Thiago dejó un dulce beso sobre la frente de su madre. El corazón se le convirtió en cenizas al recordar lo mucho que siempre había intentado protegerla de todo, de todos. El saber que, por más que había intentado, había fracasado en ciertas cosas, lo llenaba de una furia inmensa hacia sí mismo. —Toma asiento, preparé para ti tu jugo favorito. Para Larissa, la madre de Thiago, resultaba poco sorprendente que su hijo se apareciera a aquellas horas en la madrugada. El reloj marcaba las dos de la madrugada, pero para ambos era poco particular encontrarse despiertos a aquellas horas. Ella conocía el trabajo de su hijo, y aunque no lo terminaba de aprobar, jamás le había dado algún reproche al respecto. Thiago era su pequeño mimado. Su pequeño oso polar como solía llamarlo, debido a su tan característico color de piel. Era como la nieve, aunque, irónicamente, Thiago era fuego. —¿No se ha aparecido por aquí ese bastardo? Larissa mordió sus labios ante la pregunta. Los recuerdos estallaron en ella como una pesada bomba. Anhelaba poder borrarlos, poder cambiar la infancia privada de felicidad que le había dado a su pequeño. Recordaba a su pequeño oso polar vomitando sangre tras haber sido golpeado por su padre, así como se recordaba a sí misma intentando detener inútilmente las golpizas hacia su pequeño de solo doce años. —No, no se ha aparecido. No creo que lo haga. —Sabes que el imbécil lo hará. —Thiago mordió sus labios con furia; la simple idea de su madre y él pasando por el infierno, de nuevo, lo horrorizó, lo llenó de furia. Ambos se merecían la paz de la que habían sido privados—. Y estaré aquí para matarlo cuando lo haga. —Thiago, no… —No nada, mamá. Lo mataré con mis propias manos cuando ese bastardo ponga un pie aquí. —No te transformarás en un asesino, Thiago. No permitiré que tus manos se manchen de sangre. —Matar o morir, mamá. —¡No digas esas cosas! ¡Tu padre no se aparecerá aquí y no tendrás que matar a nadie! —¡Sabes que sí lo hará! ¡El maldito aún sigue obsesionado contigo! —Thiago peinó su cabello de manera reiterada—. Creo que mandó a alguien para que me espíe. —¿Pero qué me dices, Thiago? —No estoy seguro. Una muchacha se me acercó hoy en el club pidiendo un aventón. Vestía como monja. Larissa le dedicó una perpleja mirada a Thiago. —¿Por qué una monja te pediría un aventón? —Esa es la duda que no ha salido de mi cabeza desde que la dejé en su casa. —¿Aceptaste llevarla a su casa? —Una débil sonrisa emergió de los labios de su madre—. Thiago haciendo favores, cosas que no se ven casi nunca. Él emitió una suave risa. La única persona que le había escuchado reír de verdad, había sido su madre. —Pues, era muy bonita, admito. —La sonrisa del hombre creció—. Me dijo que "Dios me bendiga". —Me parece una muy tierna muchacha, Thaigo. ¿No sabes su nombre? —No, pero conozco el sabor de sus labios. —Thiago… —Fue solo una broma, mamá. Ella lucía tan asustada por todo, que hice eso. —Thiago mordió sus labios mientras reía—. Se quedó perpleja mientras me fui. En verdad creo que si era una futura monja. —Thiago Ivanov, ¿me estás diciendo que le robaste un beso a una monja? Thiago liberó una infantil risa ante el golpe de su madre. —De todas formas, no creo verla jamás, mamá. —¿Andas por ahí robándole besos a todo lo que se mueva? La risa de Thiago se expandió por los rincones de la casa como una segunda pared. —Mamá, ese es mi primer beso en unos… nueve meses. Larissa enarcó una ceja. —No quiero saber más —le dijo entre ahogadas risas—, solo… El sonido de la puerta irrumpió la paz. Ambos se bañaron de pánico y miseria. Dos de la mañana. Nadie tocaba a las dos de la mañana en la puerta de su casa. A no ser que se tratara de… —¡Larissa, maldita zorra, estoy de vuelta! La voz de su padre ocasionó que los oídos de Thiago ardieran. *** El reloj marcó las dos de la mañana, ella apenas contó con la fuerza para elevar sus ojos hacia la hora. El dolor en su cuerpo le impidió levantarse del suelo, mucho menos vestirse. El contacto de la tela con su piel, ardía casi con el mismo vigor de los azotes de su padre. Lorena se quebró en lágrimas. Ella tenía la idea de que podía dedicarse a amar a Dios, pero sin ser monja, pero su padre suprimiría aquellas ideas con latigazos. No tener el control sobre sí misma, resultó tan amargo, mucho más en aquel instante, que por alguna razón se comparaba a sí misma con aquel stripper Thiago, que parecía demasiado libre. Lorena jadeó cuando intentó sentarse, le tomó toda la fuerza en sus extremidades el no dejarse caer de nuevo. La muchacha empezó a arrastrarse hacia su cama. El malestar que sentía en el cuerpo, era uno indescriptible, como si se hubiese acostado sobre vidrios y después se hubiese bañado en acido. Apretó sus puños, encolerizada. No se suponía que quienes le habían dado la vida, la trataran así, como un animal. Más que nunca, anheló poder huir, pero sus posibilidades estaban estancadas: no tenía empleo, ni amigos —no que le brindaran apoyo en aquel sentido—, tampoco tenía a donde ir, ni sabía manejarse por el mundo. Su infancia se había basado en estar encerrada en su casa mientras veía los días pasar, mientras veía como las hojas de los árboles perdían su verdor. Lorena llevó las manos a su frente, suspirando en angustia: tenía demasiada fiebre. Los golpes habían ocasionado aquello en su cuerpo, el cual aún no se acostumbraba a los maltratos de sus progenitores, a pesar de que durante toda su vida había sido tratada con crueldad. Lorena se detuvo a pensar: si se dormía con aquella fiebre, moriría posiblemente, pero decirle a sus padres que la llevaran a un hospital, era una idea completamente descartada. La muchacha chilló de dolor hasta conseguir levantarse, luego se movió de manera lenta hacia su mesa de noche, de donde sacó dinero. El miedo se apoderó de cada una de sus células: si sus padres se enteraban de que ella huía, la matarían a golpes, pero si no salía, moriría de todas formas. Por una vez en su vida, ella tenía que armarse de valor, si moriría, al menos sería no siendo una cobarde. Aquellos pensamientos la motivaron para, entre dolores, vestirse. Le costó un mundo, más de diez minutos caminar hacia la ventana de su habitación, las cuales sus padres se habían olvidado de sellar para su dicha. Por allí, Lorena salió, jadeando al sentir como su herida se restregaba contra la tela de su ropa. El amor de Dios era eterno, el de sus padres no. Lorena sintió un profundo odio por sus padres. A medida que intentaba caminar hacia el hospital, anheló tener un hombro sobre el cual apoyarse. Ella desconocía que sus peticiones serían escuchadas.