Cuando los gemelos entraron en la casa, esperaban encontrar a Linda aún dormida, recuperándose de la intensidad de la noche anterior. Pero en cuanto cruzaron la puerta de la habitación, la vieron sentada en la cama, con la cabeza hundida entre las rodillas y los brazos rodeando sus piernas. Lucio frunció el ceño y dejó las bolsas a un lado. —Linda… ¿estás bien? Ella no levantó la mirada de inmediato. Sentía el rostro ardiendo de vergüenza, el peso de lo que había sucedido aún presionando sobre su pecho. Había caído. Se había entregado sin reservas, sin resistencia. Y ahora… ¿cómo podría mirarlos a la cara? ¿Cómo podría negar lo que era obvio? Lucas se acercó con calma, se agachó frente a ella y le tomó suavemente la barbilla, obligándola a mirarlo. —No tienes por qué avergonzarte —dij

