—Ya está, muñeca, terminamos —murmuró Lucas, envolviendo a Linda en una toalla gruesa y cálida. Lucio la tomó en brazos sin esfuerzo, cargándola fuera del baño como si no pesara nada. Linda apenas podía mantenerse despierta; su cuerpo seguía sensible, estremeciéndose con cada roce de las manos de los gemelos. Cuando la depositaron en la cama, suspiró, sintiendo el confort de las sábanas limpias contra su piel. Lucas se inclinó para apartarle un mechón de cabello húmedo del rostro. —Duerme un poco, te lo ganaste. Linda sonrió, disfrutando la calidez de su atención, cuando el sonido del celular interrumpió el momento. Lucio gruñó, claramente molesto, pero tomó el teléfono y puso el altavoz. —¿Sí? La voz grave del alcalde resonó en la habitación. —Los necesito en la alcaldía ahora. Es ur

