Después de que la corderita regordeta llamada Carmelina me besara de forma fugaz, no fui capaz de volver a interactuar con nadie. La sacudida fue tal, que actue con una torpeza impropia en mi proceder cauteloso: di la espalda a la joven ofrecida y a la madre que apareció de repente, a sus miradas curiosas, incluso a la velada insoportable con un olor nauseabundo que estaba enloqueciendo a mi lobo. Abandone de forma escurridiza una vez mis huesos comenzaron a estallar anunciado lo inevitable. Escorpio deseaba salir.
El resto de mi noche se redujo a vagar sin rumbo por la zona boscosa de aquel pueblo polvoriento, una vez que el control sobre mi lobo Escorpio comenzó a resquebrajarse.
Mi lobo quedó prisionero del aroma de nuestra mate; la siguió. La acechó. Y en algún punto, mientras la observaba desde detrás de unos arbustos, tuve la inquietante sensación de que ella lo percibía, como si nos pudiera escuchar o al menos presentir como una sombra vigilante.
Estuve a punto de saltar y aullar en mitad de la calle, de lanzarme tras ella y atraparla. Pero no lo hice. No permiti que el animal tomara el mando. Resistí, aprete los dientes, hasta que mi cuerpo se desvaneció en la oscuridad de aquella calle silenciosa.
Dentro de mi, la lucha fue cruel. Mi parte humana se aferraba a los restos de su voluntad, recordándose quién era, qué límites no debía cruzar, mientras el lobo arañaba desde adentro, impaciente, furioso, reclamando lo que consideraba suyo por derecho primitivo. Cada latido era una orden contradictoria: huir o cazar, proteger o poseer. El aroma de ella no solo despertaba hambre en nosotros, sino una necesidad ancestral de marcarla, de fundirnos, de borrar la distancia entre presa y depredador.
Resistirlo me dolió más que rendirme, pero aun así lo hice, dejando que la razón sangrara lentamente para mantener encadenada a la bestia, para que no actuara a su voluntad por completo.
Todo ese caos sobrenatural, fue apenas indicios de que me sería inevitable contenerme, por igual contenerlo a él. Al final de cuentas, ambos teníamos el mismo deseo. Fuimos por ellos a observarla desde la sombra.
Entrada más, la fría noche, me saborie cuando aparte la mirada de la ventana de lo que parecía ser su habitación. Un descuido en la postura de la cortina me había permitido observar su carne y la piel expuesta de la corderita.
«¡Grrr!». Gruñí por dentro, ante el impacto visual de sus pechos desnudos, enormes, masudos, con unos bellos pezones color coral. La bestia babeo y la excitación fue inminente. Luego nos palpo la frustración, cuando una enorme tela rosa cayó sobre su cuerpo, ocultando lo que ya consideraba una delicia carnal.
Las garras se deslizaron por la ventana de cristal, lo cual fue un movimiento imprudente de mi lobo.
—¿Quien está ahí? —A pesar de la pregunta tonta y de ver como está, se acercaba a la ventana, con rostro curioso, nos mantuvimos firmes, tanto el lobo, como el humano resguardado dentro de su pelaje oscuro.
No vimos peligro, la observación era por una línea descuidada que no tapaba la horrorosa cortina de muñecas.
La corderita se acercó más, su olor fue más sustancioso, hipnótico, nos borro un poco la razón y cuando está levantó la tela ridícula, ya fue tarde... solo quedó mirarla, antes de que está abriera la boca con desconcierto y volviera a bajar la tela.
—¡Mami, tía!...—El grito que escuche fue nefasto, extremadamente agudo. —Vengan, hay un perrito. —Eso me dejó más descolocado y a mí lobo retrocediendo mientras gruñía suavemente.
« Nos tocó una loca de mate, ¿cómo qué un perrito? »
No había peor ofensa para un Alpha que en estado licantropo media 3 metros que lo confundieran con un perro.
« Mejor retiremonos. » Le pedí, mientras seguía escuchando los gritos de felicidad de la chica y pasos que se acercaban.
—¿Dónde está el perro Carmelina?—La voz de otra mujer se hizo parte del ambiente. Nos quedamos atentos unos segundos más, mi lobo Escorpio no queria ceder.
—Esta afuera, se puede ver por mi ventana, es pequeño, n€grito y tierno.—Todo ese hablar tonto, se escuchaba como una burla, hacia la apariencia imponente de Escorpio. —Mami lo quiero, salgamos a buscarlo.
—Primero déjame ver si es verdad.
Esas palabras fueron el punto y aparte de esa noche. Antes de que la cortina volviera a ser levantada, desde el interior de ese espacio iluminado, Escorpio reacciono, ocultándose de forma veloz...
—No veo nada, hija.
Esas palabras fueron las últimas que escuchó. Brincó la cerca y se internó en una zona más oscura, donde el hedor del estiércol se mezclaba con la sombra de los árboles, cómplices perfectos para camuflar su bestialidad. Avanzó sin detenerse hasta llegar al punto exacto donde había dejado su vestuario fingido. Allí recuperó la carátula del hombre… un hombre que, quizá, era aún más bestia que el propio lobo que llevaba dentro.