Amalfi regresa a casa después de nueve años de ausencia

2788 Palabras
Marcel caminaba nervioso por el pasillo con las manos sudando, apretando los papeles que había logrado conseguir. No dejaba de pensar en lo que acababa de descubrir, pero tampoco podía arriesgarse a decirlo en voz alta. Su jefe era un hombre explosivo, y una acusación como esa, sin pruebas contundentes, podría costarle algo más que su trabajo. Cuando entró de nuevo a la oficina, Owen lo esperaba con la mirada fija en la puerta. —¿Y bien? ¿Qué tienes para mí? Marcel tragó saliva. —Señor, revisé algunos registros y movimientos… Pero no hay nada concreto todavía. Owen frunció el ceño, golpeando el escritorio con los dedos. —¡No quiero excusas, Marcel! Dame algo, cualquier cosa. Marcel titubeó, dudando si debería compartir lo que pensaba. Se acomodó las gafas y bajó la mirada. —Bueno, señor, hay algo extraño. —¿Extraño cómo? ¡Habla de una vez! —Owen se levantó de su silla, caminando hacia él con pasos firmes. Marcel dio un paso atrás, intentando mantener la calma. —Es solo una suposición, señor… pero, tal vez… Amalfi podría… eh, podría haber estado en contacto cercano con alguien de la familia Walton. —¿Contacto cercano? ¿Qué demonios significa eso? —Owen entrecerró los ojos, cruzándose de brazos. Marcel sintió un nudo en el estómago. Decirlo sería como prender una mecha, pero quedarse callado también lo haría parecer incompetente. —Podría ser… —titubeó, bajando la voz—… una relación más personal. El silencio que cayó en la habitación fue insoportable. Owen lo miraba fijamente, sus ojos ardiendo con una mezcla de incredulidad y furia. —¿Estás insinuando que mi esposa… mi Amalfi… tiene un amante? —preguntó con voz grave, como si cada palabra le costara respirar. —Yo… yo no estoy insinuando nada, señor —dijo Marcel rápidamente, levantando las manos en señal de paz—. Es solo una idea. Algo que… bueno, podría explicar por qué la familia Walton estaría involucrándose. Owen soltó una carcajada seca, llena de sarcasmo. —¿Un amante? ¿Amalfi? ¿La mujer que no podía ni pedir un café sin tartamudear? ¿La misma mujer que se pasaba los días cocinando y limpiando? No me hagas reír, Marcel. —Tiene razón, señor, es ridículo —respondió Marcel, apurándose a desviar la conversación—. Pero, si quiere, puedo investigar más a fondo. —Sí, hazlo —gruñó Owen, volviendo a su escritorio—. Pero si vuelves con una tontería como esa, te aseguro que no volverás a trabajar para nadie. —Entendido, señor —respondió Marcel, inclinando la cabeza antes de salir apresurado de la oficina. Mientras caminaba por los pasillos, dejó escapar un largo suspiro de alivio. Había esquivado la bala, por ahora. Pero sabía que, si su teoría resultaba cierta, lo que se avecinaba sería una tormenta como ninguna otra. …. Amalfi subió a la parte trasera de la limusina con los brazos temblando mientras sostenía a sus pequeños. Eva y Emilio miraban todo con curiosidad, apretándose contra ella. Apenas cerró la puerta, un hombre de cabello oscuro, con algunas canas en las sienes, se lanzó hacia ella con una emoción desbordante. —¡Amalfi! —exclamó el hombre, rodeándola con los brazos. Ella se quedó inmóvil por un segundo, como si le costara procesar la escena, pero cuando sintió los labios de él besándole las mejillas, los recuerdos de su infancia la invadieron y sus ojos se llenaron de lágrimas. —Noé… —murmuró, mientras él continuaba abrazándola. —Bienvenida de nuevo a casa, mi niña —dijo Noé, su voz quebrándose por la emoción. Acarició su rostro con suavidad y luego se inclinó hacia los pequeños que lo observaban con desconfianza—. ¿Y quiénes son estos angelitos? Amalfi limpió sus lágrimas con una mano mientras con la otra acariciaba el cabello de sus hijos. —Ellos son Eva y Emilio… tus sobrinos. Noé sonrió ampliamente y extendió los brazos hacia los pequeños, pero