POV; Carmelina
Me sentí tan triste apenas llegué a casa después de mi encuentro con el padrecito; además, me sentí ignorada. Hasta mi tía me prestó poca atención y a mi madre no podía hacerle las preguntas que me tenían nerviosa. Fácil le decía que me gustaba el padrecito Mateo y “zas”, me caía a palos después de ponerme en ayuno por varios días, y ni hablar de la penitencia.
No, no. Ella no era una opción. Con la única que intente confesarme fue con mi tía Morgana pero está no tardo en salir de casa vestida con un mini vestido de cebra y los labios pintados de rojo. Todos los vecinos salieron a verla montarse en el auto que la paso a recoger, hasta yo me quedé anonada, con la palabra en la boca y sin mi confidente.
Solo me quedo Lulú, ella era mi número dos, fuera la número uno pero mi tía sabía más cosas de la vida pervertida y estaba segura que Lulú tampoco había follado. Su único beso había sido con el tonto de nuestro amigo Pierre.
Al otro día le pedí a mi madre que me llevara a la hacienda Almagro en su vieja camioneta, con el plan de quedarme hasta el amanecer con mi amiga. Sentía un poco de miedo, porque sabía que ese hombre malo estaba allí. Por suerte, al llegar no me topé con él, y rápidamente Lulú me llevó a la habitación de servicio que compartía con la señora Sabrina.
Al principio solo hablamos de nuestros recuerdos en el feo instituto del pueblo, lleno de muchachos babosos que me llamaban gorda. También hablamos de nuestros planes una vez acabado el verano.
Lulú solo veía la posibilidad de estudiar Contabilidad; yo, en cambio, soñaba con ser una gran diseñadora de joyas. Incluso, la noche anterior había diseñado los anillos de boda que usaríamos mi padrecito y yo el día de nuestro enlace.
Suspire con disimulo cuando pensé en ese momento, con anhelo. Lulú estaba muy cerca de mi y tenía los lentes puesto. No estaba modo ciega. Lo que si note en ella era que parecía algo distraída.
—¿Cómo es el señor Almagro?.—Le pregunté, para devolverla a la realidad. No me gustaba verla callada, más cuando teníamos tantas cosas que contarnos.
—¿El señor Prometeo?.
—Claro tontita.—Le dije sentándome en la cama, ya la vieja silla que tenía frente a su pequeño tocador me tenía las nalgas adoloridas. —¡No pienses tanto Lulú...!. Dime como es.—Le insistí, aunque sabía que a mí amiga no le gustaba nadita cuando me ponía en ese modo intenso.
—No es un viejo como pensábamos, parece de treinta y tantos.—Me contestó con naturalidad.—Fue una gran sorpresa, como no hay fotos de él en la casa y la de sus padres están blanco y negro...pensé que podría ser casi un vegetal.
—¡Uy!.—Se me salió un grito chispeante, lo solía hacer cuando algo me resultaba algo excitante. Esa palabra la conocia bien. Mi tía la repetía mucho y mi madre decía que no era apta para que una mujer decente la dijera.
—Ni lo sueñes, Carmelina. No olvides que es mi tutor.
Lulú se puso frente a mí después de moverse a un lado de la cama, con cara de espanto, como si yo fuera a enamorarme de ese hombre del que decían en el pueblo que era feo y malo.
—Tranquila Lulú, no pondré los ojos en el señor Almagro. Prefiero al cura del pueblo.—Le dije sin mas, para que no dudara de mi buen gusto.—Ademas se la historia de tu tutor y que tiene medio rostro desfigurado. En cambio el cura es todo un bombón delicioso...¡Ahhh!.
—¡Estás loca Carmelina!, eso es pecado. —Solo movi los hombros como si no me importará lo que acababa de decir. Bueno, en verdad era así. —Aunque puedo reconsiderar tu locura si me cuentas sobre los rumores.
—¡Ay...Lulú!, todos lo saben en el pueblo.
—No creo que te hayas enterado hace mucho tiempo, ni tan siquiera hace dos días.—Me expreso más de cerca. Lulú me miró con sus grandes ojos detrás de sus fondos de botellas. Trague en seco, intente no soltar la lengua ya que eso me lo había confesado mi tía Morgana. —¡Anda cuenta!, prometo pagar las malteadas está noche y las entradas al cine. —Lulú sabía lo golosa que era, ya con eso tenía para decirle todo.
—Bueno, aceptaré el detalle, aunque igual no pensaba callarlo. —Lo chismosa me ganaba, solo estaba esperando que mi amiga me ofreciera una recompensa. —Sabes que no me hace bien guardarme las cosas, necesito votimarlas de una.
—¡Ya...! empieza antes que llegue la Nana.
—Bueno. —Como de costumbre, antes de empezar a contar un chisme me acomode y aletee mis manos cerca de mi rostro, para controlar la emoción que me generaba chismear.—Ayer escuché a mi madre y a mi tía Morgana hablar sobre lo que pasó hace casi 17 años en esta hacienda. —Hice una pausa para tomar aire, siempre se me iba cuando estaba muy emocionada. Luego continúe diciendo —.Resulta que para ese tiempo la madre del señor Prometeo si vivía, no recuerdo el nombre, pero mi mamá siempre la describe como una señora bastante despierta.—Movi mis pechos para que Lulú entendiera que la mamá del señor Almagro fue muy contenta.
—¡No exageres!.—La ví taparse la boca, Lulú estaba tan emocionada como yo por el chisme.
