Las siguientes horas se alargan. Los hombres no nos hacen caso, aunque he visto a un par de ellos mirándome las piernas desnudas cuando el líder no les prestaba atención. Menos mal que la bata del hospital es suelta y está hecha de un material grueso, vamos, la prenda menos sexy que puedas imaginar. La idea de que uno —o varios— de ellos me toquen me da escalofríos. No nos dan nada de comer ni de beber. No es una buena señal, ya que implica que no les importa si vivimos o morimos. La sed que tengo aumenta tanto que solo puedo pensar en agua. Tengo una sensación de vacío insistente en el estómago. No obstante, lo peor de todo son las olas de miedo frío que vienen a mí y las imágenes oscuras que parpadean en mi mente como en una película de terror. Trato de hablar con Beth para no volverme

