El cuarto donde habían encerrado a María olía a humedad, encierro y a restos de desinfectante barato que no alcanzaban a borrar el hedor de lo que allí se vivía. Era un espacio pequeño, sin ventanas, con una sola puerta de acero corroído, y apenas un catre con una colchoneta que alguien antes había usado hasta deshacerla. La luz parpadeante de un foco en el techo apenas iluminaba lo suficiente para distinguir el contorno de las paredes desconchadas. María permanecía ahí desde que la habían traído, después de haber sido entregada como mercancía. Su cuerpo aún temblaba por la forma en que la habían revisado, como si no fuera más que una res para inspección. Aún sentía las manos ajenas sujetándola, girándola, abriéndole la camisa sin permiso. Se defendió con uñas, con rodillas, con todo lo q