—¡Sí!... bastante traviesa la señora.
—¿Pero que tiene que ver eso con la cicatriz del señor Prometeo?.
—Ya te cuento. Resulta que el padre del señor, había muerto y para ese entonces el apenas tenía unos 18 años, el señor Prometeo siendo el único heredero se hizo cargo de las tierras. De paso se casó con su novia de toda la vida.
—Eran muy jóvenes. — Asentí, sin verme sorprendida. Yo tenía 16 y ya quería casarme con el padrecito y de no haber sido por ese ruido extraño en su oficina, ya me lo hubiera follado —¿Recuerdas el nombre de su esposa? —Replicó Lulú de repente, cuando ya volvía a poner la mente en mi delicioso padrecito que besaba tan rico.
—No, pero lo sabré pronto, es seguro.
—Sigue contándome amiga. —Me animó tocandome las manos.
—Segun escuché, el estaba muy enamorado de su esposa, ella igual de él. Los problemas llegaron dos años después. El señor después de sus 20 tuvo que asumir los negocios de la capital, al parecer su alzanea le estaba robando.
—¿Alzanea?.—Pregunto Lulú confundida como si no entendiera la palabra.
—¿Así se dice?. —Lulú solo se tocó las colitas, cuando le contesté con otra pregunta. —¡Alzanea...!, se encargan de cuidar las herencias, Lulú.
—Albacea...Carmelina. — Me corrigió, de una pensé que debía de dejar de confiar tanto en mi tía Morgana.
—Bueno, no es mi culpa. Así dijo mi tía Morgana.— Me limpie. No me gustaba que las personas pensaran que era una bruta. Sí, vivía en ocasiones en una burbuja, escribiendo en mi diario y diseñando en mi cuaderno de dibujos... pero eso no me convertía en una tonta.
—Sigue, no me dejes a media por una bobada.
—Claro amiga.—Volvi a poner en movimiento mi lengua, dejando pasar mi metida de pata. —Resulta que el señor se marcho, duro muchos meses allá, de regreso se encontró con su madre enredada con un capataz, no pasó nada...todo siguió normal ese mes. —Cuando ví que Lulú se empezaba a morder las uñas, le puse más pasión al cuento. —Algunos pleitos, hasta ahí. El ¡bum! fue cuando su esposa se quiso escapar con aquel hombre.
—¡Waooo...!.
—¡Sí... Lulú!. La esposa era otra bandida.
—¡Entones! ¿Cómo paso el accidente en su rostro?.
—Cuando la bandida se fugó con el capataz, la madre del señor, se enveneno. Dicen que eso desató más su irá y salió a cazarlos, pelearon y en ese descuido se quemó el rostro.
—¿No habrá sido ese hombre detestable?
—Nadie está seguro, lo que si todos saben es que el señor Almagro lo quemo vivo...por igual a la esposa infiel.
—Eso debe ser mentira. —Mi amiga se bajo asustada de la cama. Se veía horrorizada por lo que acababa de contar. —Mejor dejemos el tema. Entraré a bañarme primero.
—Solo acabo de repetir lo que escuche.—Casi le grite al verla tomar su toalla e irse casi corriendo en dirección al baño.
Una hora después ya estábamos listas. Solo que la señora Sabrina me había detenido para quitarme un poco de maquillaje.
—Asi está mejor. Si tú madre te llegara a ver así, te caería a palos. —Me dio tristeza, ver como me dejó la cara, sin rastro de colores. Ni labial rosa, tampoco el lindo colorete en mis pómulos... apenas me quedaba un poquito de sombra brillante en los parpados.
—No me dejo nada de labial, Señora Sabrina. —Me queje.
—Lulú tampoco tiene y es mayor que tú. Mejor levántense y andando. Fabricio las llevará en su camioneta.
—No es necesario, Pierre viene por nosotras. —Le informe, era mejor andar con ese tonto, así pagaba todo.
—Esta bien. ¡Andando!.
Las tres nos dirigimos a la cocina para salir por la puerta del servicio. En esos momentos de espera paso de todo, incluso pude ver al feo papá de mi amiga Lulú y escucharlo gritar. Me dio escalofríos. De una, lo compare con mi padrecito... era más lindo y tenía una voz de ensueño.
¡Piiii...!, la bocina de la camioneta vieja del papá de Pierre se empezó a escuchar.
—¡Llegó Pierre!.—Le grite a Lulú para que dejara de mirar al feo hombre.—¡Adiós!. —Salude al hombre y luego la tome de la mano. Casi tuve que arrastrarla la salida. Lulú solo veía hacia atrás. No entendía que, ese hombre no era tan guapo como mi padrecito, ni la mitad.
Nuestra noche no fue tan buena, casi nos matamos de regreso a la hacienda por culpa del feo Almagro. Para colmo me fui a dormir inquieta después de recibir la llamada de un número desconocido.
No dijo nada, solo jadeo.
Me dejo con dudas, también frustrada por no poder devolverle la llamada. Pensé en el padrecito... pero luego deseche la idea, el no haría eso. Además no le había dado mi numero de teléfono.
Al final me tocó intentar conciliar el sueño, mientras hacía planes para ir a verlo.
—Tengo muchos pecados que confesar... Carmelina es muy pecadora ¡jijiji!
—¿Me dijiste algo amiga?
Deje de reirme, apenas escuche a mi amiga hablar con voz adormilada.
—No. —Dije fingiendo un bostezo.
Por suerte Lulú no replicó y yo de a poco pude conciliar un lindo sueño.