La mirada de Alexander reflejaba preocupación mezclada con fastidio, no nos atrevimos a movernos ni un centímetro de nuestro lugar e intentábamos regular nuestra respiración, de mi parte, no me sentía capaz de alejarme de su cuerpo, a pesar de que era mi hijo quien llamaba a la puerta y que debía ir a atenderlo. El rostro de Alexander se hundió en mi cuello mientras su cálido aliento chocaba con mi piel haciéndome erizar y sin tener la más mínima intención de dejarme ir, susurró acariciando mi cabello relajándome por completo, tanto, que por un segundo olvidé que Tristán estaba del otro lado de la puerta. — No vayas, mi amor, Maga se encargará de él. —dijo con su voz ronca y profunda, logrando que cerrara los ojos y me dejara llevar por el camino de besos que dejaba

