CAPÍTULO VEINTICINCO El gigante estaba postrado a los pies de Vesuvius, amarrado por mil cuerdas y sostenido por cien troles, y mientras Vesuvius se paraba sobre él muy cerca de sus colmillos, lo examinaba con asombro. La bestia doblaba su cuello gruñendo y tratando de alcanzarlo—pero no podía soltarse. Vesuvius sonreía encantado. Se sentía orgulloso de tener poder sobre cosas indefensas, y más que nada, le gustaba ver sufrir a criaturas atrapadas. El ver a este gigante aquí, de nuevo en su caverna, en su propio territorio, lo llenó de emoción. El poder pararse tan cerca de él lo hizo sentirse todopoderoso, como si no hubiera nada en el mundo que no pudiera conquistar. Finalmente después de todos estos años, su sueño se había vuelto realidad. Finalmente podría conseguir su meta de toda

