—Dalia, perdona. No debí haberte dicho mis pensamientos, no creía que tú también lo desearas. No puedo besarte por más que lo deseé, eres muy hermosa y desde que te vi por primera vez me llamaste mucho la atención, pero yo no puedo corresponderte. Sus palabras se sentían como una daga siendo incrustada en mi pecho lentamente, cada una de ella se volvía un martillo, que golpeaba la daga más profunda provocando un dolor en mí alma. Sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones nuevamente, esta vez no se burlaba de mi tonto comportamiento, huía por la humillación en la que nos metí, dejando un vacío insoportable, ahogante, agobiante. El tiempo se volvió a detener, pero esta vez estaba anonadado por aquel rechazo, todo a mi alrededor se desvanecía solo dejaba la melodía de su voz. —Discúl

