Amalfi subió lentamente las escaleras, cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Su mente era un torbellino de pensamientos, pero su corazón tenía claro lo que debía hacer. Al llegar a su habitación, abrió la puerta y miró alrededor. Allí estaban los recuerdos de nueve años de matrimonio: las fotografías de los viajes familiares, el armario compartido, las pequeñas marcas en las paredes que habían dejado los gemelos mientras jugaban. Todo lo que Owen había ignorado al decidir irse.
—Ni siquiera los mencionaste —murmuró, apretando los labios mientras caminaba hacia el armario.
Tomó una pequeña maleta de viaje que estaba guardada en el rincón y la colocó sobre la cama. Sus manos temblaban mientras la abría, pero no se detuvo. Caminó hasta el armario de los niños, que compartía espacio con sus cosas, y comenzó a sacar la ropa de Eva y Emilio.
—Si no me quieres a mí, tampoco los quieres a ellos —dijo en voz baja, su tono cargado de tristeza y rabia contenida—. Ni siquiera te detuviste a pensar en ellos, Owen.
Plegó con cuidado los pequeños vestidos de Eva, recordando cuánto le encantaba girar frente al espejo para ver cómo volaban las faldas. Luego tomó los jeans y camisetas de Emilio, su hijo inquieto, siempre lleno de preguntas y risas.
—No pensaste en todo lo que formamos juntos —continuó, hablando como si Owen pudiera escucharla—. En los cumpleaños, las noches sin dormir cuando se enfermaban, las risas en el comedor mientras jugábamos a las adivinanzas. Nada de eso te importó.
Cerró los ojos por un momento, intentando contener las lágrimas, pero fue inútil. Una lágrima silenciosa rodó por su mejilla mientras colocaba los pequeños zapatos de los gemelos en la maleta.
—¿Cómo pudiste? —preguntó al vacío, su voz quebrada—. ¿Cómo pudiste olvidarte de ellos tan fácilmente?
Amalfi respiró hondo y cerró la maleta con decisión. La colocó junto a la puerta y luego se volvió hacia la cuna de Eva y la cama pequeña de Emilio.
—Nos vamos, mis amores —dijo en un susurro, acariciando las mantas—. No podemos quedarnos donde no somos queridos.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se obligó a mantenerse firme. Ya no quedaba nada para ellos allí, sólo una casa vacía y los recuerdos de un amor que nunca fue suficiente para Owen.
Pero para ella, Eva y Emilio eran su mundo entero, y eso sería suficiente para seguir adelante.
Amalfi apretó a Eva y Emilio contra su pecho mientras el taxi avanzaba por las calles de la ciudad. Los pequeños, aún demasiado jóvenes para entender la magnitud de lo que ocurría, miraban por la ventana con curiosidad.
Amalfi, sin embargo, mantenía el rostro serio, sus pensamientos giraban sin descanso. Tomó su teléfono y marcó un número con dedos temblorosos.
—¿Está todo listo? —preguntó en voz baja cuando alguien respondió al otro lado.
Hubo un breve silencio antes de que una voz masculina contestara.
—Sí, estoy cerca. Te recogeré en la entrada principal del centro comercial.
Amalfi asintió, aunque la persona al otro lado no podía verla.
—Gracias, de verdad… No sé qué haría sin tu ayuda.
Colgó antes de que las lágrimas la traicionaran. Giró hacia los niños, sonriendo con esfuerzo.
—Todo estará bien, mis amores. Mamá tiene un plan.
Mientras tanto, en la mansión, la niñera se paseaba por la sala de estar, inquieta. Algo en el comportamiento de Amalfi esa tarde le había parecido extraño. No podía quitarse de la cabeza las palabras que la señora le había dicho antes de marcharse.
—No se preocupe más por los niños. Yo me encargaré de ellos de ahora en adelante.
Amalfi incluso le había dado un sobre con dinero por adelantado, un gesto tan fuera de lugar que la niñera no pudo ignorarlo. Decidió actuar. Tomó su bolso y salió apresuradamente hacia la oficina de Owen, sintiendo que algo estaba fuera de control.
Al llegar, Owen estaba revisando unos papeles con expresión distraída. Ni siquiera levantó la mirada cuando ella entró.
—¿Qué pasa? Estoy ocupado.
—Señor Owen —dijo la niñera con nerviosismo—. Algo raro está ocurriendo.
