La penitencia de una pequeña pecadora.

1387 Palabras
Despues de oficiar la misa de la tarde, puse excusa para no entrar al confesionario. Mi lobo estaba harto, yo estaba harto... todo lo que nos rodeaba nos tenía en total hartazgo. Lo único que me mantenía en ese pueblo caliente era esa jovencita. Después de ver sus pechos y parte de su piel expuesta no dejaba de desearla, igual mi lobo tenía una necesidad inmensa por marcarla, al mismo tiempo de castigarla por llamarlo "perrito". Aún la palabra diminuta nos chocaba. —¿Cómo puede ser tan tonta?. — Musite, viendo con calor la puerta de la oficina parroquial. Estaba a la espera de la cordera mentirosa. —Ya entra —agregue con una impetuosidad caliente. Su olor estaba por todas partes lo que me daba a entender que quizás se había puesto a revolotear como una loca por las cercanías, después de acabada la misa. En un desvío de mis ojos, mientras daba vueltas por la oficina casi en penumbra ví como el número de mi hermano se marco en mi teléfono, justo cuando escuchaba unos pasos acercarse y el olor de ella avivarse. Dos zancadas bruscas bastaron para que llegara hasta la mesa y silenciara el molesto aparato. No tenía intención de hablar con él. Aunque me pesara necesitaba 2 días más. El me debía lealtad aunque fuera un lobo nomada, apartado de su manada. La sangre Braconchely estaba por encima de la manada de sombras. Después de dejarlo en el interior de una gaveta, me sente en un sillón que parecía de juguete en comparación a mi estatura. Ni me moleste en hacer mala cara, mi atención estaba demasiado enfocada en la puerta de madera. ¡toc, toc!. El toque suave me hizo estremecer. —Estoy aquí. —Dije sin mas. Evidentemente emocionado por su cercanía. —¡Puedes pasar! — .Grite un tanto serio. Dicha postura la mantuve hasta que la vi abrir la puerta y entrar con rostro sonriente. —Hola padrecito. —Hola Carmelina. —Replique el saludo. Sin poder verla a la cara. La imagen de sus tetas grandes me asaltaron. Aún debajo de ese atuendo discreto color azul que llevaba puesto se le veían prominentes, jugosas. Una fuerte palpitacion mi agito la v***a. Ya comprendía lo desquiciante que podía ser una conexión. —Sientate niña, tápate con la bufanda. —Al decirlo, le señale el busto, el escote no era lo suficientemente discreto, aparte de que el aire acondicionado de la oficina ya había hecho efecto en sus pezones. Se marcaban con bastante descaro. —Disculpe padrecito. —Dijo con su vocecita peculiar. Justo después se sentó y se tiró el trapo feo encima. Eso me permitió mirarla a la cara, después deslizar la mirada a la maniobra que hacía de sacar un papel de su cartera. —Padrecito, hice mi tarea. Investigue en el diccionario que es "Fornicar". —Me mostró el papel color rosa y con una visible buena caligrafía. Incluso lo movió como si fuera una cursi colegiala que intentaba aventar una carta de amor. Le hice un stop con la mano, antes que dejara la hoja sobre el escritorio. No estaba para estupideces y de sobra ya sabía que esa corderita aún no había sido mordida. Tenía un olor muy puro. Solo olía a ella y su deseo por mi... incluso podía jurar que desde que estaba predicando en el pulpito su coño mojaba por mi. Sus feromonas la delataban. —Tu te encargas de leerlo. —Ok padrecito. —Se expreso con sumisión. Después simplemente se acomodo en el asiento antes de comenzar. —«Fornicar: significa tener relaciones sexuales fuera del matrimonio o de una unión estable, un término que se originó del latín fornix (bóveda), refiriéndose a los burdeles romanos ubicados en arcos, y que hoy en día se usa para describir el coito no marital, o incluso la promiscuidad s****l. » Después de terminar de leer el texto copiado, me miró con obediencia. Tuve que tragar en seco para no tirarmele encima a la corderita regordeta. Se me apetecían tantas cosas, ella parecía dispuesta a complacerme. —Padrecito. Ve que si obedecí. —Puso la boquita entre abierta cómo quien deseaba con súplica que le pusieran algo duro en la boca. —Si, eres una jovencita obediente. Te absuelvo de ese pecado. Solo te falta pulgar de la mentira. —Mis palabras tenían otras intenciones, al menos probarla un poco sin levantar sospechas. —Sabes que mentiste cuando nos encontramos en el mercado. —Padrecito, lo sé. Por eso estoy dispuesta hacer lo que pida para ganarme su perdón. Volví a enfocar aquellos pechos, mi lobo por igual tenía la necesidad de volver a verlos. —Te costara. En verdad no soporto a las mujeres falaces.