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1839 Words
Entra al salón cerrando la puerta detrás, la universitaria que trae mi mundo de cabeza. Camina hacia mí con toda esa seguridad y confianza que detona. Centro toda mi atención en ella y dejo de lado algunas tareas que me encuentro corrigiendo. Esmeralda viste una musculosa roja con un leve escote, junto a unos shorts rojos. Puedo suponer que le gusta demasiado el color rojo y que es uno de sus preferidos, ya que se lo puedo ver siempre usándolo en alguna parte diferente de su cuerpo. Sin decir alguna palabra se sienta en mi regazo dada vuelta, inclinándose a ver papeles que yacen allí. Presiona su trasero contra mi m*****o, creando una fricción placentera. Está provocándome. Y para bien o para mal, Esmeralda sabe lo que está haciendo. Pero aun así muestra su apariencia inocente e indiferente. Llevo mis manos a su cintura presionándola discretamente contra mí y mi m*****o se coloca duro al instante. Estoy dándome cuenta que me fascinaba tener a Esmeralda en mi regazo, sentir su presencia y aroma tan cerca mío. — ¿Sabes lo que me gusta de ti? —suelta. Gira todo su cuerpo y me mira fijamente a los ojos. No tiene miedo de decir las cosas, no tiene vergüenza. No desvía la mirada, cada cosa que decía lo hace mirándome directamente a los ojos. Y eso me agrada. — ¿Qué? —pregunto con respiración agitada. Mi m*****o da una leve sacudida al sentirla más de esa fricción placentera. Acorta un poco la distancia y se mueve más cerca, acercando su rostro al mío. Mi m*****o roza levemente con su entrepierna, pero al parecer no se da cuenta ya que no se inmuta en hacer alguna expresión de sorpresa o indignación. —Tu tranquilidad, me agrada. —confiesa. Su mirada se desvía hacia mis labios quienes se encontraban entreabiertos, deseándola. Dejó un lento beso que lo único que hizo fue provocarme y desearla más, para luego separarse mordiendo mi labio inferior suavemente. — ¿Ah sí? —pregunto incrédulo. No pensé que me prestaba atención tanto como para descubrir que era lo que le gusta de mí. Es observadora al igual que yo, simplemente no lo deja ver. Es de esas personas que saben todo pero lo ocultan frente a los demás. Asintió volviéndose a girar quedando frente al escritorio, aun en mi regazo. No es estática, no le gusta quedarse en un solo lugar por largo tiempo. El silencio se apodera de nosotros y me atrevo a ser yo el que tenga el control en esta situación. Subo una de mis manos a su hombro dejando leves caricias allí y luego deslizo el bretel de la blusa junto al bretel del brasier n***o que lleva puesto. Puedo notar como todo su cuerpo se tensa y se endereza ladeando la cabeza hacia atrás, en búsqueda de mi tacto. Acaricio la zona, admirando su piel de porcelana. — ¿Qué crees que haces? —murmura. Esta vez no cruzó mirada, sus ojos están centrados en un punto desconocido del salón. Se encuentra perdida en sus pensamientos pero aun consciente de lo que esta sucediendo. Sin contestación de mi parte junto a una sonrisa, dejo un suave beso en la piel de su cuello, haciéndola estremecer y ladear la cabeza hacia atrás. Luego beso por varios minutos su clavícula provocando que su piel se erice y suelte un suave jadeo, que se encargó de tapar con sus manos. —No hagas eso. —susurro en su oído. Muerdo el lóbulo de su oreja suavemente. — ¿El qué? —Ocultar tus jadeos provocados por mí. —explico. Puedo notar una mínima sonrisa en la curva de sus labios. Continuo mi camino de suaves y excitantes besos desde su clavícula finalizando en su hombro. Siento su respiración agitada y aprecio lo excitada que se encuentra en el instante que cierra sus piernas apretándolas contra ella. Le he provocado, lo sé. Se gira sobre mí rápidamente llevando su mano hacia el cinturón de mi pantalón, desabrochándolo torpemente. Suelto una leve risa divertida y la ayudo a quitarlo. Baja los pantalones lo suficiente para poder escabullir su mano y acariciar mi m*****o sobre la tela del bóxer. No despega la mirada de mí, sus movimientos son rápidos pero suaves. Sus ojos se tornan de lujuria, le esta excitando la situación tanto como a mí. Mi respiración comienza a ser mucho más agitada, causando varios jadeos y algunos gruñidos por mi parte. No estoy tan seguro lo que hacía excitarme más al punto de llegar cerca del clímax. No tengo en claro si eran sus ojos ámbares intimidantes posados en mí o su mano moviendo de arriba abajo mi m*****o. Todo de ella me excita. Sus movimientos aumentan el ritmo causándome aun mas placer. Inclino la cabeza hacia atrás disfrutando de sus excitantes caricias. Estoy a punto de llegar a un placentero orgasmo hasta que siento su mano detenerse y noto como se aleja de mi regazo, colocando sus zapatos de punta alta sobre el suelo. Un vacío se hace presente en mí y no puedo evitar mi ceño fruncido incrédulo. —Esmeralda...—balbuceo. Me mira junto a una sonrisa en sus labios, sabiendo a lo que me refería. Ladea la cabeza acercándose hacia mí y se arrodilla en el suelo sin apoyar sus piernas. Observo como acerca su boca a la punta de mi m*****o erecto sobre la tela y deja un casto beso en esta. Me estremezco en mi lugar y suelto un gruñido al sentir el clímax llegar hacia mi. —Mierda...