Owen frunció el ceño y finalmente la miró.
—¿Qué quieres decir con eso?
—La señora Amalfi me pidió esta mañana que no me ocupara más de los niños porque ella se mudaba —dijo rápidamente, mostrando el sobre con dinero—. Incluso me pagó por adelantado. Pero no dijo a dónde iba ni cuándo volvería.
Owen dejó el bolígrafo y se rascó la cabeza con frustración.
—¿Qué diablos…?
—Eso mismo me pregunto yo, señor. ¿Está pasando algo?
Sin contestar, Owen se levantó de su silla, tomó las llaves de su auto y salió de la oficina a toda prisa. Conducía con las manos apretando el volante, sintiendo que algo escapaba de su control. Al llegar a la mansión, todo estaba en silencio, pero el ambiente era diferente, vacío.
Entró en el comedor y allí, sobre la mesa, encontró un sobre. Lo abrió rápidamente y sus ojos se posaron en el documento que había dejado en la mañana: el acuerdo de divorcio. La firma de Amalfi estaba allí, clara y firme.
Owen lanzó un suspiro lleno de frustración y rabia contenida, tirando los papeles sobre la mesa.
—Maldita sea, Amalfi… —murmuró para sí mismo, sintiendo una mezcla de culpa y algo más que no se atrevía a admitir.
El eco de su voz resonó en la mansión vacía, como si esa casa ahora fuera sólo una sombra de lo que alguna vez había sido.
Owen se dejó caer en la silla junto a la mesa, con los papeles del divorcio aún frente a él. Su mirada estaba fija en el acuerdo firmado, pero su mente estaba en otra parte. Un pensamiento golpeaba con fuerza en su cabeza, uno que lo hizo maldecirse a sí mismo.
—No pensé que se los llevaría —murmuró, pasándose una mano por el cabello enredado—. ¡Maldita sea, Amalfi!
Golpeó la mesa con el puño, haciendo que los papeles se deslizaran hacia el suelo. Durante todo el tiempo que había planeado el divorcio, nunca había considerado realmente lo que pasaría con los niños.
Para él, era obvio que los gemelos quedarían bajo su cuidado. Después de todo, ¿cómo podría Amalfi mantenerlos? ¿Cómo iba a criarlos si apenas sabía lo que era vivir sin depender de él?
—Fui un estúpido —dijo en voz alta, hablando consigo mismo mientras se ponía de pie y comenzaba a caminar de un lado a otro de la sala—. Pensé que no tendría otra opción, que se quedaría… que no se atrevería a llevárselos.
Recordó cómo Eva y Emilio corrían por la casa, cómo llenaban cada rincón con sus risas y su energía. Y ahora la casa estaba vacía, como si el alma misma hubiera sido arrancada. Su mandíbula se tensó, y su pecho se llenó de una sensación desconocida.
—Me cegué… —admitió en un susurro—. Me cegué tanto con la idea de librarme de este matrimonio que ni siquiera pensé en su futuro, en lo que significarían para ellos estas decisiones.
Pero no era sólo eso. Amalfi le había dado un golpe donde más le dolía: en su ego. Él, Owen Farah, siempre había sido el que controlaba todo, el que tenía la última palabra.
Jamás había imaginado que ella tomaría la iniciativa, que firmaría los papeles sin suplicarle, sin pelear. Y mucho menos que se llevaría a los niños, dejando sólo el vacío como respuesta.
—¡Maldita sea! —gritó de nuevo, pateando una silla que se cruzó en su camino.
Se detuvo, respirando agitadamente. Por primera vez, sintió que no tenía el control, y eso lo llenaba de frustración. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo iba a encontrarlos?
Se inclinó sobre la mesa y apoyó las manos, mirando hacia el espacio vacío.
—Esto no se quedará así, Amalfi —susurró con voz baja pero cargada de determinación—. No puedes simplemente quitarme a mis hijos.
Sin embargo, en el fondo, una pequeña voz le recordaba que él mismo había cavado este agujero.
Que fue su indiferencia, su orgullo y su frialdad lo que había empujado a Amalfi a tomar esa decisión. Pero Owen la ignoró. Ahora, su única misión era recuperarlos… aunque todavía no sabía cómo.
Owen se levantó de golpe y tomó su teléfono, marcando con rapidez el número de su secretario personal. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos ardían con una mezcla de rabia y determinación.
