Rox finge culpabilidad

1678 Palabras
Theo Farah no se podía quedar tranquilo, estaba sentado en su imponente despacho, con un puro apagado entre los dedos y el teléfono en la otra mano. Sus ojos reflejaban un enojo contenido mientras marcaba el número de Yelitza O’Neill. Al primer tono, la voz de la anciana resonó del otro lado, cálida y llena de entusiasmo. —¡Theo! —exclamó Yelitza con una risa ligera—. Qué sorpresa tan agradable. ¿A qué debo el honor de tu llamada? ¿Es acaso para felicitarnos? Finalmente, nuestras familias estarán unidas. Theo cerró los ojos por un instante, como si aquello hubiera sido un golpe directo a su paciencia. Cuando habló, su tono era gélido. —¿Felicitarlos? —dijo con dureza—. ¿Por qué habría de hacerlo? La voz de Yelitza vaciló por un segundo, pero se recompuso rápidamente. —Oh, Theo, no seas así. Esto es algo maravilloso para ambos linajes. Rox y Owen son una pareja perfecta. Él, un CEO brillante. Ella, una joven educada y hermosa. ¿No estás feliz de que finalmente haya encontrado a alguien que lo complemente? Theo apretó la mandíbula, su tono se volvió más cortante. —Yelitza, ¿te da felicidad destruir un hogar? ¿Es eso lo que consideras maravilloso? Hubo un silencio incómodo antes de que Yelitza respondiera, esta vez con un tono más reservado. —Theo, no entiendo a qué te refieres. —No te hagas la desentendida. —Theo apretó el puro entre los dedos, conteniendo su furia—. ¿Cómo permitiste semejante payasada? ¿Te enorgullece saber que estás celebrando el compromiso de Owen con Rox cuando eso implica dejar a dos niños en la calle? —¿Niños? —dijo Yelitza, claramente incómoda—. Theo, no exageres. Amalfi tomó la decisión de irse. Nadie la obligó. —¡Se fue porque Owen la humilló y la echó de su propia casa! —rugió Theo, dejando escapar parte de la furia que intentaba contener—. Y ahora tú estás aquí, celebrando como si nada hubiera pasado. Yelitza suspiró, claramente queriendo poner fin a la conversación. —Theo, los jóvenes toman sus propias decisiones. Yo no interfiero en eso. Además, tú bien sabes que Owen no estaba feliz con Amalfi. Esa mujer… —dudó por un momento antes de continuar—. Esa mujer nunca fue adecuada para él. Rox, en cambio, es todo lo que siempre debió tener. Theo golpeó el escritorio con la palma abierta, el sonido resonando en la oficina. —¡Esa mujer, como tú la llamas, es la madre de mis nietos! Y tú, con tu insensatez, estás justificando que Owen los haya abandonado. Yelitza suspiró con cansancio, como si estuviera hablando con un niño obstinado. —Theo, Owen ha sufrido estos años. ¿Acaso no lo ves? Estar con Amalfi era un sacrificio para él. Ella nunca estuvo a su altura. Rox será la esposa perfecta. —¿A su altura? —Theo rió, pero era una risa amarga—. ¿Es eso lo que te importa, Yelitza? ¿El dinero, la imagen, el estatus? Porque los principios parecen haberse perdido en tu mansión. Yelitza quiso interrumpir, pero Theo no le dio la oportunidad. —Sabes qué, no quiero escuchar más. Es evidente que los O’Neill dejaron de entender lo que significa la decencia hace mucho tiempo. Antes de que Yelitza pudiera decir algo más, Theo colgó con un golpe seco. Se quedó mirando el teléfono por un momento, con las manos temblando de la furia. Finalmente, tiró el puro sobre el escritorio, incapaz de soportar el amargo sabor que le había dejado aquella conversación. Owen se acercó a la abuela Yelitza con una copa de vino en la mano. La mujer, aunque intentaba mantener su porte sereno, se veía claramente alterada. Sus dedos tamborileaban con nerviosismo sobre el borde de la mesa, y sus ojos no dejaban de buscar algo, como si esperara que algo malo sucediera en cualquier momento. —¿Todo está en orden, abuela? —preguntó Owen, inclinándose ligeramente hacia ella, estudiando su rostro con interés. Yelitza lo miró y soltó un suspiro profundo. —Todo está en orden, querido… —murmuró, aunque el tono de su voz decía lo contrario. —No parece. —Owen ladeó la cabeza, observándola con detenimiento—. Te noto alterada, como si algo te incomodara. La anciana, finalmente, dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco y levantó la mirada hacia él. —Es tu padre, Theo —soltó con fastidio, como si el nombre fuera un veneno en sus labios—. Hablando de moralidades como si él fuera el ejemplo perfecto. Owen rió por lo bajo, divertido por la mención de su padre. —Eso suena a él, sin duda —dijo, encogiéndose de hombros—. ¿Qué te dijo esta vez? Yelitza resopló, su enojo evidente. —Me llamó hace un momento, como si estuviera en posición de sermonearme. Theo siempre ha sido un hombre testarudo, pero hoy… —Se