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Destinada al CEO

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Descripción

Owen Farah cae en la obsesión por su amante Rox, ignorando por completo a su esposa Amalfi y a sus hijos gemelos, Eva y Emilio. En un arranque de locura, le pide el divorcio sin importarle las consecuencias. Amalfi, desbordada de frustración y sintiendo que su familia ya no le importa, toma a sus hijos, firma los papeles y huye. Cuando Owen se da cuenta de su error, el golpe es devastador, pues descubre que Amalfi ha sido protegida por una familia poderosa que nunca imaginó, y que ella había ocultado su verdadero linaje para ser amada por él de manera sincera, sin que su riqueza fuera un factor. Ahora, Owen debe enfrentar las repercusiones de su desprecio, mientras Amalfi se aleja para siempre.

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El amor de Amalfi fue insignificante para Owen
Owen Farah abrió la puerta de su casa con una amplia sonrisa y una mujer del brazo. La desconocida, de cabello perfectamente peinado, llevaba anillos brillantes en cada dedo y collares de oro que destellaban con la luz del sol que entraba por la ventana. Amalfi Jones, su esposa desde hacía más de nueve años, estaba en la cocina, con el cabello despeinado y el delantal manchado de salsa. Había pasado toda la mañana preparando el almuerzo para los niños, que jugaban en el patio trasero. Owen la señaló con desdén. —Mírala —dijo con una mueca de asco, mirando a la mujer a su lado—. Siempre está así de fea, con la ropa sucia, el cabello desarreglado. Amalfi alzó la mirada, confundida, mientras secaba sus manos con un trapo. —Owen… ¿qué significa esto? —preguntó con voz temblorosa. Él la miró fijamente, sin un ápice de remordimiento. —Significa que quiero el divorcio, Amalfi. La mujer junto a Owen soltó una risita contenida mientras jugaba con uno de sus anillos. Amalfi sintió que el corazón le caía al suelo, como si todo el aire hubiera sido arrancado de sus pulmones. —¿Divorcio? —repitió ella en un susurro, como si la palabra fuera un veneno que no podía tragar. Owen asintió, cruzando los brazos. —Sí, Amalfi. Esto no funciona más. Mírate, no encajas en mi vida. Quiero algo… mejor. Amalfi apenas podía moverse. Las palabras del hombre al que había amado durante casi una década eran como cuchillos que se clavaban en su pecho. Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que el hombre que había prometido amarla hasta la muerte la despreciaría así, delante de una desconocida, con tanta frialdad. Amalfi respiró hondo, intentando controlar las lágrimas que amenazaban con brotar. Dejó el trapo sobre la encimera y avanzó un paso hacia Owen, temblando de indignación. —¿Por qué traes a una desconocida a nuestra casa, Owen? —preguntó, alzando la voz por primera vez, algo que rara vez hacía—. Esta es mi casa también. ¿No te da vergüenza? Owen arqueó una ceja, burlón, mientras la mujer a su lado cruzaba los brazos y la observaba con desdén. —¿Vergüenza? —repitió con una carcajada seca—. Tú no eres nadie para decirme a quién puedo o no traer a mi casa. Amalfi retrocedió un paso, como si esas palabras fueran un golpe directo. —¿Nadie? —susurró, incrédula—. Soy tu esposa, Owen. —Exesposa, en cuanto firmes los papeles —respondió él con frialdad, como si esas palabras no significaran nada—. Deja de hacer un espectáculo. No estás en posición de reclamarme nada. El silencio que siguió fue sofocante. Amalfi lo miró, esperando encontrar algo de arrepentimiento en su rostro, pero todo lo que vio fue desprecio y frialdad. Rox jugueteó con uno de sus anillos, lanzando miradas nerviosas hacia Amalfi, que seguía inmóvil, apretando los puños para no dejarse caer. —Owen, vámonos —dijo Rox con voz dulce pero llena de preocupación—. No me siento cómoda aquí. Esta mujer… podría lastimarnos. Amalfi abrió los ojos con incredulidad al escuchar aquello. —¿Lastimarlos? —preguntó, su voz entrecortada por la rabia y el dolor—. ¡Esta es mi casa, usted es la intrusa! Owen levantó una mano, pidiendo silencio, como si estuviera cansado de escucharla. —Cálmate, Amalfi —dijo con indiferencia, volviéndose hacia Rox—. No te preocupes. No le tengo miedo. Rox lo miró con ojos de admiración mientras se aferraba a su brazo. —¿Y si hace algo? Las mujeres despechadas son impredecibles —susurró, como si Amalfi no estuviera presente. Amalfi soltó una carcajada amarga, seca. —¿De verdad crees que haría algo? —dijo, mirando a Owen—. ¿Crees que estoy tan desesperada como para rebajarme al nivel de ustedes dos? Owen la miró con una sonrisa sarcástica. —No sé lo que harías, Amalfi, y sinceramente no me importa. Lo único que quiero que entiendas es que este matrimonio siempre fue una farsa. Amalfi sintió que el suelo se abría bajo sus pies. —¿Una farsa? —repitió, apenas en un susurro. —Sí, una