El aire en la cocina olía a café viejo y a silencio acumulado. Ana Maria revolvía el azúcar dentro de su taza mientras miraba a María con atención. Ella, sentada frente a la mesa de madera, tenía los ojos apagados, como si la conversación con don Hilario la hubiera drenado por completo. —¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo, mija? —le dijo Ana Maria,dejando la cuchara sobre el platito con un tintineo seco—. Si el presidente municipal está coludido con Martín del Campo, esto no va a terminar bien. No debes volver al pueblo, ¡ni de visita! María bajó la cabeza. Sus dedos jugaban con el borde de su suéter, ansiosos, culpables. —No quería confiar… pero fue tan amable, tan cortés. Me habló de apoyos, de ayuda legal, de gestionar un plazo para pagar la deuda… Quise creerle —murmuró. —Y

