni siquiera yo misma sabía si podría volver a ver mi reflejo, estaba exaltada y molesta; ahora mismo podría abrir mi tumba y saltar a ella voluntariamente. Palmeé mi vestido efusivamente para comprobar que estaba todo en orden y arranqué de un tirón mi toalla para emprender camino hacia los baños. Las habitaciones eran muy sencillas, ninguna aparte de la de los hombres poseia un baño privado. Así que, teniendo esto en cuenta, fui casi corriendo al baño y llené una palangana de madera con agua para, sin más demora, empezar a lavarme como si mi cuerpo hubiera sido manchado, tallando cada extremidad y deseando poder hacer lo mismo con mis recuerdos, los cuales se negaban a soltar las imágenes. *** La sensación arrulladora de una manta sobre mi cuerpo me obliga a abrir los ojos, mirando gracias a la tenue luz que proyectaba la lámpara de aceite el rostro preocupado del padre Luis. Me removí un poco, dándome cuenta por mi ropa mojada que me había quedado dormida en el piso del baño. — Ví la luz de la lámpara, pensé que alguien la había dejado y te encontré tendida aquí —explica—, ¿te imaginas si te hubiese encontrado la madre superiora? Él soltó una risa y yo le imité levemente, incorporándome poco a poco y cubriéndome con la manta hasta la cabeza. — ¿Hay algo que te agobia? —pregunta, pero me apresuro a negar— Sé que este comportamiento no es digno de ti, Charlotte, no trates de ocultármelo. Ni siquiera has entrado a reclusión todavía. Le miro un poco conmovida al ser consiente de que me conocía muy bien. No estaba exagerando cuando dije que el padre Luis era como un padre para mí. — He estado durmiendo muy poco por algunas pesadillas, no es nada demasiado importante —hice saber, omitiendo, por supuesto, la última pesadilla que había experimentado—. Además, todo lo sucedido con Rita me tiene preocupada. Ella no merece estar pasando por esto, es una buena chica y me niego a recluirme hasta que ella vuelva. El hombre cabellos blancos suspira y palmea fraternalmente mi espalda. — Sabes, Charlotte —empieza, encaminándome a la salida—, de entre todas las aspirantes y novicias que en los últimos años han pisado este convento, jamás vi a otra con la misma determinación por volverse monja como tú —confiesa, haciendo que le miré de repente. Me regala una sonrisa y aprieta de manera juguetona mi nariz antes de continuar–, pero debes saber que el mal no ataca a las personas débiles, siempre busca hacer caer a los fuertes. Habiendo dicho eso, tira de uno de los mechones de mi cabello que se había escapado, haciendo que lo recupere de inmediato y vuelva a esconderlo bajo la manta. — Tenía años sin ver tu cabello, déjatelo suelto alguna vez —sugiere, pero yo niego. — Ni la madre superiora lo aprobaría, ni yo la contradeciría. Suelta una risa y me da dos palmadas en la espalda. — De acuerdo, ya vuelve a tu habitación o ambos tendremos problemas con ella. Asiento, despidiéndome cordialmente del padre y vuelvo a hurtadillas a mi habitación donde Lucía estaba sumida en un profundo sueño. Por mi parte, ya no pude ni quise retomar mi descanso, en su lugar me dediqué a leer algunos pasajes y decir un par de plegarias con la esperanza de que aquello que había logrado envenenar mi inconsciente no volviera a hacerlo. Pensé mucho en las palabras del padre Luis y, por alguna razón, encontré paz en ellas. Con los primeros cantos del gallo dio inicio un nuevo día. Como ya era habitual, todas comimos reunidas en el comedor y luego cada una acudió a donde quiera que debería estar para cumplir sus tareas diarias. Este día mi misión era ocuparme nuevamente del patio por lo que, tomando un rastrillo y un delantal, emprendí camino hacia la parte de atrás del convento, donde solía empezar. Iba tan ensimismada durante mi trayecto, tarareando la nueva melodía que mi cerebro acababa de componer y jugando con el palo del rastrillo que no me di cuenta que nuevamente me dejé indefensa, cosa que alguien aprovechó. De un momento a otro sentí que alguien tomó mi brazo con firmeza y tiró ágilmente de mí hacia uno de las columnas sin siquiera dejarme una oportunidad para reaccionar. Tras un momento de desconcierto, mi boca se abre para soltar un grito pero una mano la cubre rápidamente. — Shhh —sisea una voz masculina que hace mucho tiempo no oía—. Soy yo, no grites. Ante esas palabras, mis ojos enfocaron el rostro del joven frente a mí y, sin pensármelo, mis brazos le rodearon de golpe.
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