POV; El padrecito
Mis manos se cerraron en puños con una ferocidad instintiva, tanta que mis uñas casi desgarran la piel de mis propias palmas.
El sudor me perlaba la frente mientras por dentro algo me devoraba: una frustración áspera, rabiosa, al sentir que el olor de la corderita regordeta se desvanecía sin piedad. Incluso Escorpio pareció retraerse, enfriarse en la mugre de la decepción, con el deseo sofocado por la presencia inoportuna de alguien oculto en las sombras, demasiado cerca… tan cerca que pude percibirlo al colarse en mi territorio. La conexión con su lobo me puso en alerta inmediata.
—¡Ya puedes salir! —grité, descargando mi puño contra la superficie crujiente del escritorio. Mi voz salió cargada de desprecio.
Miré instintivamente hacia el lugar donde comenzaron a resonar pasos. El estante fue empujado con cautela, abriéndose una brecha por la que apareció mi otra mitad, menos robusta, deslizándose de lado.
Venía vestido de forma desaliñada, impropia de un Baraconchely.
—Calma, hermano. Lamento haber interrumpido tu diversión —dijo Mateo, el verdadero Mateo—. No fue mi intención —añadió cuando su rostro emergió al umbral y la luz lo dejó al descubierto.
—Tú nunca tienes intención, y siempre terminas arruinándolo todo —escupí, de mal humor.
Si no fuera por el lazo de hermandad entre mi lobo Escorpio y su lobo Piscis, ya le habría arrancado el corazón… o al menos una oreja. Quizás dos.
—Tal vez te salvé —replicó con burla—. Es ridículo que un Alfa se complique por una simple humana.
Ese recordatorio encendió mi furia. Me puse de pie de golpe y avancé con el dedo en alto, amenazante, hasta quedar a centímetros de él.
—No te reviento porque llevas mi sangre —exprese, clavando mi mirada enrojecida en sus pupilas verde neón, propias de un beta como él.
Mateo era mi escudero, mi hermano gemelo, quien se había apartado de mí para divertirse fingiendo ser padre. Obsesionado con religiosas y mujeres sumisas. Un fetiche enfermizo hasta para un mafioso crudo como yo.
—Tranquilo, Alfa. Solo vine a relevarte.
Di un paso atrás y miré a mi alrededor con cautela.
—Aún no puedo irme. Sé que esos malditos me están buscando y la orden de captura internacional sigue vigente —dije sin apresurarme.
Mi objetivo era claro: ganar tiempo, dejar que todo se enfriara. Todo estaba demasiado revuelto y tenía demasiado dinero que ocultar. No iba a dejar que me atraparan… para luego salir de la cárcel sin nada.
—No hablo de que te entregues —lo enfoqué de nuevo con mayor firmeza, corrigiendo su interpretación—. Más bien deberías dejar de hacerte pasar por cura. Ya tengo un lugar donde puedes esconderte.
Fruncí el ceño ante la posibilidad de abandonar el encierro y dejar de convivir con aquellas señoras que se bañaban en incienso y en otra agua cuyo olor mi lobo detestaba.
—Recuerda que fue tu idea inicial, hermanito —le recordé, apretando los labios mientras miraba mi reflejo en el espejo lateral. Allí también se veía Mateo: una pulgada y media más bajo que yo y menos robusto. Aunque con la sotana podría disimular la diferencia.
—Por dos días —replicó—. Ya rebasamos el tiempo. Será mejor que te vayas a una cabaña que está cerca de una parroquia abandonada. Diré que también la usaré para que alguien vaya a limpiarla.
Lo observé con atención. Mateo era de fiar… al menos para mí y para la familia. El problema siempre eran las mujeres y sus gustos extraños.
—¿Quieres decirme algo más? —pregunté, con el presentimiento de que faltaban detalles—. Habla.
Me apareció que dudó un segundo antes de soltarlo:
—En ese lugar escondí el dinero que te faltaba por ubicar. Ayer lo encontramos. Las coordenadas que te dió ese hombre fueron correctas.
A diferencia de mí, Mateo era menos arriesgado, por no decir cobarde. Cargar con semejante responsabilidad quizá le estuviera causando estrés. No eran sus aguas.
—Entendido. Me iré y contaré hasta el último céntimo. Si falta aunque sea un euro, le cortaré las manos a ese maldito.
—Lo mataste, Diogo —me recordó este, alterando un poco el tono de voz.
—Verdad —admití con desenfado—. Ojalá volviera a la vida para rematarlo. Por su maldita culpa ahora estoy condenado a la cárcel. Hasta un año es mucho para mí.
«Más ahora que por fin te encontré», pensé al recordar a Carmelina y todos los encantos que me había mostrado unos minutos atrás. Ya la estaría tomando si el imprudente de mi hermano no hubiera aparecido de repente.
—Pudo ser peor. No olvides que tu abogado, Demian, sigue negociando para que rebajen más la posible condena.
—Otro idiota.
Después de decir esto, me giré y fui en dirección al escritorio para abrir un cajón agrietado y tomar la única pertenencia que tenía en ese lugar: un revólver de tamaño discreto, pero bastante potente y certero para sacarle los sesos a cualquiera que estuviera a menos de cien metros de distancia. Lo guardé sin disimulo entre las capas de la sotana y luego me encaminé hasta donde estaba él, con pasos calculados y una encomienda a la cual no le aceptaría un no, ni tampoco retraso.
—Esta noche me llevarás allá, al escondite. Pero tengo una condición, hermanito.
—Lo que digas. ¿Se le puede negar algo al Alpha?
Asentí con paciencia, aprobando su obediencia.
—Tienes que ingeniártelas para que Carmelina vaya a verme.
—¿Así se llama?
Su pregunta me dejó claro que no estuvo lo suficiente entre las sombras del escondite para escuchar su nombre salir de mi boca mientras hablábamos.
—Sí, y más te vale evitarla —fui enfático en esa parte, rozando la agresividad—. Solo debes decirle que vaya a ese lugar. Eres inteligente. Sabrás cómo ingeniártelas.
—Más bien… ya tengo una idea, Diogo —no tardó en decir.
La mueca pervertida de mi hermano me dejó claro que ya sabía cómo y cuándo lo haría. No tardaría en cumplir mi deseo.