—Marcel, necesito que vengas a la mansión ahora mismo —ordenó en cuanto el hombre contestó.
—¿Está todo bien, señor Farah? —preguntó Marcel, preocupado por el tono de su jefe.
—No. Y por eso necesito que vengas ya. No quiero excusas —cortó la llamada sin esperar respuesta.
Poco después, Marcel apareció en la entrada, con su habitual profesionalismo. Pero al verlo, supo que algo grave había ocurrido.
—Señor Farah, ¿qué sucede? —preguntó mientras seguía a Owen al interior de la casa.
Owen caminaba rápido, sus pasos resonaban con fuerza en el piso de mármol. Se detuvo en seco frente a Marcel y lo miró fijamente.
—Quiero que averigües las placas del taxi que salió de aquí hace unas horas. Amalfi se fue con los niños, y necesito saber a dónde fueron.
Marcel parpadeó, sorprendido.
—¿La señora Amalfi se fue con los gemelos?
—¡Exacto! —gruñó Owen, pasando una mano por su cabello—. Y ese hombre, el conductor, debe saber a dónde los llevó.
Marcel asintió con rapidez, sacando su teléfono para comenzar a hacer llamadas.
—No será sencillo, señor, pero puedo rastrear las cámaras de seguridad cercanas. Si el taxi pasó por alguna intersección, obtendremos las placas.
Owen cruzó los brazos, mirándolo con impaciencia.
—No quiero excusas, Marcel. Tienes acceso a recursos que cualquier otro soñaría. Usa lo que sea necesario, pero consígueme esa información.
—Entendido, señor. Me pondré en ello de inmediato —dijo Marcel, empezando a marcar números con rapidez.
Owen se giró hacia la ventana, mirando la entrada vacía de la mansión.
—No será difícil encontrarlos —dijo en voz baja, más para sí mismo—. Esta es una ciudad enorme, pero Amalfi no tiene los medios para esconderse por mucho tiempo.
Marcel levantó la vista de su teléfono.
—Tiene razón, señor. Con el poder que usted tiene, localizar a la señora será cuestión de horas.
Owen giró lentamente, con una sonrisa fría.
—Exacto, Marcel. Soy uno de los hombres más ricos de California. ¿De verdad cree que ella puede esconderse de mí con dos niños pequeños?
Marcel tragó saliva, asintiendo sin atreverse a replicar.
—Le mantendré informado de cualquier avance, señor.
Owen se acercó un paso más, su voz ahora baja pero llena de intensidad.
—No tardes demasiado. Cada segundo que pasa, Amalfi cree que puede salirse con la suya. Y yo no pienso permitírselo.
Marcel salió de la mansión, dispuesto a cumplir la orden de su jefe. Mientras tanto, Owen permaneció en el salón, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el horizonte. La paciencia nunca había sido una de sus virtudes, y ahora menos que nunca. Si Amalfi creía que podía escapar, estaba muy equivocada.
Marcel regresó apresuradamente a la mansión, con la respiración agitada y el rostro tenso. Sabía que las noticias que traía no eran las que Owen esperaba, pero no tenía otra opción que enfrentarlo. Al entrar, encontró a Owen de pie en medio del salón, con los brazos cruzados y una mirada que podía helar la sangre.
—Dime que tienes algo —exigió Owen, sin siquiera darle tiempo a Marcel de explicarse.
—Señor… encontramos al conductor del taxi. Nuestros hombres lo interceptaron hace unos minutos —respondió Marcel con cuidado, viendo cómo la expresión de Owen se endurecía aún más.
—¿Y qué te dijo? —preguntó Owen, dando un paso adelante, su voz cargada de impaciencia.
Marcel tragó saliva antes de hablar.
—El conductor nos dio esto.
Sacó un pequeño zapato infantil de su bolsillo y lo colocó sobre la mesa. Era el zapato de Emilio, olvidado en el taxi. Owen lo miró con incredulidad antes de levantarlo y apretarlo en su mano como si fuera a romperlo.
—¿Esto es todo lo que tienes? —rugió, su voz subiendo de tono—. ¿Un maldito zapato?
Marcel alzó las manos en un gesto de calma.
—Señor, escuche. El conductor nos dijo que llevó a la señora Amalfi y a los niños a un centro comercial. Pero apenas llegaron, fueron recogidos por una limusina.
