Una jovencita mentirosa.

1770 Palabras
—¡Por fin es martes! —mencioné sin importarme que mi madre estuviera más pendiente de mí que de pesarle bien las papas a doña Chavela. —¿Tienes pensado salir, Carmelina? —preguntó mi madre. Le lancé una mirada de reojo. Tanto ella como la clienta tenían los ojos clavados en mí. —Contéstale a tu madre, niña —intervino doña Chavela sin el menor disimulo. "Siempre de metida", pensé, fingiendo indiferencia—. Sé obediente —añadió, alzando la voz hasta opacar el murmullo del mercado, colmado de otros puestos y pregones. —Hoy me toca ir a la iglesia —respondí, solo para satisfacer su curiosidad. —¡Ahhh! Qué bendición, señora Norma. Su niña es un tesoro —exclamó doña Chavela. Sonreí de inmediato ante el halago; incluso me acerqué un poco más, como esperando que continuara. —Ya es raro ver jovencitas tan tiernas siguiendo los pasos del Señor. Me volví hacia mi madre y la abracé con entusiasmo, aunque ella no parecía del todo convencida de aquellas palabras tan claras. —Pues su fe ha crecido hace unos días —dijo mi madre, sin tardar en minimizar mi devoción—. Espero que le dure algo. —No lo dude —insistió doña Chavela—. Mire cómo le brillan los ojos a su niña. Me señaló con un dedo tembloroso por la edad, antes de tomar la bolsa de papas que mi madre había dejado sobre la mesa. —Es difícil ver tanto entusiasmo en los jóvenes hoy en día cuando se habla de congregarse. —Yo nunca dejaré que se apague mi entusiasmo —afirmé con seguridad—, menos con el padrecito Mateo, ya lo veo como un guía espiritual. Me tambaleé apenas, sin perder el equilibrio. Estaba emocionada; mencionarlo siempre tenía ese efecto en mí. —Es muy bueno con todas, incluso con nosotras, las devotas que nos encargamos de mantener pulcro cada rincón de la iglesia —. Dijo Chavela, ya más interesada en hablar conmigo que con mi madre—. Si quieres, puedes unirte a nosotras. —¿Limpiar? —pregunté confundida. No se me daba mal, incluso mejor que cocinar, pero antes necesitaba saber exactamente qué tendría que hacer. —¿Qué más, Carmelina? —sentí la mirada de mi madre clavarse en mí, como si fuera una holgazana—. No está de más que vayas a ayudar a la iglesia. Aquí, en el puesto, no haces más que comerte la mercancía cuando vienes, y en la casa… ni hablar. En casa estaba mi tía Morgana. Lo entendí todo. Claramente no lo decía por la presencia de la señora. No había otra razón. Yo siempre colaboraba en el hogar; la que pasaba el día durmiendo era mi tía, por culpa de su alergia a los detergentes. —No sé… no quiero dejarte sola, mami —terminé diciendo con desgano, y volví a alejarme para ocupar una pequeña silla en un rincón, donde el aroma de las frutas era más intenso. Eran solo excusas. No me gustaba ir a la iglesia; para mí no tenía nada de divertido. La única razón por la que ahora la visitaba con tanta pasión era la presencia de mi padrecito hermoso. —Espero que su hija lo piense —. Volvió a mencionar Chavela con una voz dulzona. —Lo pensará. También veo bien la idea de que Carmelina se ocupe en servir —respondió mi madre. Las escuchaba, pero fingía distracción mientras leía los últimos mensajes que Lulú había dejado en nuestro chat de w******p. Después, ambas lenguas parecieron aquietarse, y solo me quedé percibiendo la sombra de mi madre yendo de un lado a otro, atendiendo a las pocas personas que se detenían a comprar en el puesto. Cuando escuché varias voces, levanté la mirada; había más de cinco personas esperando ser atendidas. —¡Carmelina, deja de ser tan holgazana! —me reprendió—. Levántate, ayúdame por favor. No hice pucheros. Obedecí sin chistar y atendí a dos señoras: una por verduras frescas y otra por frutas. A esa hora de la mañana siempre llegaban muchos clientes, y ese día no fue la excepción. Estuvimos tan ocupadas que la hora de comer se nos pasó sin darnos cuenta. Ya cerca del mediodía, mamá me dejó sola en el negocio para ir a comprar nuestro almuerzo. No le había encargado nada a mi tía… mi tía Morgana no sabía nadita de cocina. Cuando no quemaba el arroz, lo dejaba crudo y sin sal; y ni hablar de otras cosas: el huevo se le quemaba, y cuando intentaba pelar una papa terminaba cortándose las manos. «Pobrecita de mi tía», pensé con un dejo de ternura. Al menos yo sabía cocinar… no tan bien como mi madre, claro está, pero lo suficientemente decente como para poder casarme con el padrecito. Suspiré, recostada en el mostrador, con la vista perdida y la mente puesta en mi amado, a quien vería en unas horas. Fue tal mi ensueño que lo único que logró traerme de vuelta a la realidad fue escuchar unas palabras que me lo recordaba a él. —¡Su bendición, padre Mateo! La voz se oyó cerca. Me puse alerta, mirando a todos lados, hasta que logré verlo. Grandote, bien vestido, con la sotana propia de su oficio. Me parecía un sacrificio