POV; Carmelina
—¡Ay padrecito!—volvi a gritar suavecito.
Su lengua jugaba con mis pezones dentro de su boca, bajo la humedad caliente que me atrapaba tanto arriba como abajo. El padrecito me estaba volviendo loca y yo lo disfrutaba.
Arque un poco la espalda con ganas de que se metiera la teta que me estaba chupando por completo en la boca.
—¿Te gusta, pequeña pecadora? —Lo escuché decir cuando libero un pezón y me miró con sus ojos azules, intensos, con chispas de fuego rojo. —Dimelo.
Su voz gruesa, fue una orden.
—Si padrecito. No sé detenga. —Empuje su cabeza para que siguiera lo que estaba haciendo. —Me gusta como me chupa las tetas.
Sonreí nerviosa, el en cambio no sonrió, ni se enojo, solo saco toda su lengua y la paso a todo largo por una, luego por la otra. Seguido esa enorme lengua caliente subió por mi piel, hasta rozar con su humedad mi cuello. Todo mi cuerpo vibró. Todo eso era nuevo, pero fascinante.
—Mía
Ese susurro en mi oído me volvió más loca. Casi le pido que hiciera suya, pero la invasión de su lengua me dejo en el aire. El padrecito mordisqueo mi labio inferior, con la punta de su lengua intentaba que abriera mi boca.
—Abrela , maldición. Te enseñaré como se besa de verdad.
Me pareció extraño que maldijera, más el gusto le ganó a la cordura. Obedecí y dejé que introdujera su lengua dentro de la mía. Al principio mi lengua no supo que hacer. Eran muchas cosas al mismo tiempo. En un muslo sentía su cosa dura, sus manos acariciaban mis pechos, eso también me derretía y por último el sabor de su saliva mentolada me estaba haciendo ver todo nublado.
Use un poco mi inteligencia, e imite sus movimientos con la lengua, incluso se la chupe un poquito.
« Sabe tan rico. Besame más mi padrecito delicioso. » Fue mi súplica mental, mientras disfrutaba esa gran bendición.
Perdí el tiempo, casi hasta la respiración, pero no importo, estaba cumpliendo mis sueños. Solo faltaba ser cogida duro por él, tal como decía mi tía Morgana.
Una vez nuestros labios se separaron por culpa del padrecito y lo ví mirarme con mucho deseo, fui sincera.
—Cojame padrecito. Cojame duro. —Le implore.
El se quedó quieto, con sus manos puestas en mis tetas, sin moverlas.
—¿Acaso sabes lo que es coger, pequeña pecadora? —Lo dijo con brusquedad.
Me sentí un poco mal por su forma de decirlo, al instante se me pasó. Sabía muy bien lo que quería y era a él.
—No lo he probado, pero he visto como se hace. —Abri más las piernas. —Soy suya padrecito Mateo. —Añadi, acercando más mi cuerpo al suyo.
Me le estaba brindando. Cómo no hacerlo, mi coño latía con un ardorcitos cosquilleante, necesitaba que la cosa dura que había tentado con uno de mis muslos me sofocara esa fuego.
El padrecito volvió a encender la chispa roja en sus pupilas. Me estremecí nuevamente. Sabía que era un si... pronto mis sueños húmedos se harían realidad.
Cuando sus manos empezaron avanzar por mis piernas, igual separé mas las piernas para que el aire llegara a mi coño y también el padrecito pudiera quitarme las bragas húmedas.
Su contacto fue muy eléctrico, casi como un rayo. Sus manos grandotas se frenaron cuando sostuvieron la tela de la prenda íntima; luego poco a poco, bajo el calor de unos besos que me daba y el roce de su cuerpo con mis pechos, me ví más desnuda. El aire frío tocó esa piel interna, más no mato mis ganas.
—Abre más las piernas, quiero ver tu coño. —Asenti ante su orden. Sin nada de vergüenza.
Cuando intenté hacer la acción, un ruido extraño me asusto. Se escucho cerca, como si algo se hubiera caído. Me aferre al padrecito algo nerviosa.
—¿Qué fue eso? —El no me respondío, solo se apartó de mi. Lo ví mirar a los lados, hacer algo raro con su nariz —¿Por qué olfateas como si fueras un perro?
—No vuelvas a decir eso. —El tono que uso esa vez fue de puro regaño.
Ya no me miraba con el mismo deseo. Más bien no me miraba. Parecía estár muy interesado en un estante lleno de libros viejos.
—Mejor me voy. Parece que ya no quiere que juguemos.
La intención era que volviera a besarme y llegara a follarme. A pesar del susto aún quería que el me hiciera esas cosas que tanto me gustaba ver en mi laptop con mi tía Morgana.
—Es lo mejor.
Esas palabras me pusieron triste. Solo hice pucheros y empeze acomodar mi vestidos. Debajo quedó mi piel enrrojecida por los besos y el calor que aún ma quemaba, también mis pezones algo adoloridos después que esté los chupara con tanto gusto.
—Adiós, padrecito —me despedí con un nudo en la garganta, conteniendo las ganas de llorar.
Me dolía su cambio repentino, más de lo que estaba dispuesta a admitir. Su mirada ya no me buscaba; permanecía suspendida en algún punto de la pared, perdida, distante. Seguía sentado en su sillón, inmóvil, con ese brillo azul en los ojos ahora apagado, casi opaco, como si algo dentro de él se hubiera cerrado de golpe.
—Cuídate, después te buscaré —dijo al fin.
Pero aquellas palabras no me hicieron sentir mejor. Al contrario, me dejaron un peso extraño en el pecho.
—No preguntes. Solo confía. Y que esto sea nuestro secreto —añadió, justo cuando intenté abrir los labios para decir algo más.
No respondí. Bajé el rostro en silencio y le di la espalda, obligándome a caminar hacia la puerta.
Con cada paso, la tristeza crecía, espesa, difícil de ignorar. Y aumentó aún más cuando crucé el umbral y salí de la oficina.
No entendía su cambio tan repentino.
¿Ya no le había gustado?
¿Había hecho algo mal?
Demasiadas preguntas sin respuesta, preguntas que ya no podía hacerles a la cara. Caminaba fuera de la iglesia cabizbaja, con el corazón encendido por un fuego que no encontraba cómo apagarse.
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