Owen lo miró fijamente, como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—¿Una limusina?
—Sí, señor. Según el conductor, la señora Amalfi y los niños subieron rápidamente y desaparecieron al instante. No pudo identificar la placa, ni el modelo exacto del vehículo.
La mandíbula de Owen se tensó, y lanzó el zapato contra la pared con tanta fuerza que rebotó antes de caer al suelo.
—¡Maldita sea! —gritó, pasando ambas manos por su cabello y girando en círculos como un animal enjaulado—. ¡Quién demonios le dio una limusina!
Marcel dio un paso atrás, intentando mantenerse fuera de la línea de fuego.
—No lo sabemos aún, señor. Pero solicito permiso para investigar las cámaras del centro comercial. Quizás encontremos algo más.
—¡Hazlo ya! —ordenó Owen, apuntándolo con un dedo acusador—. No quiero excusas, Marcel. Quiero respuestas.
Marcel asintió rápidamente, dándose la vuelta para salir, pero antes de llegar a la puerta, Owen habló de nuevo.
—¿Quién pudo haberle tendido la mano? —se preguntó en voz alta, como si estuviera hablando consigo mismo—. Amalfi no tiene amigos influyentes, ni familia cercana con ese nivel de recursos.
Marcel se detuvo, mirándolo con cautela.
—Señor, tal vez alguien que desea mantenerse en las sombras. Podría ser alguien que…
—¡No me interesa tu teoría! —interrumpió Owen, volviendo a rugir—. Encuentra al dueño de esa maldita limusina, y hazlo rápido.
Marcel salió apresuradamente, dejando a Owen solo en el salón. Este caminó de un lado a otro, maldiciendo bajo su aliento.
—Esto no tiene sentido. ¿Quién sería tan estúpido como para meterse en esto? ¿Acaso no saben lo que soy capaz de hacer?
Golpeó la mesa con ambas manos, cerrando los ojos por un momento mientras intentaba controlar la rabia que lo consumía. Pero no podía. La idea de que Amalfi hubiera recibido ayuda, de que alguien le hubiera dado los medios para desaparecer con sus hijos, era como una daga directa a su ego.
—Maldita seas, Amalfi —susurró con los dientes apretados—. Esto no se queda así. Nadie me desafía y se sale con la suya.
Pero, a pesar de su rabia, había algo que lo carcomía por dentro: el hecho de que nunca había visto venir esta jugada de Amalfi. Ella, la mujer que siempre había sido sumisa y callada, ahora lo había dejado en ridículo. Y eso era algo que Owen Farah no estaba dispuesto a tolerar.
Media hora más tarde, Marcel irrumpió en el estudio de Owen con el rostro tenso y una carpeta en las manos. No esperaba que la noticia que traía fuera bien recibida, pero tampoco podía permitirse retrasos con un jefe tan impaciente como Owen.
—Señor Farah, encontré algo —anunció, entrando con pasos apresurados.
Owen levantó la vista de su escritorio, donde había estado tamborileando los dedos con impaciencia.
—¿Qué tienes, Marcel? Habla de una vez.
Marcel respiró hondo, deteniéndose frente al escritorio.
—He rastreado las placas de la limusina. Y, bueno… parece que pertenece a la familia Walton.
Por un momento, hubo silencio. Owen parpadeó, y luego soltó una carcajada seca, cargada de incredulidad.
—¿Los Walton? ¿Estás bromeando, verdad?
—No, señor. Las placas coinciden con una de las limusinas registradas a nombre de ellos —respondió Marcel, nervioso.
Owen se inclinó hacia adelante, apoyando ambos codos en el escritorio.
—Eso es imposible. ¿Sabes siquiera lo que estás diciendo? Los Walton no tienen absolutamente nada que ver con Amalfi.
—Lo sé, señor, pero las placas…
—¡Dame las malditas placas! —exigió Owen, extendiendo la mano con brusquedad.
Marcel, visiblemente incómodo, colocó la hoja con los números de las placas sobre el escritorio.
—Aquí están, señor.
Owen las tomó de un tirón y encendió su computadora con movimientos rápidos y precisos. Sus dedos volaron sobre el teclado mientras ingresaba los números en el sistema de búsqueda.
Durante unos segundos, el silencio en la habitación era casi opresivo, solo interrumpido por el tecleo y la respiración agitada de Marcel.