—gruño roncamente. Nadie había logrado provocarme y hacer que me corriera de esa manera. Solo mi pequeña Esmeralda. Ella es exclusiva. Sonríe alejándose de mí, moviendo sus caderas. Intento calmar mi respiración, y acomodo el pantalón abrochando el cinturón. Me levanto de la silla quedando Esmeralda frente a mi. No puedo evitar devolverle una amplia sonrisa. —La próxima vez, gime mi nombre. —murmura burlona antes de desaparecer de mi vista. Sinceramente esperaba un beso de despedida por su parte, pero parece ser que hoy es la excepción. A Esmeralda le gusta jugar, le gusta provocarme y tantear con mis puntos débiles, tal como yo lo hacía con ella. Estoy al tanto del poder que tenía sobre mí y los efectos que provoca su presencia en mi cuerpo. Esmeralda conoce todos mis puntos débiles y yo apenas sé solo uno de ella. Se encuentra mal, no es la misma de antes. Me encuentro dando clase otro día más de la universidad, pero hoy no es un día común. Esmeralda se ve diferente, débil. No demuestra aquel carácter fuerte que tanto me gusta. Esa personalidad que tanto me fascina. Su piel esta mas pálida de lo normal, una ligera capa de sudor recorre su frente y por algunos momentos tiembla descontroladamente. Aseguro que tiene fiebre, pero aun así lo que me sorprende es que este aquí. Sentada en la misma fila del medio, escribiendo en su libreta como si no le sucediera nada. No le quito mirada en ningún momento, me preocupa como se ve. Aun así, con mis ojos posados en ella, no se percata de nada. Eso es común en ella, mi pequeña Esmeralda es una de las personas más distraídas y dispersas que pueden existir en este planeta Tierra. Se levanta del asiento y se dirige a mi escritorio, donde me encuentro sentado revisando algunos papeles. Sigo con la mirada cada uno de sus movimientos y centro toda mi atención en ella. Sus ojos ámbares por primera vez cruzan con los míos. Extrañaba esa mirada tan intimidante, misteriosa y llena de sentimientos indescifrables a mi parecer. Extrañaba su presencia cerca de mí. Sus manos me entregan una hoja, le dedico una mirada de reojo al papel y asimilo que es la tarea que había mandado para hacer. Mis dedos disimuladamente tocan los suyos, provocando un escalofrío en su piel. Lo noto. Me gusta poder tener esos efectos en ella tales como ella los tiene en mi. - ¿Te encuentras bien?-indago en un susurro preocupado. Asiente en silencio con la mirada baja. Absolutamente todo de ella, sus ojeras, sus ojos decaídos y cansados, me afirma que definitivamente mi Esmeralda no está bien. Sin previo aviso, su cuerpo debilitado pierde la poca fuerza y cae. Antes de que su cuerpo impacte contra el frio suelo, me apresuro a sostenerla y alzarla en brazos, atrayéndola a mi pecho. Los adolescentes se levantan de sus asientos y observan sorprendidos la escena, pero lo que menos me importa son sus miradas. Solo me centro en mi Esmeralda, solo me importa ella. Camino a pasos rápidos fuera del salón por el vacío pasillo y me encamino hacia mi automóvil aparcado en el estacionamiento. No la llevaría a la enfermería de la universidad al contrario, la cuidaría yo. Esa enfermería ni siquiera tiene personas experimentadas, iban a suministrarle cuanto sabe de medicamentos y drogas. Abro la puerta del auto adentrándola con sumo cuidado al asiento copiloto y le abrocho el cinturón de seguridad. Cierro la puerta y rodeo el automóvil para adentrarme en el asiento piloto. Le dedico una última mirada preocupado y comienzo a conducir arrancando trayecto hacia mi casa, que afortunadamente no queda tan lejos de la universidad. Por gracia del destino, el trafico de Chicago hoy está a mi favor. Mi Esmeralda no es la misma, por momentos tiembla y me encoge el corazón. Su apariencia es débil y cansada. Sus ojos se encuentran cerrados y decaídos, acompañados de ojeras demasiado notorias. No me gusta verla en ese estado, sus labios no se tuercen en esa sonrisa que me fascina. Y sus mejillas no ya no se tiñen de ese color rozado que la hace ver como la pequeña universitaria que causa ternura en mi. "La felicidad no depende de nadie más que de ti". Eso decía mi padre. Pero con Esmeralda, con su presencia, todo es diferente. Aquella universitaria me hace olvidar del sentido de las cosas, de su lógica, incluso de lo cruel y vil que puede ser el mundo a veces. Esmeralda es el extraordinario cielo en un ordinario infierno. Detengo el automóvil en la esquina de mi hogar y bajo del coche rápidamente. Me encamino hacia el asiento copiloto y abro la puerta. Desabrocho el cinturón de seguridad y con suavidad me encargo de alzarla en brazos, sosteniéndola con fuerzas. Nos adentramos a la casa y me las arreglo con destreza para cerrar la puerta con el pie. Sin dudarlo, subo las escaleras con ella en brazos y me dirijo hacia mi habitación. Este suceso de llevarla en brazos a mi habitación, divaga mi mente en pura imaginación y sueños. Lo que puede pasar en nuestra noche de bodas o tranquilamente en nuestra luna de miel. «¿Desde cuándo pienso en eso? » me pregunto. La respuesta es tan simple: Desde que Esmeralda entro a mi vida, mi existencia ya no es la misma. La recuesto en la amplia y cómoda cama con suavidad
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