estos se apretaron aún más contra su madre. —¡Oh, claro! —dijo con una carcajada—. Tienen que estar confundidos. No saben quién soy. Amalfi asintió, tratando de calmar a los niños. —Es su tío Noé, pequeños. Mi hermano mayor. Eva lo miró con el ceño fruncido, mientras Emilio escondía la cara en el cuello de Amalfi. —¿Por qué nos abraza? —preguntó Eva en un susurro, mirando a su madre. —Porque está feliz de vernos, cariño —respondió Amalfi con ternura. Noé soltó otra carcajada y se sentó frente a ellos, tratando de no intimidarlos. —Lo siento, me emocioné demasiado. Es que no puedo creer que por fin estés aquí, Amalfi. Han sido demasiados años sin verte. —Lo sé… —dijo ella, bajando la mirada—. No quería molestarlos, Noé. Él la interrumpió con un gesto firme. —¿Molestarnos? Por favor, Amalfi, eres mi hermana. Esta es tu casa. Siempre lo ha sido. Amalfi apretó los labios, luchando contra las emociones que la embargaban. —Noé, no sé qué habría hecho sin ti. —No tienes que explicarme nada ahora —dijo él, poniendo una mano sobre la suya—. Todo a su tiempo. Lo importante es que estás aquí, a salvo, con tus hijos. Eva lo miró de nuevo, esta vez con menos recelo. —¿Eres el hermano de mamá? —preguntó con curiosidad. —Sí, pequeña. Y eso significa que soy tu tío. ¿Sabes lo que hace un tío? Eva negó con la cabeza. —Un tío se encarga de consentir a sus sobrinos y darles muchos dulces —dijo Noé con una sonrisa cálida. Emilio levantó la cabeza al escuchar la palabra dulces y lo miró con interés. Amalfi no pudo evitar reír ante la expresión de su hijo. —Parece que ya tienes un admirador —bromeó ella, mirando a Emilio. Noé volvió a reír, extendiendo una mano hacia el pequeño. —Ven, campeón, no muerdo. Emilio dudó un momento, pero finalmente dejó que Noé le diera un suave apretón de manos. —Esto será el comienzo de una nueva vida, Amalfi —dijo Noé, mirándola directamente a los ojos—. Y prometo que no dejaré que nadie te vuelva a lastimar. Ella asintió, sintiéndose por primera vez en años con un poco de esperanza. Amalfi estaba sentada en un rincón de la habitación que Noé había preparado para ella y los niños, tratando de ordenar sus pensamientos. Su teléfono vibró de repente, sacándola de su ensimismamiento. Al desbloquearlo, un mensaje nuevo apareció en la pantalla. Era de un número desconocido, pero el contenido no dejó lugar a dudas sobre quién lo enviaba. “Gracias, Amalfi. Gracias por finalmente entender tu lugar y dejarme el camino libre con Owen.” Amalfi sintió cómo el estómago se le retorcía al leer esas palabras. El mensaje continuaba: “Siempre fuiste insignificante. No sé cómo aguantaste tantos años humillándote por alguien que nunca te amó. Yo, al menos, no necesito rebajarme. Owen me eligió porque soy mejor que tú en todos los sentidos. Y créeme, lo voy a hacer feliz. Le daré los hijos que tú nunca supiste criar. Esos mocosos tuyos no significan nada para él. Ni siquiera los va a extrañar.” La rabia y el dolor se entrelazaron en el pecho de Amalfi como un nudo imposible de deshacer. Sus manos temblaban mientras releía el mensaje, intentando procesar la crueldad en cada palabra. —¿Qué pasa, Amalfi? —preguntó Noé al entrar en la habitación, notando la expresión de su hermana. Ella apagó la pantalla del teléfono rápidamente, intentando esconderlo, pero Noé se acercó y tomó asiento junto a ella. —Déjame adivinar —dijo con un tono serio—. ¿Un mensaje de esa mujer? Amalfi lo miró, sorprendida por lo certero de sus palabras. —¿Cómo lo sabes? —Porque ese tipo de personas siempre atacan cuando creen haber ganado. No podía ser de otra manera —respondió Noé, cruzando los brazos—. ¿Qué te dijo? Amalfi respiró hondo y dejó el teléfono en la mesa. —Nada que no esperara. Solo que… está agradecida de que le haya dejado el camino libre. —¿Eso dijo? —preguntó Noé, con una ceja levantada. Amalfi