La mañana había comenzado cálida y pesada. El sol caía sin clemencia sobre el campo, y en la cocina de la hacienda, María limpiaba unas frutas mientras repasaba mentalmente la conversación con su tía. Rita le había pedido que la acompañara al pueblo, que tenía que recoger unas cosas personales del cuarto que rentaba en una vieja vecindad cerca del mercado. También, con ojos llorosos y voz temblorosa, le había pedido algo más. —Mira, María… no quiero que pienses mal de mí —había dicho Rita, bajando la voz mientras jugaba nerviosamente con los tirantes de su bolso—. Pero estoy pasando por una mala racha. No tengo ni para pagarle al casero esta semana. ¿Podrías ayudarme con unos pesos? Lo que tengas, hija… María se quedó helada por unos segundos. El recuerdo fue instantáneo y punzante: ella