farsa que se convirtió en costumbre —continuó Owen con frialdad—. Tal vez en algún momento pensé que podría funcionar, pero la verdad es que nunca fui feliz contigo. Ahora lo veo claro. Rox sonrió, satisfecha, mientras acariciaba el brazo de Owen. —Ya lo escuchaste, querida —dijo con una sonrisa burlona—. No tienes por qué aferrarte a algo que nunca fue real. Amalfi sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negó a dejarlas caer frente a ellos. —Entonces vete, Owen. Tómala de la mano y sal de esta casa. Pero no vuelvas. ¡Nunca! Owen la miró por un momento, como si estuviera evaluando si sus palabras merecían una respuesta, y luego, sin decir nada más, tomó a Rox del brazo y se dirigió hacia la puerta, dejando a Amalfi con el corazón destrozado y la dignidad aún más herida. Cuando la puerta se cerró con un estruendo, Amalfi sintió cómo todo su cuerpo perdía fuerza. Sus piernas temblaron y cayó de rodillas en el suelo frío de la cocina. El silencio que siguió fue tan abrumador que casi podía escuchar los latidos acelerados de su corazón. —¡Maldita sea! —gritó, golpeando el suelo con las manos—. ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué? Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro mientras miraba hacia la puerta como si esperara que Owen volviera, aunque sabía que eso no sucedería. —Esa mujer… —murmuró, con la voz rota por el llanto—. Tan bella, tan perfecta, tan… como el maldito sol naciente. ¿Cómo puedo competir con alguien así? Bajó la mirada hacia sus manos temblorosas. Estaban ásperas, llenas de callosidades por años de trabajo duro. Sus uñas estaban descuidadas, con los bordes rotos y restos de comida que no había tenido tiempo de limpiar. —¿Y yo? —dijo en un susurro, con una amarga risa que apenas salió de sus labios—. Mírame. Una mujer que huele a comida y condimentos, con la ropa manchada como si fuera parte de mi piel. Se tocó el delantal, que aún tenía rastros de salsa y harina, y dejó caer la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido desgarrador. —Dediqué todo a esta familia, todo… Y esto es lo que recibo. Sus palabras se perdieron en el aire vacío de la cocina, donde el único sonido era el tic-tac del reloj. Amalfi cerró los ojos, dejando que las lágrimas corrieran libres, mientras su mente repetía una y otra vez las palabras crueles de Owen. Él se había ido. Y la había dejado con nada más que sus manos trabajadas y un corazón lleno de cicatrices. Amalfi seguía en el suelo, sus lágrimas se habían secado, dejando rastros salados en sus mejillas. En su mente, la imagen de Owen al cruzar la puerta con Rox seguía fresca, tan vívida que podía sentir el eco de sus pasos alejándose. Había algo en su forma de caminar, en la manera en que su espalda estaba más erguida, que no podía olvidar. —Parecía tan… liviano —susurró, su voz rota mientras miraba fijamente el suelo—. Como si al salir por esa puerta le hubieran quitado un peso de encima. Se levantó lentamente, apoyándose en la encimera para no caer de nuevo. Miró la cocina desordenada, los restos de comida que había preparado con tanto esmero, como si ese esfuerzo pudiera sostener algo que ya estaba roto hacía mucho tiempo. —¿Eso soy para él? —preguntó al vacío—. ¿Un peso? ¿Una carga que no podía esperar para soltar? Caminó hacia el fregadero y se miró en el pequeño espejo que colgaba en la pared. El reflejo le devolvió una mujer agotada, con el cabello enredado, el rostro pálido y las ojeras que hablaban de noches de desvelo. —Si eso es lo que quiere… —murmuró, mientras pasaba los dedos por su rostro, tratando de borrar los rastros de tristeza—. Entonces lo tendrá. Se giró hacia la mesa, donde sabía que Owen había dejado los papeles del divorcio, como si siempre hubiera planeado esto. Se sentó lentamente, sus manos aún temblaban mientras tocaba las hojas que tanto odiaba. —¿Esto es lo que deseas, Owen? —dijo en voz alta, como si él pudiera escucharla a la distancia—. ¿Mi firma? ¿Mi rendición? Tomó un bolígrafo y lo sostuvo con firmeza, aunque su corazón latía con fuerza. —Si tanto anhelas tu libertad, te la concederé. No voy a retener a alguien que claramente nunca quiso quedarse. Hizo una pausa, su mirada fija en las líneas del contrato. —Mi amor fue insignificante para ti, ¿no es así? —susurró, mientras apretaba los labios—. Pues que quede enterrado junto con este papel. Con un movimiento decidido, firmó. La tinta se deslizó sobre el papel como una sentencia final, cerrando una historia que, para Owen, ya estaba acabada hacía mucho tiempo. Amalfi dejó el bolígrafo con un golpe seco sobre la mesa y se levantó. —Ahora eres libre, Owen —dijo al vacío, con la voz cargada de una mezcla de dolor y determinación—. Espero que esa libertad que tanto buscabas te haga feliz, porque a mí me acaba de destruir.

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