CAPÍTULO VEINTISIETE Había estado planeando este desde hacía mucho tiempo. En cierto modo, los dos primeros habían servido de práctica. Este era el que siempre había tenido en mente desde que comenzó. Y esas dos primeras mujeres le habían probado que no tenía en realidad ningún problema para matar. Parecía natural y casi terapéutico. Le hacía envidiar esos oficios que los hombres, allá por la Edad Media, habían desempeñado —oficios como el de verdugo, o el de jefe de algún grupo, supervisando la tortura y el desmembramiento de sus enemigos. Esta mujer era distinta. La conocía mucho mejor de lo que había conocido a las otras. La había visto desnuda, la había observado desvestirse delante de un espejo admirándose a sí misma —o, quizás, temiendo más bien que su cuerpo de treinta y algo, pud

