CANTO V Y a las sombras se habían disipado: yo seguía las huellas de mi guía, cuando delante a mí, con dedo alzado, una gritó: «¡Ved cual apaga el día el que a la izquierda va por el costado: que es viviente tal vez parecería!» Volví mis ojos al que había hablado, y vi a la turba ver, maravillada, a mí, tan sólo a mí, y el sol quebrado. «¿Por qué sientes el alma conturbada», dijo el guía, «y tu marcha es insegura? ¡Qué importa lo que diga esa mesnada! »Sigue y deja esa gente que murmura; sé fuerte como torre en el embate, que el viento no conmueve y la asegura; »que el hombre que entre ideas se debate, trepida y su potencia debilita, y pierde su objetivo en el combate.» ¿Qué podía decir con alma aflicta, sino empezar? «Te sigo avergonzado, con rubor que perdones solic

