Las camionetas no se detuvieron en ningún pueblo conocido, ni tomaron caminos transitados. Durante horas, sólo se escuchó el rugir de los motores y el rechinar de las llantas sobre brechas polvorientas. María, amordazada, con las manos atadas a la espalda y el rostro empapado en lágrimas y sudor, no podía hacer más que mirar el cielo que cambiaba de color tras el parabrisas sucio de la camioneta. Cada bache hacía que su cuerpo se sacudiera y el miedo la invadiera un poco más. Era como si estuviera metida en una pesadilla sin final. Martín del Campo iba en la primera camioneta, sentado con una expresión de orgullo retorcido. Desde su retrovisor la observaba, y con una sonrisa irónica, murmuró: —Ya está lista la presa. Ahora sólo falta entregarla. Que se entretengan bien con ella... y si l