asintió, apretando los labios para contener las lágrimas. —También dijo que… le dará hijos a Owen. Que mis hijos no significan nada para él. Noé golpeó la mesa con el puño, haciendo que Amalfi diera un pequeño salto. —¡Qué descaro! ¿Quién se cree que es para hablarte así? Amalfi cerró los ojos, intentando calmarse. —No importa, Noé. Ella puede pensar lo que quiera. Yo ya tomé mi decisión. Noé la miró fijamente, tratando de descifrar el torbellino de emociones que veía en su rostro. —Amalfi, no tienes que soportar esto. Esa mujer no tiene ningún derecho sobre ti ni sobre tus hijos. —Lo sé —susurró ella, con un tono firme que sorprendió a su hermano—. Y créeme, Noé, no pienso volver a humillarme. Si Owen cree que puede olvidarse de mis hijos, está muy equivocado. —Bien dicho —respondió Noé, esbozando una leve sonrisa—. Pero prométeme algo, Amalfi. —¿Qué cosa? —No dejes que nadie, ni siquiera esa tal Rox, te haga dudar de tu valor. Porque tú vales mucho más de lo que ellos jamás podrían imaginar. Amalfi lo miró con gratitud, sintiendo que, a pesar del mensaje lleno de veneno que había recibido, su hermano tenía razón. No iba a dejar que esas palabras la destruyeran. Era hora de pensar en el futuro, en su futuro y en el de sus hijos. Amalfi llenó la tina con agua tibia mientras Eva y Emilio jugaban con sus pequeños patitos de plástico. A pesar de su agotamiento, les dedicó una sonrisa tierna. El día había sido un torbellino de emociones, y aunque sentía el cuerpo pesado, sabía que sus pequeños necesitaban tranquilidad después de tanto caos. —¡Mamá, quiero más burbujas! —gritó Emilio, salpicando agua por todas partes. —Yo también, mamá, muchas burbujas —se unió Eva, riendo con entusiasmo. Amalfi tomó un poco más de jabón líquido y creó una nube de espuma sobre el agua. —Aquí tienen. Pero no hagan más desastres, ¿de acuerdo? Los gemelos asintieron, aunque sus risas traviesas la hicieron sospechar que no cumplirían su promesa. Los observó mientras jugaban, sintiendo cómo el dolor de las últimas horas se disipaba ligeramente al verlos felices. —Muy bien, es hora de salir —dijo tras un rato, mientras los envolvía en toallas suaves y los secaba. Les puso pijamas limpias y los llevó a la pequeña mesa de la habitación. —¿Qué hay de cenar? —preguntó Eva, frotándose los ojos con cansancio. —Sopa de pollo y arroz —respondió Amalfi, mientras les servía platos pequeños—. Necesitan comer para recuperar fuerzas, ¿de acuerdo? Ambos niños asintieron mientras comenzaban a comer, aunque sus movimientos eran lentos por el cansancio. Amalfi los observaba con ternura, su corazón dividido entre el dolor y el alivio de estar lejos de Owen. Una vez que terminaron de cenar, los arropó en la cama y les cantó una canción de cuna hasta que ambos se quedaron profundamente dormidos. Amalfi acarició sus frentes con suavidad, agradeciendo en silencio tenerlos a su lado. Cuando se giró hacia la puerta, encontró a Noé entrando con una sonrisa cómplice. Llevaba en las manos un pequeño ponqué con una vela encendida en el centro. —¿Qué haces? —preguntó Amalfi, frunciendo el ceño pero sin poder evitar sonreír. —Cantarte cumpleaños, hermanita —respondió Noé, comenzando a entonar el feliz cumpleaños en voz baja para no despertar a los niños. Amalfi lo miró con los ojos muy abiertos, sorprendida. —¿De verdad te acordaste? —¿Cómo no iba a acordarme? Hace 34 años llegaste al mundo, pero hoy celebramos un nuevo nacimiento. Este es el primer día de tu vida lejos de ese malvado y humillante Owen Farah. Amalfi sintió un nudo en la garganta mientras su hermano se sentaba a su lado, sosteniendo el ponqué frente a ella. —Noé… —Shh, no digas nada. Solo pide un deseo, Amalfi. Pero que sea grande, porque te lo mereces. Ella cerró los ojos, dejando que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas. En silencio, pidió un deseo que, por primera vez en años, tenía que ver con su felicidad y la de sus hijos. Cuando abrió los ojos, sopló la vela mientras Noé aplaudía suavemente. —Eso es, hermanita. Ahora vamos a comernos este ponqué y a brindar por tu libertad. Amalfi dejó escapar una risa baja, sintiendo que, a pesar de todo, tal vez podía volver a empezar. Mas tarde, Amalfi se sentó en el borde de la cama mientras observaba a sus hijos dormir profundamente. