CANTO XXVI Mientras que vacilaba enceguecido, por la fúlgida llama deslumbrado, sonó un respiro en el atento oído, diciendo: «Si en tus ojos se ha apagado la luz que por mi luz fuera consunta, de hablar y razonar no estás privado. »Comienza, pues, y dime adónde apunta el alma tuya, y ten por cierto y fía que tu vista extraviada no es difunta; »porque la Dona que tus pasos guía en esta esfera, tiene en su mirada la virtud de las manos de Ananía.» Y yo: «¡Que presurosa o retardada, dé remedio a mis ojos, vivas puertas, por donde entró su llama siempre amada! »El bien que da a esta corte dichas ciertas alfa y omega es, cuya escritura lee mi amor en sus letras nunca muertas.» Y aquella voz, que al infundir pavura produjo en mí la súbita ceguera, hacerme razonar aun más pr