—Me levanté seguido, ella al instante me copio y se levantó por igual, con mucho brio. —¿Cómo piensas demostrarme que eres todo lo contrario. Podía olerla de una forma casi enloquecedora cuando ya estuve a centímetros de ella. —Primero debo saber qué es falaces padrecito. Volvía a demostrarme que era algo ignorante, aunque estaba lejos de ser bruta. Una mujer con su mirada y su liviandad para mentir de forma tan calculada no podía serlo. —Es una forma delicada de decirte, lo mismo que te dije hace un momento "mentirosa". —Escupí, sintiendo más el calor de la corderita. Ella estaba a punto de explotar, me miraba con intensidad, se mordisqueaba los labios con un ritual de seducción que estaba de más. Me bastaba con verla para sentir que explotaba de deseo. —Entiendo padrecito. —La corderita se atrevió a quebrar el silencio, en conjunto con un movimiento atrevido. Poso sus manos sobre mi pecho, se acercó más... mirándome con sus ojos excitados... pequeños y misteriosos, de un color que aún no terminaba de comprender. —Soy una pecadora padrecito, debería hacerme cumplir una penitencia. —Trague en seco cuando su voz fue un ruego de posesión. —Sera una especial, el beso del domingo, el que me toques como lo estás haciendo ahora, merece un castigo. —Mire la puerta una vez dije eso, casi a punto del colapso. —Cerre la puerta con seguro padrecito. Vine dispuesta a ser crucificada por usted. Esa confesión lujuriosa me tomo desprevenido. Agitado la tome entre mis brazos, luego la alce y la deposite sobre el escritorio, del cual broto un crujido molesto. Pero importaba que se desplomara ese mueble viejo. —¿Que estás dispuesta a entregar?—Le pregunté, con el rostro cerca de su cuello, intentando captar más su aroma, hacerlo mío. —Todo padrecito. Soy suya. "Mía" Mi lobo casi aulla en mi interior, al escuchar la confesión de la corderita. Ambos estábamos en una misma sintonía. Hambrientos, muriendo por devorarla. —Tu primera penitencia, será enseñarme tus tetas. Quiero chuparlas. —Le susurre al oído. Cómo respuesta, está se estremeció. —Padrecito. —Me retire un poco para verla maniobrar. Era perversa y visiblemente me deseaba, aunque también parecía estar algo loca, en segundos hizo aún lado la bufanda que cubría sus hombros y después empezó a quitar los botones delanteros de su vestido. —Eso, muéstrame tus tetas. No tengas miedo es nuestro secreto. —Claro padrecito. —Lo decía tan rico que la v***a se me puso más dura. —Yo Soy suya. Quiero que me enseñe. —Seguia enloqueciendome con su vocesita, hasta que vibre más, al ver como ya se empezaba a ver la piel expuesta de sus pechos y sombras de sus pezones. —Mirelas padrecito. —Me pidió como si no lo estuviera haciendo, una vez las libero. —Tienes unas tetas divinas. —Me saborie, antes de rozar con mis dedos sus pezones. Los cuales apuntaban mi boca, en señal que debía chuparlos. —Debo besarlas, es parte de tu penitencia. —Si padrecito, he soñado mucho con eso. La confesión me hizo actuar más rápido y con mayor rapidez introduje uno de sus pezones en mi boca. —¡Ay padrecito! —Las lami con más hambre mientras la sujetaba por la cintura. —¡Que rico! es mejor que solo soñarlo. —¿Te gusta? —Le pregunté antes de pasar a chupar su teta izquierda. —¡Sí, padrecito! ¡chupe padrecito... no deje de chupar!
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