Finalmente, el resultado apareció en la pantalla. Owen se inclinó hacia adelante, leyendo los datos con atención. Su expresión cambió de incredulidad a furia en cuestión de segundos.
—No puede ser… —murmuró entre dientes, y luego golpeó el escritorio con ambas manos—. ¡Es la maldita limusina de la mansión Walton!
Marcel dio un paso atrás, como si temiera que Owen explotara en cualquier momento.
—Señor, yo…
—¡Cállate, Marcel! —gritó Owen, levantándose de su silla de golpe—. Esto no tiene sentido. ¿Por qué los Walton, de todas las familias, estarían involucrados?
Marcel tragó saliva, sin saber qué responder.
—Quizás… quizás alguien de la familia tiene una conexión con la señora Amalfi.
Owen rió con sarcasmo, señalándolo con un dedo.
—¿Una conexión? ¡Por favor, no me hagas reír! Amalfi no tiene ningún tipo de relación con ellos. Esto tiene que ser un error.
—Señor, las placas no mienten… —intentó decir Marcel, pero Owen lo interrumpió con un gesto impaciente.
—¡Déjame a mí! —gruñó, girando la pantalla hacia sí mismo y comenzando a buscar más información—. Si esto es cierto, entonces alguien en esa familia está metiéndose en algo que no le incumbe.
Los minutos pasaron mientras Owen revisaba datos, registros y cualquier pista que pudiera conectar a Amalfi con los Walton. Cada dato confirmado solo alimentaba su rabia. Finalmente, se dejó caer en su silla, apretando los puños contra los apoyabrazos.
—Esto no se puede quedar así, Marcel —dijo, con la voz baja pero cargada de ira—. Nadie me desafía, mucho menos una familia como los Walton. Si creen que pueden esconderla, están jugando con fuego.
Marcel asintió con rapidez, sin atreverse a replicar.
—¿Qué quiere que haga, señor?
Owen lo miró con una intensidad que lo hizo estremecerse.
—Quiero que averigües quién autorizó esa limusina y por qué. Si alguien en esa familia ayudó a Amalfi, lo sabré, y me aseguraré de que lo lamenten.
Marcel se alejó hasta la puerta del estudio, dejando a Owen solo con sus pensamientos. El silencio en la habitación era ensordecedor, pero en la mente de Owen, el ruido era ensordecedor: una mezcla de furia, frustración y una necesidad incontrolable de recuperar el control.
Porque si algo odiaba más que la traición, era sentirse derrotado.
Owen se reclinó en su silla, tamborileando los dedos contra el escritorio mientras miraba fijamente la pantalla de la computadora. Esto tenía que ser una broma. Una absurda y ridícula broma.
—Amalfi, protegida por los Walton… —murmuró para sí mismo, soltando una risa amarga—. No tiene sentido.
Levantó la vista y fijó su mirada en Marcel, que aún estaba de pie junto a la puerta, observándolo con nerviosismo.
—Dime, Marcel, ¿cómo demonios una mujer como Amalfi consiguió el respaldo de los Walton?
—Señor, no lo sé… —respondió Marcel, encogiéndose de hombros—. Quizás…
Owen lo interrumpió con un gesto brusco.
—¡No hay quizás que valga! Amalfi es una mujer simple. No tiene estudios, no tiene dinero. Ni siquiera tiene amigos, por el amor de Dios. Los últimos nueve años ha estado conmigo, bajo mi techo, siguiendo mi ritmo. ¿Cómo es posible que ahora tenga el apoyo de una de las familias más poderosas de California?
Marcel no supo qué responder, así que se quedó en silencio, esperando que Owen continuara.
—Esto no tiene lógica. Es absurdo. Los Walton jamás me han mirado con buenos ojos, y no tengo ni idea de por qué. Pero ahora resulta que están ayudando a Amalfi. ¿Por qué harían eso? ¿Qué ganan con ello? —Owen se levantó de golpe, comenzando a pasearse por la oficina como un león enjaulado—. Esa mujer no tiene nada. Nada.
—Tal vez… —comenzó a decir Marcel, con cautela—. Tal vez alguien de la familia Walton le debía un favor.
Owen se detuvo en seco y lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Un favor? ¿A Amalfi? ¿Esa mujer que apenas sabía pedir una pizza por teléfon