interrumpió, negando con la cabeza—. Me acusó de destruir hogares y de celebrar tonterías, como si no entendiera que todo lo que hacemos es para tu felicidad. Owen dejó la copa sobre una mesa cercana y, con una leve sonrisa, puso una mano en el hombro de Yelitza, dándole una caricia tranquilizadora. —No te preocupes, abuela. Mi padre siempre ha sido un hombre de palabras grandes pero de poca acción. Déjalo hablar, no me afecta. Yelitza lo miró con una mezcla de orgullo y cansancio. —Owen, solo espero que todo esto valga la pena. Tu futuro depende de las decisiones que tomes ahora. Owen asintió, su expresión calmada, pero con un destello de determinación en los ojos. —Para ser honesto, no tengo dudas de lo que estoy haciendo. El próximo mes haré todo esto público. —¿Público? —repitió Yelitza, arqueando una ceja. —Sí. Me casaré con Rox. —Owen sonrió con seguridad—. Es lo mejor para todos. La anciana pareció relajarse un poco, aunque seguía observándolo con cautela. —¿Y tus hijos, Owen? Él dejó escapar un suspiro, como si esa pregunta lo incomodara más de lo que quería admitir. —Recuperaré a mis hijos, abuela. Son míos, y nadie me los quitará. —Eso espero. —Yelitza alzó la barbilla, dándole una mirada firme—. Porque si Amalfi empieza a dar mala vida… Owen la interrumpió, con un gesto despreocupado. —Amalfi no será un problema. —La sonrisa volvió a sus labios, aunque esta vez era más fría—. Recuperaré a mis hijos, me casaré con Rox y, finalmente, haré mi vida feliz. Yelitza asintió, aunque todavía parecía dudar. Pero prefirió guardar silencio. Owen tomó su copa de vino, dio un sorbo largo y se alejó, seguro de que tenía todo bajo control. Al menos, eso quería creer. Rox se acercó con pasos inseguros, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas mientras retorcía sus manos nerviosamente. Su rostro, normalmente radiante, estaba pálido y marcado por la preocupación. —Owen... —su voz tembló al llamarlo, y él giró para mirarla con una ceja arqueada, sorprendido por su repentina vulnerabilidad. —¿Qué pasa ahora, Rox? —preguntó, dejando la copa de vino que tenía en la mano sobre una mesa cercana. Rox respiró hondo, tratando de recuperar la compostura, pero al final las palabras salieron atropelladas, como si no pudiera detenerlas. —Tal vez tu padre tiene razón... —comenzó, con la voz rota—. Fui yo quien ocasionó que ustedes rompieran, ¿verdad? Si la gente empieza a hablar y se corre la voz de que fui yo quien arruinó tu matrimonio... nuestra reputación se irá al suelo. Owen frunció el ceño, visiblemente molesto. Dio un paso hacia ella y, con suavidad, le dio un beso en la cabeza mientras susurraba: —Rox, no seas tonta. A mí no me importa la fama ni los comentarios. Nunca me he dejado llevar por lo que otros dicen. Pero Rox no se calmó, sus lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas mientras sacudía la cabeza. —¡Pero a mí sí me importa! —exclamó, su voz más alta de lo habitual—. Mi abuela, mi madre... toda la familia espera que esto sea perfecto, y si alguien menciona que destruí un hogar... —¿Un hogar? —interrumpió Yelitza desde un costado, con un tono cortante—. Roxanne, por favor. Con Amalfi estuviste casado nueve años, Owen, y no la quisiste ni un solo segundo. No había hogar que destruir. Owen apretó los labios, como si no quisiera discutir ese punto, y Rox dejó escapar un sollozo. —Tal vez debería irme... —dijo Rox, dando un paso hacia atrás, claramente abatida—. Tal vez si me voy del país, tú podrías solucionar todo con Amalfi. Owen se acercó rápidamente, tomándola de la mano antes de que pudiera alejarse más. Su mirada se fijó en la mano de Rox, adornada con anillos y uñas perfectamente arregladas, y luego la sostuvo con firmeza. —No te afanes, Rox —dijo con una voz grave y serena—. Amalfi y yo hemos roto para siempre. —¿Cómo puedes estar tan seguro? —murmuró ella, con un hilo de esperanza en la voz. Owen suspiró, su mirada se endureció mientras respondía: —Rox, tú y yo hemos estado juntos por más de tres años. No quiero seguir haciendo esto más difícil para ti. Ella lo miró fijamente, todavía insegura, pero Owen le dio un apretón suave en la mano, como si con ese gesto quisiera borrar todas sus dudas. —Amalfi y yo no tenemos vuelta atrás, Rox. Lo nuestro es definitivo. Tú eres mi presente y mi futuro. Rox dejó escapar un suspiro tembloroso, aferrándose a esas palabras como si fueran su única salvación, mientras Yelitza observaba la escena con una sonrisa satisfecha. Para ella, el enlace con Rox era la decisión correcta, sin importar los costos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR