A pesar del miedo y la incomodidad, de algún modo logro quedarme dormida en la silla. Me estoy recuperando aún de la operación y estoy exhausta tanto física como mentalmente debido a lo acontecido durante el día. Me despierto por el ruido de unas voces. El hombre del traje y el bajito, al que yo he llamado líder, están de pie delante de mí, colocando una gran cámara en lo alto de un trípode. Trago saliva, mientras los miro fijamente. Tengo la boca tan seca como el desierto del Sáhara y a pesar de todo el tiempo que ha pasado, no tengo ganas de orinar. Me imagino que eso implica que tengo una gran deshidratación. Al ver que estoy despierta, el Trajeado —he decidido llamarlo así— me lanza una sonrisa. —Es hora de que empiece el espectáculo. Veamos las ganas que tiene de recuperar a su pu