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro cansado, pero sus pensamientos estaban muy lejos de allí. Acarició el anillo de bodas que todavía llevaba puesto y suspiró profundamente. Todo aquello le parecía tan irónico ahora. Había renunciado a su identidad para que Owen la amara por quien era, no por lo que representaba, y ahora estaba segura de que jamás la había amado en absoluto. —¿Por qué lo hiciste, Amalfi? —preguntó Noé desde la puerta, rompiendo el silencio. Amalfi levantó la mirada, sorprendida, al ver a su hermano mayor observándola con los brazos cruzados. —¿Qué cosa? —respondió ella, intentando sonar indiferente. Noé entró y cerró la puerta con suavidad detrás de él. —Tomar el apellido de mamá. Ocultar que eras una Walton. ¿Qué esperabas lograr con eso? Amalfi desvió la mirada, como si estuviera buscando las palabras correctas. —No quería que me amara por el dinero de la familia. Ni por el poder del apellido. Quería que Owen… —su voz se quebró por un momento antes de continuar—. Quería que me amara por mí, Noé. Noé negó con la cabeza y se sentó a su lado. —¿Y crees que eso funcionó? ¿Qué alguna vez te vio por quien realmente eres? —No lo sé —respondió Amalfi, bajando la mirada a sus manos—. Durante mucho tiempo pensé que sí. Al principio era diferente… o al menos eso me hacía creer. Yo no quería ser una Walton frente a él. Quería que me viera como una mujer común, como alguien simple y real. Por eso elegí el apellido de mamá, Jones. Creí que si ocultaba mi origen, tendría la oportunidad de vivir un amor sincero, sin intereses. —Amalfi, no puedo creer que te hayas rebajado a eso —dijo Noé, visiblemente frustrado—. ¿Cómo pensaste que ese hombre, un oportunista como Owen, iba a apreciarte más por lo que aparentabas? Él nunca te mereció. —No me rebajé, Noé —replicó Amalfi con firmeza—. Lo hice por amor. Por ingenuidad, quizás. En ese momento, Owen me parecía alguien diferente. No tenía las intenciones que ahora sé que tenía. Yo solo quería un amor genuino, algo que no estuviera manchado por las expectativas de nuestra familia ni por el dinero. Noé la miró con escepticismo. —¿Y por eso le diste nueve años de tu vida? ¿Por eso soportaste sus humillaciones? ¿Por eso criaste a sus hijos bajo su sombra? Amalfi apretó los labios, sintiendo el dolor que sus palabras traían consigo. —Yo pensaba que con el tiempo cambiaría. Que con los niños, con todo lo que compartimos, aprendería a amarme de verdad. —Amalfi, ese hombre nunca iba a cambiar. Porque no te conocía realmente. Y porque ni siquiera le importaba conocerte. Ella levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas. —Tienes razón, Noé. Fui una tonta. Oculté mi verdadera identidad para construir un matrimonio que nunca fue real. Y lo peor de todo es que renuncié a mi orgullo, a mi lugar como Walton, por alguien que jamás lo apreció. Noé la abrazó con fuerza, dejando que su hermana soltara todo el dolor que había acumulado durante años. —Ya basta, Amalfi. Todo eso quedó atrás. Ahora estás en casa, y no permitiré que vuelvas a pasar por algo así. Eres una Walton, y es hora de que el mundo, incluido Owen Farah, lo recuerde. Amalfi, con los ojos llenos de lágrimas, lo miró y asintió lentamente. Quizás era el momento de recuperar lo que había dejado atrás. Quizás, por primera vez en años, era hora de ser ella misma.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR