Unos ojitos rojos.

730 Palabras
—¡Carmelina, hija! El llamado de mi madre me devolvió un poco la cordura. Aun así, vi cómo mi ansiado beso se me escapaba, como una estrella fugaz a la que no se alcanza a pedirle un deseo. Pero yo no era tonta ni lenta. Siempre había actuado con rapidez cuando algo me obsesionaba hasta la locura. Antes de que su rostro se alejara más y de que volviera a escuchar el llamado perdido de mi madre, di un pequeño salto, agitado y pegué mis labios humedecidos a los suyos. Después, solo me escabullí con torpeza de la figura grandota de mi padrecito para ir al encuentro de mi madre. —Carmelina —esta vez su llamado fue más suave. —Aquí estoy, mami —pronuncié con los labios temblorosos, incapaz de creer que había dado mi primer beso. Aunque esperaba que mi madre apareciera en cualquier momento y que el sonido de sus pasos me lo anunciara, en mi mente solo repicaban campanas de boda. En mi corazón, el padrecito era tan mío que no dudaba ni por un instante que ese día estaba destinado para nosotros. —Aquí estás —escuché primero su voz, ya más cerca; luego sentí el toque de sus manos—. Disculpe, no sabía que usted aún estaba con ella, padre Mateo. Miré a mi madre, que se veía algo avergonzada; después al padrecito, que parecía mudo. Ni un sí… ni un no salieron de sus labios. Simplemente se giró y nos dio la espalda, tras hacer un extraño gesto con la cabeza. Mi madre lo entendió antes que yo. Me tomó con fuerza del brazo y, con ese gesto, nos internamos de nuevo en la casa, donde el olor a incienso se volvía casi insoportable. Se lo hice saber, y eso bastó para que decidiera que nos marcháramos. Lamenté no haberme despedido de mi padrecito, pero prácticamente había desaparecido. Además, no tenía valor para verlo otra vez… para soportar que me diera la espalda, como quien no le tiene piedad al amor. El camino de regreso a casa me dio miedo, aunque no entendía bien por qué. Iba caminando muy cerca de mi madre, tratando de que mi vestido no lo levantará la brisa que empezó azotar de la nada, y contando mis pasos en silencio, como hacía cuando quería espantar pensamientos feos. La noche se había puesto rara. No oscura del todo, pero tampoco tranquila. Los grillos sonaban demasiado fuerte y el viento movía los árboles como si se hablaran entre ellos. De pronto sentí que alguien me miraba. Más bien nos miraba. No supe cómo explicarlo, solo lo sentí aquí 'en el pecho' como cuando uno hace algo malo y cree que Dios ya lo sabe. Levanté los ojos despacio, con miedo de encontrarme con algo que no debía ver, y entonces los vi. Dos ojitos rojos, chiquitos pero encendidos, mirándome desde entre unos arbustos algo distantes, que se alzaban cerca de un parque abandonado por el cual debíamos pasar por obligación. No me gustaba, siempre me habia dado miedo pasar por ese lugar. El corazón me empezó a latir tan rápido que pensé que mi madre podía escucharlo. Recordé todo lo que me habían dicho de niña: que los demonios miran desde la oscuridad, que las almas en pena castigan a las niñas desobedientes, que el pecado llama cosas malas. Quise cerrar los ojos, pero no pude. Sentí ganas de llorar, aunque no me atreví. Si lloraba, seguro eso se acercaría más. Apreté la mano de mi madre con fuerza. —Mami… —susurré, pero la voz no me salió completa. —Agiliza los pies, no seas cobarde. —Sus palabras creo que sirvieron de algo. —Ya casi llegamos a casa. —Si mami. Cuando volví a mirar, los ojos ya no estaban. Eso fue lo peor. Porque entonces pensé que no se habían ido… solo se habían escondido, o que yo estaba loca. Caminé el resto del camino sin soltarla, rezando bajito en mi cabeza, prometiendo portarme bien, prometiendo no volver a hacer nada malo, con el beso aún tibio en los labios y el miedo creciendo como una sombra dentro de mí. Prometi muchas cosas, incluso después de llegar a la seguridad de mi hogar... claro, lo único que no prometi era lo que sabía que no podía cumplir. "Volver a besar al padrecito mío".
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