—Padrecito...—Lo dije con aire contenido, la emoción por igual la disimulaba un poquito.
Una vez me puse de pie, tuve muchas ganas de correr hasta donde estaba él; brincarle arriba, darle besos a esos labios tan hermosos y decile lo mucho que ya lo amaba.
Creo que hasta lo hubiera hecho de no ser por el ruido loco de unos tacos acercándose a nosotros.
Doña Filomena pronto aparecio detrás de la figura del padrecito, miró directamente hacia mi, como si hubiera encontrado algo que andaba buscando con desesperación.
—Ve, le dije que aquí estaría la jovencita. —Me señaló con gesto de triunfo.
—Sí, muy sabía usted... señora Filomena, por algo es la mujer más sabía de este pueblo, quizás de la región. —Me trague el susto, por igual, una carcajada que deseaba salir, cuando escuché decir eso a mi padrecito, sin casi mover los labios. Aparte de que me pareció que hablaba como si bromeara o se burlara de esa bruja metiche.
—Gracias, padre Mateo. —La mujer pronto se puso frente a él tomo una de sus manos y la beso. —Viniendo de un santo como usted todo es verdad.
Siguió inclinada ante el, hasta que empezó a retroceder. Yo también retrocedí unos pasos, de no hacerlo me hubiera chocado el enorme culo de doña Filomena, tan grande como su lengua venenosa.
—Le agradecería que me dejara con la jovencita.
—Claro padre, esperamos que usted obre en ella. —La escuché decirlo con suavidad, también parecía gustar mucho de mi padrecito de ojos azules.
Apreté los labios, casi con rabia hasta que la ví desaparecer. Después, todo fue verlo a él, incluso su olor me llegó con fuerza... cada vez más, me llegaban las notas de almizcle, haba tonka y madera salvaje. Para captar la esencia no era tonta, siempre me habían gustado los olores de las cosas... incluso de las más simples flores silvestres que crecían en el jardín trasero de mi casa. Las conocía casi todas, incluso me inspiraban para dibujar mis joyas.
En ese preciso instante mirando a mi padrecito y sus ojos, lo podía asemejar a un hermoso diamante incrustados en cadenas de platino.
« Uhhh, hasta me imagino como serían nuestros anillos de boda. »
—¿Por qué pareces tan lejana?
—Padrecito, perdóneme, estaba pensado en lo bien que huele usted. —Me tape la boca al instante pero ya era muy tarde. Había dejado salir lo que invadía mí mente y hacia latir muy fuerte mi corazón. —Disculpe, a veces hablo sin pensar.
El padrecito no dijo nada, se acercó más a mi, lo que provocó que mi corazón se acelerará más, hasta a mis pulmones parecía costarle hacerme respirar.
« ¡Ay no Carmelina! esto es demasiado para ti. » Me dije con desesperación.
Esa idea no valió de nada, me quedé quieta, a la espera de que estuviera tan cerca de mi que debía alzar más mi rostro y tocar su pecho oculto bajo esa sotana negr@, con mis manos regordetas. El vapor de su cuerpo enorme llegaba hasta mi, me quemaba la piel.
—Hace mucho calor padrecito —dije con la boca seca, loquita por dar un salto, treparme a él como lo solía hacer en las matas y besarlo mucho, rico... aunque no tenía ni idea de cómo meterle la lengua hasta el fondo. —Siento que me quemó padrecito.
—¡Uhhh! ya veo por que no quieres ser novicia. En tus ojos puedo leer que eres algo lujuriosa pequeña. —Cuando el padrecito hablo no le di importancia a la palabra "lujuria", solo le puse atención a la puntita de su lengua cuando hablo y a sus bellos labios.
—No se que es lujuria. Solo le puede decir en secreto de confesión que todo se me pone muy caliente cuando usted se acerca a mí. —Lo deje salir. —También le puedo jurar por mi alma que nunca me había pasado. —Agregue casi sin aliento.
Me sentí más liviana cuando le confesé mi deseo, me mordí al instante los labios y luego los entreabri un poco para liberar mi aliento caliente.
—¿Solo te pones caliente? —Su pregunta fue suave, como un secreto que me hizo volver a mirarlo a los ojos.
Aparte del azul hermoso de sus ojos, juraría que había visto una chispa de fuego rojo. Tal vez una señal de que el me deseaba tanto como yo a él.
—Tambien muy húmeda padrecito. —Lo exprese sin pudor. Me importaba parecer una joven inmoral ante mi padrecito. —En especial, ahí, abajito... en el centro. —Le indique con la mirada.
Sabía que estaba siendo muy atrevida, pero no me asusto ese hecho, más bien que el no dijo nada. Solo me atormentó un poco con su silencio y el recorrido de sus ojos por mi cuerpo redondo. Hasta que lo ví levantar su mano derecha y la poso sobre mi mejilla izquierda. Una caricia leve que me lleno más de su aroma, haciendo que mi coño se humedeciera más.
—Eso me calienta más, padrecito mío. —Apenas me salía la voz, mi agitación era insoportable.
—Veremos esto. —Anuncio el padrecito antes de introducir uno de sus dedos en mi boca que lo recibió lamiendolo, chupándolo con hambre. —Chupalo despacio, esto te ayudara a liberar tus demonios.
Le obedecí, lo chupe despacio, como si mi vida dependiera de hacerlo bien y de mantener el contacto con sus ojos que parecían prenderse en fuego.
Lo hice hasta que ví su agitación y el mismo lo retiro de mi boca, para deslizar sus manos por mi cuello.
Ya empezaba a sentir mucha felicidad, también ilusión, por la idea de que este me pudiera unir sus labios a los mios, cuando sus grandes manos me sujetaron por el cuello y vi su rostro hermoso descender hacia mi.
—Te enseñaré lo que verdaderamente es bueno.
—Enséñame padrecito.—Mis palabras fueron suplicas.
Abri mucho los labios, a la espera de ese beso.
—¡Carmelina, hija!