llevarla puesta: el calor en el pueblo era infernal, y con el polvo todo resultaba aún más sofocante. Me dio pena por mi padrecito, aunque, viéndolo bien mientras se acercaba al puesto de mi madre, él parecía cómodo. No se le veía sudoroso; incluso a esa distancia, sus ojos azules lograban hipnotizarme. —¿Se puede ser más perfecto? —murmuré, con el corazón acelerado—. Oh, sí… viene hacia acá. Cambié de postura con rapidez. Le di la espalda fingiendo ocupación y saqué del bolsillo un brillo labial con sabor a caramelo. Lo apliqué a toda prisa, como si ese gesto pudiera prepararme para el destino. —Buenas tardes —lo escuché saludar con educación. La voz profunda de mi amor me avisó que ya estaba ahí. Detras de mí. Detrás de su futura esposa. Apreté los ojos, loca por la emoción de verlo y escuchar su voz, antes de girarme y encontrarme con ese rostro tan bello que parecía hecho por los angeles. —Buenas tardes, padre Mateo —respondí, devolviéndole el saludo. No habló de inmediato. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo con detenimiento. Yo lo comprendí. Me acerqué un poco más; sentí ese silencio como un reclamo, casi una súplica muda para que redujera la distancia entre nosotros. —Veo que eres una jovencita trabajadora —dijo al fin. Asentí con la cabeza y, de paso, imité su gesto al observar el puesto, donde se exhibían ordenadamente frutas, vegetales y tubérculos de todo tipo. —Siempre he respetado a las mujeres de trabajo —añadió. Noté cómo sus labios se movían de una forma peligrosamente seductora al decirlo. Me sentí la elegida. Algo dentro de mí aseguraba que el padrecito estaba tan loco por mí como yo por él. —Me gusta trabajar, es mi pasión. Todos los días vengo a este puesto familiar y vendo de todo —hablé atropelladamente, nerviosa, tocando bananas, melocotones y otros frutos, mientras intentaba mirarlo sin parecer desesperada. Él, en cambio, parecía confundido. —¿Solo trabajas tú? —Sí, ya soy grande. Mi madre me dejó a cargo del negocio —seguí moviendo las manos sin control—. Mi madre quiere que me case pronto.Las palabras escaparon de mi boca sin permiso.—Disculpe… no debí decir eso, padrecito. Sentí vergüenza, sí, pero no de la que quema. Era una vergüenza dulce, inquieta. Tampoco debía parecer desesperada… aunque una parte de mí deseaba que él lo notara. —Yo también lo creo —me respondió en voz baja, acercándose un poco más. El mostrador de madera vieja era lo único que nos separaba—. Aunque dicen que primero hay que mostrar los talentos a quien se desea como esposo. Su cercanía me paralizó un poco el cuerpo. Fingí normalidad y miré alrededor, asegurándome de que nadie nos observaba. Por suerte, el mercado estaba casi vacío, rendido al sol feroz y al calor del verano. —Tengo muchos —dije con una sonrisa apenas insinuada—, aunque nunca los he practicado con uno de verdad. Tomé una banana con lentitud deliberada. La pelé sin prisa, sintiendo su mirada clavada en mí, y la llevé a mis labios. El padrecito no supo disimularse: vi la chispa roja encenderse de nuevo en sus pupilas, su garganta moverse cuando tragó saliva. Saber que lo afectaba me estremeció. —¡Padre Mateo! La voz de mi madre cayó como un balde de agua fría. Mordí la banana y le di la espalda, obligándome a escuchar la conversación respetuosa que ella inició. —Padre, no se vaya con las manos vacías. Déjeme darle algunas frutas —dijo con apuro. Luego apareció frente a mí y me entregó la bolsa con nuestra comida—. De haber estado aquí antes, ya se las habría dado… ya estaría de camino. —No tienes por qué molestarte —respondió él—. Si deseas, puedes enviármelas con tu hija, cuando termine de trabajar. —Sí, mamá, de todos modos hoy iré a la iglesia. —"A confesarme con descaro, quise decir. A confesar que ese hombre despertaba en mí pensamientos que no sabía dónde esconder." Pensé. —Está bien, lo veo correcto. —Es usted muy afortunada de tener una hija tan joven que ya se ocupa del negocio familiar. Esta vez fui yo quien tragó en seco. Supe al instante que mi pequeña mentira se había derrumbado. Otro pecado más para la lista. —Nada que ver —corrigió mi madre—. Hoy tuve suerte de que viniera a acompañarme. —¡Mamá! —protesté en voz baja, sintiendo cómo me desnudaba frente a él con su honestidad brutal. Me dejé caer en una silla vieja cuando me encontré con el rostro serio del padrecito. Ya no había chispa, solo contención. —Es la verdad, no hay razón para mentir —me regañó ella, sin importarle su presencia—. Mejor come y luego me ayudas a escoger las mejores frutas para que se las lleves esta tarde al padre. —Gracias, señora Norma. Lo miré una última vez, con timidez. Esta vez no encontré sus ojos azules: ya me daba la espalda. Y aun así, su ausencia pesó más que su presencia cuando se alejó.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR