Ahora me ignoras🙃

1717 Palabras
Mi madre, como era de esperarse, me fue a buscar a la hacienda a primera hora de la mañana. Apenas había terminado de levantarme y ya estaba en la cocina con la señora Sabrina, hablando sobre la misa especial de la tarde y diciéndole que debería integrarse más a la iglesia. Yo, desde mi escondite detrás de una pared, simplemente bostecé y luego retrocedí para ir a alistarme. Una hora después bajaba de la camioneta de mi madre, con mi mochila en la espalda y algo de prisa. —Camina más despacio, hija. Lo intenté. Sus palabras me frenaron un poco. —No me gusta verte cuando caminas con tanto desparpajo. —¿Qué es eso de desparpajo? —pregunté cuando mi madre me alcanzó frente a la puerta de entrada. —Olvídalo, Carmelina… créeme, no estoy para darte clases hoy. En ese instante noté que estaba molesta. No lo disimuló al abrir la puerta, como si no quisiera entrar. —¿Mami, te pasa algo? —le pregunté antes de dar un paso al interior, cuando la puerta terminó de abrirse. —Tranquila, no es contigo… mejor entra. Obedecí, apenas ella agachó el rostro para buscar algo más en su cartera. Ya dentro me topé, como de costumbre, con el cuerpo de mi tía Morgana sobre el sofá. Tenía un rostro de queja, como si le doliera algo. Más bien, sí le dolía. Cuando me acerqué un poquito más vi todas las cosas que tenía sobre la mesa: botellas de alcohol, envolturas de pastillas y, peor aún… la mesa estaba manchada de algo. —Buenos días, tía. —Hola. —Su voz salió apagada. Fue lo único. No abrió los ojos ni tampoco se movió. —¿Necesitas que te ayude? Me dio pena verla así. Quería mucho a mi tía Morgana, aunque a veces era un poco desordenada y no ayudaba en casa. —Sí, niña… corre y hazme un café cargado. Antes de que yo pudiera responderle, un portazo fuerte sacudió el interior de la casa. Incluso a mí me sobresaltó. —Carmelina, vete a tu habitación. Nada de hacer café. Si tu tía quiere uno, que se lo prepare ella misma. —Pero mamá… Intenté replicar, pero de inmediato me frenó con una mirada fuerte. —Obedece, Carmelina. No intentes llevarle la contraria a una mujer frígida. Casi pregunté, pero por la cara que puso mi madre supe que la respuesta no iba a ser nada bonita. Cuando ella hacía esa cara era mejor desaparecer antes de que empezara el sermón. Sin más demora crucé el pasillo que daba a las habitaciones. Justo iba abriendo la puerta cuando alcancé a escuchar las voces de mi tía y mi madre. Estaban hablando tan alto que parecía que se estaban gritando. Ahí mismo se me prendió la curiosidad. Abrí la puerta de mi habitación y la cerré fuerte para que ambas creyeran que había obedecido. Luego me quité los zapatos rapidito y caminé despacito por el pasillo. Si me descubrían, estaba muerta. «Soy la mejor», pensé cuando empezó el verdadero griterío entre ellas. Me quedé quieta en la esquina de la pared, casi pegada al umbral, conteniendo hasta la respiración. —Cada día siento más vergüenza de ti, Morgana —dijo mi madre con voz de lamento. No era nada que no hubiera escuchado antes—. A veces me da pesar mirar a la cara a Filomena sabiendo que eres amante de su esposo. Abrí los ojos como platos. También sentí un poco de asco al pensar en lo cochina que podía ser mi tía a veces. Porque ese hombre era un panzón feo y medio malo. Yo ni siquiera entendía qué podía verle. —Nada de amante —respondió mi tía, con una calma que hasta daba miedo—. Solo me lo cojo a cambio de dinero. Casi se me sale un “¡¿qué?!” en voz alta. —No puedes ser más descarada e inmoral. Al menos piensa en Carmelina, en el ejemplo que le estás dando. Viré los ojos. Si mi madre supiera todas las películas que había visto con mi tía, ahí sí le daba algo. —Déjate de estupideces, nada de mal ejemplo. Además, no tiene nada de malo que la niña no sea una boba santurrona como tú. Aparte de amargada. —Es la última vez que tolero este comportamiento en mi casa. De lo contrario te largas, Morgana. Mi madre habló fuerte, más fuerte que sus promesas en la iglesia. Apenas escuché eso me puse triste. Pero no porque mi tía fuera a irse… sino porque no volvió a defenderse. Hubo un silencio tan raro que me hizo volver a mi habitación corriendo de puntitas. Ya sabía lo que venía después. Mi madre seguramente se encerraría en su habitación a rezar por horas por el alma pecadora de mi tía. Por suerte ya estaba en mi cuarto cuando sentí los pasos de mi madre en el pasillo. Seguido, el cierre brusco de su puerta. —Vaya… sí que está molesta —murmuré. La cara de sorpresa que puse frente al espejo —en el que tanto me gustaba mirarme— estuvo de más. No era nada nuevo escucharlas discutir. A veces hasta me divertía. Pero esta vez no. Mi madre parecía hablar muy en serio. —Qué aburrida se volverá mi vida si mi linda tía se va. Negué de inmediato con la cabeza ante esa posibilidad. La quería mucho. Además, me divertían mucho sus ocurrencias. No me importaba que fuera desordenada o que a veces me tratara como su sirvienta. Pensé bastante en esa posibilidad… hasta que el recuerdo de mi padrecito regresó. Suspiré. Volví a dedicarle todos mis pensamientos y, de paso, a escribir en mi diario lo que había sentido dos días atrás, cuando casi pierdo mi virginidad en su oficina. El tiempo había pasado, pero yo seguía en las mismas. Ni siquiera reparé en el olor que empezó a sentirse en toda la casa. Uno muy exquisito, que anunciaba que mi mami estaba en la cocina. Fue entonces cuando mi estómago gruñó. Cerré mi diario y decidí ir a ayudar… aunque fuera con la boca. Cuando llegué a la cocina, mi tía ya estaba almorzando. Ambas estaban en silencio y yo no quise romperlo. Me serví bastante arroz primavera, chuletas y carnitas… lo único que dejé pasar fueron los vegetales coloridos. No me gustaba nada de eso. Almorcé y regresé a mi habitación. Apenas salí una hora después para llevar mi plato y, de paso, fregar los trastes que mi tía había dejado sin lavar. Luego simplemente volví a encerrarme en mi cuarto. Algo triste. Mi madre me había informado que esa tarde ninguna saldría de la casa. Ella, en particular, se dedicaría a rezar el rosario en su habitación. A rogar por el alma perdida de mi tía. En ese instante solo me quedo hacer puchero y aceptar. No podía ponerme de malcriada, aunque mueriera por ver a mi padrecito y volver a colarme en su oficina. Mi día dió un giro interesante, cuando mi mami apareció de repente en mi habitación; solo abrió la puerta y me miró con seriedad mientras yo yacia recostada, con mi diario abierto, después de leer todo lo que había escrito sobre mi padrecito y lo rico que besaba. —¿Qué tanto escribes en ese diario? —La pregunta me removió un poquito, también me hizo cerrar con rapidez mi diario. —Si, mejor deja eso. —¿Pasa algo mami?— Le pregunté confundida. Mi madre no se movía, incluso parecía algo ida. —Tranquila, tu no eres el problema. Mejor alístate. La señora Cornelia me pidió que te enviará a la iglesia por petición del padre Mateo. —Apenas me dijo eso, se dió la vuelta y salió de mi recamara. Abrí muchos los ojos, por igual me emocioné... aunque no entendía que podia querer la señora Cornelia conmigo. Ella solo iba a iglesia a limpiar. Si mal no recordaba lo hacia más en la vieja casa parroquial que quedaba en un monte feo. Mientras me terminaba de peinar mi lindo cabello rubio, lo pensé... incluso me estremecieron varios corrientazos entre los huesos. Ya me solía pasar cuando sabía que pronto lo vería. Media hora después ya me encontraba, avanzando por unos de la pasillos que daban a la casa parroquial, muy cerca de la oficina del padrecito. "Solo tenía que cruzar el Jardin y ya... podría verlo... quizás esa vez si logrará follarlo." Pensé con locura. El padrecito me tenía así, no había minuto que no lo pensara. —¡ahhh! ¿Y si voy? —dije ya dando unos pasos hacia delante. —Mejor lo hago. —Decidi, después de mirar a los lados y ver que no venía nadie. Avance con más rapidez por el caminito del jardín. Mis pies solo se frenaron cuando de repente me encontré con la figura de mi padrecito, detrás de él, luego apareció la señora Cornelia. —¿Está es la jovencita, Carmelina? —Pregunto el como si no me conociera. « ¿Por qué fingirá no conocerme? » Me pase la mano por la cabeza, mire sus ojos que no se veían tan azules como siempre, incluso me pareció verlo más bajito. « ¿Se estará encogiendo? » Hasta eso se me cruzó por la mente pero luego me pareció muy loco. —Si. Y creo que tiene razón padre Mateo. Será de mucha ayuda en la limpieza. —¿¡Yo limpiar!? —La idea me pareció horrible. Me gustaba hacerlo pero en mi casa. —Si jovencita. Deberías sentirte honrada que el padre pensó en ti. —La señora Cornelia lo dijo como si me hubiera ganado un gran premio. « ¿Qué de divertido podia tener, quitar polvo y lavar retretes donde todos ponen sus enormes culos? » —Es toda suya señora Cornelia. —Volvi a mirar a mi padrecito que ese día me parecía enfermo, más flaco y apagado. —Tu niña. Coopera con la señora... gánate la gloria. Abrí mucho los ojos, no tanto por lo que dijo. Más bien como se fue luego de lo dicho; no me miró, más bien era como si yo no importará y fuera algo invisible para él.
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