CANTO XXVII »¡Gloria al Padre y al Hijo y Almo Santo!» el paraíso con amor cantaba, y me embriagaba con el dulce canto. A universal sonrisa semejaba lo visto, y la embriaguez de su belleza por el oído y por la vista entraba. ¡Oh, inefable contento de alegreza! ¡Oh, de paz y de amor íntegra vida! ¡Oh, sin afán, segura y gran riqueza! Ante mis ojos contemplé encendida una cuádruple luz, y la primera a brillar comenzó, más clarecida. Mas su color cambió de tal manera como si Jove se tornase en Marte, que ave que muda pluma pareciera. La sabia providencia que reparte celestes cargos, a las luces de oro puesto había silencio en toda parte, cuando escuché: «Si yo me trascoloro no te asombre, mortal, porque a mi acento verás cambiar color a todo el coro. »El que en la tierr

